

Este Madrid que eligió para Corte el
segundo de los Felipes, era una población rodeada de bosques espesos que
bordeaba un río navegable mientras no hubo talas, en la que apenas existía
un palmo de terreno sin vegetación, ni casa que no tuviese, grande o
chica, el encanto de un jardin.
Sus calles y plazas; sus rondas y portillos;
sus pretiles y costanillas son teatro de heroicos sucesos, campo de hazanas
novelescas o testigos elocuentes de deleitosos episodios.
Y una de las más hermosas y
evocadoras calles es la que, nacida en la Puerta del Sol, tiene el privilegio de
ser la calle más larga de Madrid y una de las más antiguas. La
calle Alcalá.
Esta vía, de la que por su magnitud y belleza dijo la
mariscala Junot, duquesa de Abrantes, que competía con las mejores de
Europa, se llamó en un principio de los Olivares, por dos muy frondosos
que, con un repecho y una fuentecilla, constituían los "Caños
de Alcalá".
"... Es fama que entre
los olivos, y por ser sitio apartado, se albergaban tantos y tales malhechores
que la católica majestad de Isabel I mandó arrancar el olivar
hasta más allá de los Caños, donde un Humilladero, el de
San Hermenegildo, más conocido por la advocación de San Miguel,
atraía gran concurrencia de fieles, con no menor contento de su ermitaño,
que las más de las veces solía ser un pícaro redomado en
vez del casto varón que suponía lo sagrado del lugar".
"... También
eran muestra irrecusable de los peligros del sitio las leyendas de los hitos,
que enteraban al caminante de cómo "Don Pedro el Malo, el Tirano,
quitó esta tierra a Vicálvaro", o "Don Tulio ahogó
su caballo en este arroyo", "Don Felipe despojó a Madrid de
sus derechos" o "Fulano quitó bolsa y vida a un viajero sin
ventura".
"... Excepción
hecha de las postrimerías de septiembre, en que los madrileños
iban, so pretexto de religión, a solazarse, lo restante del año
tales parejas infundían pavor; pero ya en tiempo del rey Felipe II, una
encopetada dama, doña Eufrasia Pignatelli, construye sobre el arroyo que
nace de los caños un palacio, y su ejemplo es imitado hasta convertir
aquello en la más espaciosa y elegante vía de Madrid".
Empezamos
el recorrido en la acera de los números impares. Al inicio de la calle
pasamos unos enormes edificios dedicados a Ministerios, entre los que destacamos
el de Hacienda, por ser el más bello ornato de la calle de Alcalá.
Fue construido en 1796 por Sabatini para
Aduana, y en el que se puede ver el exquisito gusto del gran arquitecto, así
como la sabia iniciativa del buen rey Carlos III. Tiene un balcón central
con dos esculturas, la Fama y un genio, que sostienen el escudo regio.
Contigua, queda la Academia de Bellas Artes
de San Fernando, que también se debe a Carlos III, donde estuvo la de
Historia Natural creada con la hermosa colección de don Pedro Dávila.
Una elegantísima inscripción latina de Iriarte dice cómo el
rey unió en aquella institución el Arte y la Naturaleza.
La Academia de Bellas Artes guarda una
colección de pinturas impresionante. Mas de mil cuadros, entre los que
destacan la obra de Goya: "Autorretrato", "La Tirana","El
entierro de la Sardina", "Penitentes de la Inquisicion", "Toros
en un pueblo","La casa de los locos" y el "Príncipe
de la paz", maravilloso retrato que hizo a Godoy.
Se conceptúa a la Academia de Bellas
Artes la segunda pinacoteca después del Prado.
Otra construcción noble es el Casino
de Madrid. Vale la pena visitar su interior, la suntuosa escalera, los grandes
salones con espejos, arañas, tapices y toda clase de servicios.
Después bancos y más bancos.
Aunque la historia nos dice que esquina a Peligros había otro piadoso
edificio, el de las Monjas de Vallecas - donde se veneraba una Virgen de
procedencia africana, denominada Virgen de los Peligros -, que fue lo que
le dio nombre a la pequeña calle contigua.
Instituídas, en 1473, por el maestresala de Enrique IV, Alvar
Garcidiez de Rivadeneyra, fueron a parar, mediado el siglo XVI, a un arrabal de
la villa. También estuvo aquí el café Fornos, madrileñísimo
café, cuyo decorado admirable y sus prestigiosas tertulias de literatos y
de artistas eran famosas, así como también fue conocido por sus
juergas galantes.
Seguimos bajando hacia Cibeles pasando
edificios hermosos con esculturas, columnas y mármoles, que siguen siendo
bancos. En medio, la Iglesia de las Calatravas, que perteneció a las
monjas de esta Orden Militar y donde se armaban caballeros todas las ordenes
militares, menos los de Santiago.
"... Corría el año
1623, y el convento de la Concepción Real de Comendadoras de la Orden de
Calatrava, harto de la miseria que sufre en Almonacid de Zorita, viene a Madrid
y después de alojarse pobremente en la calle de Atocha, consigue
instalarse en la calle Alcalá, donde aún conserva la iglesia el
nombre de las Calatravas".
Cuando
en 1.872 fue derruido el convento por los revolucionarios, la reina Isabel II
restaura la iglesia de estilo barroco, riquísima en imágenes de
grandes artistas de la época, tal como ahora se ve.
En la esquina con Caballero de Gracia hay un
palacio estilo francés que levanto La Unión y el Fénix Español.
Sobre la cúpula que corona el edificio se puso de reclamo el símbolo
de la compañía - un águila con un efebo montado en ella,
como el Ave Fénix resurgiendo de sus cenizas - y fue desde siempre uno de
los más personales edificios de Madrid.
Después, al vender a otra compañía
el edificio quitaron esa escultura y en su lugar pusieron una "Victoria
alada", que también es bonita, pero ese edificio siempre será
"El Fénix" en la entrada a la Gran Vía. Seguimos bajando
por Alcalá y pasamos la Iglesia de San José, que escapo de milagro
a la piqueta que abrió allí mismo la nueva Gran Vía.
Peor suerte corrió el teatro Apolo,
que fue conocido como "la catedral del genero chico" durante medio
siglo, y que el arquitecto Galindez convirtió en el Banco de Vizcaya, de
negro mármol y relieves de Adsura en la cornisa.
A Bastida, el arquitecto del Bilbao, se le debe también el
edificio del Banco Urquijo contiguo al Vizcaya. En el chaflán de la otra
manzana vemos las enormes cariátides del Banco Central, obra de Antonio
Palacios, el mismo arquitecto del Palacio de Comunicaciones y de tantas otras
obras que iremos nombrando.
El macizo bloque de ladrillo rojo del
Ministerio del Ejercito queda tras una verja y un amplio jardín. En el
hermoso Palacio de Buenavista que se inicio en 1.769 para los Duques de Alba,
que no llegaron a ocuparle, el proyecto en principio fue de Ventura Rodríguez,
pero fue sustituido por el de Pedro Arnal.
En 1.807, el Ayuntamiento de Madrid pide
autorización al rey para comprar el palacio y regalarlo al favorito
Manuel Godoy, pero las tragedias de 1808 rustan el propósito, incautándose
el Estado del edificio, que en 1861, merced a la voluntad poderosa de Prim, es
destinado a ministerio, una vez terminada su construcción.
Es nuestro Pentágono; y para las
personas que nos visiten diremos que, "a las 10 de
la mañana se puede ver la ceremonia del cambio de guardia"
que es muy vistosa.

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