





A lo largo del complejo y difícil
reinado de Juan II, Madrid siguió manteniendo una situación
privilegiada como residencia temporal de las Cortes y como escenario nacional en
la convocatoria de las mismas.
Entre las numerosas Cortes aquí
celebradas desde el siglo anterior podemos citar las de 1418, en que se declara
al Rey mayor de edad para acceder al trono y otras en 1435.

Pero la villa, padecerá el peor
momento o período de su historia cristiana medieval debido a las grandes
hambrunas y pestes que asolaban a Europa desde el siglo anterior y que solo
remitirían a finales del XV.
En el marco de una Castilla
dividida y diezmada por alianzas, enfrentamientos y rencillas, con un monarca débil
y disoluto, y con nobles, clero y ciudades obsesionados por controlar el poder y
defender sus intereses, es como si la naturaleza y los fenómenos adversos
se hubieran también confabulado en contra de los hombres y de las capas más
desfavorecidas.
Ya desde finales del XIV y principios del XV, se producían
fenómenos irregulares en el clima, como grandes sequías,
pertinaces heladas y terribles y largas lluvias. En abundantes ocasiones faltó
pan y cereales, y la vida en la villa así como en otros muchos puntos de
Castilla, se vio detenida u obstaculizada.

Estas adversidades
naturales, que condicionaban la agricultura y por tanto el sustento de los
madrileños, culminó en las tremendas lluvias y pedrisco que cayó
sobre la villa y sus campos, ininterrumpidamente, desde el 29 de Octubre de 1434
al 7 de Enero de 1435, fenómeno que pasó a la memoria colectiva de
los madrileños como el "diluvio".
Fue
tanta la intensidad de las lluvias y su fuerza, que arruinó partes de la
muralla, derribó casas y desbordó el foso de las cavas del este,
cuyas aguas inundaron el barrio de San Pedro, mezclándose con las
potables.
Faltaron alimentos y el hambre y la desolación se
apoderaron de la villa antaño tan pujante, confiada y próspera.
Puesto que los males nunca vienen solos, los muchos cadáveres insepultos,
dado el desgobierno y espanto que se había adueñado de sus
habitantes, provocaron en el verano de 1435 una epidemia de peste, que acabó
sumiendo a Madrid en el horror y la cuarentena.
La corte y el rey huyeron
precipitadamente, causando la epidemia innumerables muertos.

Pasada el hambre y la peste, la villa comenzó
lentamente la recuperación de hechos que quedaron indeleblemente marcados
en la memoria de Madrid.
El rey Juan II ordenó
la construcción de una cerca o muralla de tapial que limitara y cerrara
todos los barrios de la villa y de manera especial los arrabales de San Martín,
Santo Domingo, Santa Cruz y San Millán, donde la epidemia se había
cebado especialmente.
Esta nueva muralla o cerca venía siendo
necesaria, dado el imparable crecimiento urbano y demográfico de Madrid,
aunque es probable que en las décadas anteriores a la catástrofe
de 1434-35, por las sequías y falta de productos, este crecimiento se
hubiese ralentizado.
Madrid, emergiendo de sus
cenizas, presenciará una segunda mitad del siglo XV de nuevo pujante y
además, con renovado protagonismo, al estimarla y mimarla el nuevo rey
Enrique IV, que la honró con títulos como "muy
noble y muy leal".
Pero no todo fue aciago para
Madrid durante el reinado de Juan II, pues la villa recibió y fue testigo
de varias embajadas extranjeras, todas de boato y admiración.

