Madrid contó desde tiempos muy tempranos de su periodo cristiano con un monasterio cluniacense de monjes Benedictinos, el de San Martín.

Los Benedictinos eligieron una zona de lomas y collados, situada al noreste de la "almudena", en la margen septentrional del arroyo del Arenal, y que quedaba a la izquierda según se salía por la puerta de la Almudena, camino de Alcalá de Henares o de Guadalajara.

Estas tierras, donde se ubicó el convento, eran suaves y fértiles, pensando quizás Alfonso VII que fuesen idóneas para un rápido desarrollo de un burgo, cuando entre 1124 y 1126 dispone una serie de estipulaciones en relación con el monasterio.



Esquema de tienda del periodo Bajo Medieval.
Simples cubículos en los que a duras penas cabe el artesano,
con poco más mobiliario que un armario y un mostrador.
La reproducida aquí es de un pañero con taller en la parte posterior.

A éste y a su comunidad la entrega unos dominios territoriales, incluyendo las aldeas de Balnegral, Villanueva del Páramo y Jarama, pero quedando su prior bajo las órdenes del de Abad o del de Sahagún. Dispuso también que los alrededores del convento se poblasen con gentes, que quedarían sometidos al prior.

Las duras condiciones a las que quedaban sometidos los vecinos del burgo de San Martín hicieron que éste no creciera demasiado, y que además, sus habitantes solicitasen en algún momento desconocido, pero quizás en el primer tercio del siglo XIII, su integración en la Villa.

La comunidad hebraica madrileña debió ser pequeña y humilde, habiendo salido ciertas fortunas de la agricultura y de la artesanía, apareciendo a lo largo del siglo XIV cambistas y arrendadores, siendo famosos los médicos de esta raza, produciendo algunos de ellos curas tan sorprendentes, que más tarde serían acusados de magos o de tratos con el diablo.

A pesar de no haber subsistido en la memoria colectiva madrileña una tradición clara y fuerte acerca de la judería local, quizás por su escaso peso o amplitud, es posible localizarla en un pequeño barriozuelo de corrales, situado entre la Puerta de la Vega y el Alcázar, en una zona que había sido embrión del crecimiento urbano de la villa, dentro de la "almudena".



Mascaradas y músicos hacia comienzos del siglo XV.
Las fiestas populares en honor de santos y vírgenes
eran los grandes respiros de una población,
atenazada por la guerra y la enfermedad.

Pero en los siglos XIV y XV, con el desarrollo urbano dominante siempre hacia el este, había quedado en una ubicación marginal y poco práctica, con las casas y calles prácticamente al borde del escarpe que separaba el Alcázar del Campo del Moro.

Sin embargo, y al ser la aljama madrileña poco notable, se documentan judíos en los puntos más diversos y distantes de la villa y arrabales.

Que la época de los Reyes Católicos es una época de relanzamiento de la vida social y urbana de Madrid lo indica claramente el número abundante de fundaciones caritativas y religiosas.

Así, se fundaron o funcionaban en esos años el hospital de San Lázaro, cerca del primitivo Puente de Segovia, citado ya en 1484, el de Peregrinos, junto a la Puerta del Sol, el de Caballeros, frente a la parroquia de San Ginés, y el de la Paz, que los autores clásicos quieren fundación de Isabel de Valois, esposa de Felipe II, pero que posiblemente existiese desde fines del siglo XV.



Carniceros despiezando una res.
Las condiciones higiénicas inexistentes, daban lugar a
múltiples enfermedades infecciosas.

Se llevaron también a cabo algunas fundaciones religiosas. Ya en tiempos de Enrique IV, con la protección dispensada hacia Madrid, se establecieron conventos, como el de Santa Clara, junto a la parroquia de Santiago, y el de los Jerónimos, en el camino de El Pardo.

Pero éstos, dada la insalubridad del paraje, solicitaron a los Reyes Católicos consentimiento para poder instalarse en los altos del Prado de Atocha o barranco del arroyo Abroñigal, lugar hoy conocido como el Paseo del Prado, pero que durante mucho tiempo fue denominado Prado de los Jerónimos, en razón de la vecindad del monasterio.

La iglesia, exteriormente muy modificada, interiormente no tanto, sirvió de escenario a bodas, natalicios y proclamaciones de reyes, príncipes e infantes, y el monasterio, hoy casi desaparecido, de retiro y descanso a los monarcas.

Dos fundaciones conventuales muy significativas, miradas siempre con gran respeto por el pueblo madrileño, fueron los conventos de monjas jerónimas y franciscanas.



Vendedor ambulante o buhonero exponiendo su mercancía,
en este caso útiles de barro y cerámica, a dos presuntas clientas.

Ambos concepcionistas, fundados en el año 1499 por Francisco Ramírez, militar, conocido por "el Artillero", por su participación en la guerra de Granada, y su esposa, la célebre dama madrileña, doña Beatriz Galindo, conocida por "la Latina", por su admirable sabiduría y dominio del latín.

El primer convento, algo más tardío, se levantó sobre parte de las casas de Ramírez, en el arrabal de Santa Cruz, y en su iglesia estuvieron siempre los dos magníficos sepulcros renacentistas de los fundadores, hoy en el Museo Municipal.

El segundo convento, unido a un hospital de pobres y necesitados, se ubicó en el arrabal de San Millán, junto al camino de Toledo, y fue conocido, hasta su derribo en 1900, como Hospital de la Latina.

Hasta principios de este siglo, en que el hospital es derribado, y la portada desmontada, el aire añejo y arcaico de la misma daba un sabor intensamente medieval a esta zona de la calle Toledo.


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