







Durante mucho tiempo conocida de modo
confuso, y a veces tenida por musulmana, hoy se puede afirmar contundentemente
que, la clásica segunda muralla medieval es de la segunda mitad del siglo
XII.
La muralla cristiana debió levantarse
para encerrar y proteger los nuevos barrios consolidados, los diez distritos
parroquiales y la superficie urbana que la misma abarcaba, que era
considerablemente mayor que la "almudena",
aumentando también el número de puertas de entrada a la ciudad.
Vista sobre una hipotética
reconstrucción gráfica de recintos, la muralla del XII surge como
un claro apéndice al este de la primera.

Tres tipos de arquitectura popular.
A la
izquierda, mampostería dada de llana con zócalos de color azul.
En
el centro, casa de adobe y madera con soportal.
A la derecha, piedra en la
parte baja y ladrillo en la superior.
En cualquier caso, es de notar la
pobreza de los materiales.
La muralla cristiana no
discurrió nunca por ninguna calle sino que fue por el centro de las
manzanas: entre las calles Angosta de Mancebos y Yeseros, Mancebos y Don Pedro,
Almendro y Cava baja, por las manzanas de Cuchilleros y Cava de San Miguel,
entre Espejo y Mesón de Paños e Independencia y Escalinata.
Y se sabe, porque con posterioridad, dicha
muralla se utilizó para adosar casas a ambos lados, sirviendo la muralla
de medianería entre ellas.
Y así, se han encontrado restos de
esta muralla cristiana en diversos edificios de la Cava Baja y está
visible un tramo de la misma en la calle Almendro 15-17. Es por eso, por lo que
en Madrid no se conservan las murallas tal como sucede en otras ciudades, como Ávila
o Lugo.
Se ha comentado anteriormente que la
superficie y población de Madrid debió crecer enormemente en la
primera mitad del siglo XII, así como también que, durante el
siglo XI, y antes de la conquista cristiana, debieron surgir arrabales fuera de
la primera muralla, la musulmana.
El crecimiento del siglo XII
se tradujo en la consolidación de barrios, todos situados a oriente de la
vieja Almudena.
Estos sectores se irían
viendo definidos a lo largo del siglo, y en diferentes momentos, se procedería
a la construcción de edificios parroquiales, algunos de los cuales, como
San Nicolás, pudiera haber existido ya como mezquita durante la época
musulmana, pero la gran mayoría serían nuevos.

Casa solariega de finales del siglo XIV o comienzos
del XV.
Compagina la labor de ladrillo con mampostería de piedra dada
de llana, forma muy peculiar hasta bien entrado el siglo XVIII. La portada, gótica,
está basada en las del hospital de La Latina y de la casa de los Lujanes.
La distribución es la típica desde época islámica,
es decir, con patio interior y entrada independiente a cuadras y corrales.
Estas parroquias suministraron la clásica
estructuración en distritos parroquiales de la ciudad medieval cristiana.
Que todas estas parroquias, diez en total,
tienen un indudable origen en el siglo XII lo evidencia el Fuero de Madrid,
sancionado en 1202, donde aparecen citadas, una por una las parroquias de Santa
María, San Salvador, San Juan, Santiago, San Pedro, San Andrés,
San Miguel de la Sagra, San Miguel de los Octoes, San Justo y San Nicolás.
Salvo escasos elementos
aislados de dos de ellas, San Nicolás y San Pedro, y en el caso de la
segunda con dudas, nada ha llegado a nosotros de los edificios de estas
parroquias.
Fueron destruidas o
sustituidas por otros edificios nuevos, como en el caso de Santiago y San Justo,
y hoy apenas podemos imaginar sus características y estructuras.
A juzgar por lo que puede verse en el famoso
Plano de Madrid de 1656, obra de Pedro Texeira, variaba la importancia de las
mismas.
Algunas parroquias tendrían tres
naves, como San Salvador, Santa María o San Andrés, pero otras serían
más humildes, de una sola nave, como San Justo o San Nicolás, o
quizás con dos, disposición infrecuente pero no anómala.
En el caso de las más
poderosas económicamente, en función de los medios y
disponibilidades de sus feligreses, se emplearía la piedra, siguiendo el
modelo románico, o bien el ladrillo, de acuerdo a un incipiente modelo
mudéjar, que hundía sus raíces en la construcción
musulmana.
Los escasos restos de arquitectura
parroquial medieval local, remiten con fuerza al modelo mudéjar, como
evidencian las torres-campanario de San Nicolás y San Pedro.

SINAGOGA.
Edificios muy simples a cuyo interior
no pueden acceder las mujeres, que ocupan la tribuna del piso superior. Sin
mobiliario, sólo destaca el armario que preside la nave y en el que se
guardan los libros sagrados. A sus lados o frente a él, hay dos bancos
para los miembros notables de la comunidad.
Poco más que meras reconstrucciones
imaginarias podemos hacer de las parroquias madrileñas, pues lo que se
puede intuir en el citado plano del siglo XVII puede deberse en parte a
adiciones y reformas, como las operadas a principios de ese siglo en las dos únicas
parroquias primitivas conservadas, anteriormente citadas.
Un enigma inquietante es la
cuestión de si la trama urbana del siglo XII existía ya antes de
la conquista cristiana o es producto, íntegra y culturalmente, de la
civilización cristiana.
La división política
y religiosa de la Villa, siguiendo este esquema, es inequívocamente
occidental, pero aún en nuestro siglo XXI el urbanismo de estos barrios,
aún contando con las innumerables reformas, amputaciones y apertura de
nuevas calles, operadas a lo largo de los siglos, rezuman un inconfundible sabor
mudéjar.
Las manzanas de casas no
eran regulares, y las calles y plazuelas se disponían, por un lado, de
manera caprichosa, laberíntica e irregular, y por otro lado, a veces, con
pasmosa economía, como las vías que van de puerta a puerta de la
muralla o de parroquia a parroquia, comunicándolas rápida y
eficazmente.
Los adarves y requiebros
urbanos son muy abundantes aún en la época en que Texeira realiza
su conocido plano, y la impresión que éste produce, contemplando
el cogollo medieval, es más propio de una ciudad islámica que de
otra cristiana.
El contraste entre los
barrios medievales, de innegables características mudéjares, y los
surgidos luego, en la época de los Austrias, de calles rectas y manzanas
regulares, es incuestionable.
La escasez de espacios públicos,
dentro de los muros, es otro factor mudéjar, pero la presencia de pequeñas
plazuelas, delante de cada parroquia, y a donde confluyen las diversas calles de
la collación, es signo inequívoco de mudejarismo.
Esta influencia, que hoy sólo
podemos advertir por los escasos restos de arquitectura, debió ser intensísima
en todos los ámbitos de la vida, como en la vestimenta, gastronomía,
costumbres, fiestas, agricultura, ganadería, etc.




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