Antes de la hambruna y
consiguiente peste, la Corte recibió la visita de los embajadores del rey
de Francia, - un arzobispo y un noble -, que
fueron recibidos con pompa y simpatía por los cortesanos, aun antes de
que se hubieran acercado a los muros de la villa.
Entraron en el Alcázar
ya casi de noche, y hallaron al soberano en el salón del trono, con un
enorme león a los pies, lo que les infundió el natural sobresalto
y temor.
Tranquilizados por el rey y los cortesanos, acerca de la
mansedumbre de la fiera, poco a poco fueron familiarizándose con tan
sorprendente miembro de la corte, pues cuenta el cronista que era tan manso el
león que comía en la mesa del rey.
Y añade que estaba tan gordo que,
yendo un día de terrible calor de verano en una carreta, entre varias
localidades, reventó de sofoco.
Pasada la epidemia y vuelta la Corte a
Madrid, el rey recibió al enviado del Papa Eugenio IV, que le hizo regalo
de la famosa "rosa de oro" (manojo de
rosas bendecidas por el pontífice en Cuaresma).

Y un año después
se recibió otra embajada, la del duque Felipe de Borgoña, que
informó al rey Juan de ciertos asuntos diplomáticos europeos.
Los vecinos de Madrid confabularon varias veces
contra el polémico y contradictorio Enrique IV, pero parece ser que éste
no se dio por aludido. Ya se ha dicho antes que ennobleció y cuidó
a la villa, y pasaba tanto tiempo en ésta que puede afirmarse
tranquilamente que mucho antes de Felipe II, Madrid ya era Corte.
Ajeno a las muchas intrigas y dificultades de su reinado, el monarca
organizaba fiestas y torneos, bien en la villa o en sus alrededores, con
inusitada frecuencia y boato, por cualquier visita o pretexto.
Pero Enrique IV también se preocupó
de mejorar la vida de los madrileños y trasladó aquí la
Casa de la Moneda, hasta entonces en Segovia, reforzó al Concejo de la
Villa con más medios y más competencias, reafirmó el
mercado semanal de los jueves con más franquicias y ordenó
reformar y ensanchar la céntrica Plaza de San Salvador, hoy de la Villa,
que había quedado pequeña y mezquina para la nueva condición
y ambiente de pujanza que respiraba Madrid.

El rey, que tanto había amado la
villa, murió en su Alcázar en 1474.
Antes de que
falleciera el rey Enrique, ya hubo enfrentamientos entre los partidarios de su
hija Juana, llamada "la Beltraneja", -
por suponérsela hija verdadera de Beltrán de la Cueva, valido del
monarca, nacida en el Alcázar de Madrid en 1462 - e Isabel,
hermanastra del rey.
Pero estos se intensificaron, llegando a la lucha
cuerpo a cuerpo dentro de la villa, después de fallecer el rey y de la
proclamación de Isabel como reina en Segovia. Los madrileños se
dividieron a favor de una u otra pretendiente, bien en la nobleza o en el pueblo
llano, aunque parece que éste último se inclinó más
por Isabel.
Los nobles partidarios de
Juana se hicieron fuertes en el Alcázar y aunque controlaban también
algunas puertas, según la tradición, las huestes que combatían
por Isabel lograron entrar en Madrid por la traición de un caballero
madrileño, que les abrió la Puerta de Guadalajara.

Fue el periodo de reinado de los Reyes Católicos,
a finales del siglo XV y primeros del XVI, un tiempo de paz y de seguridad para
el comercio y la agricultura madrileños, convocándose Cortes en
Madrid en 1482.
La villa, volvió a vivir plenamente una
estabilidad en lo político, social y económico. Sin embargo,
algunas catástrofes naturales, como las de la primera mitad del siglo,
volvieron a repetirse.
Fernando e Isabel, en sus continuos
desplazamientos, aprovechaban siempre que pasaban cerca de Madrid, para
aposentarse algunos días en el Alcázar, donde todos los viernes
que aquí se encontraran administraban justicia al pueblo llano.
El rey Fernando convocó
incluso a todos los procuradores del reino en la villa, para pedirles apoyo y
financiación, a fin de mantener y hacer operativa la Santa Hermandad.
Durante 1494 y 1495 tuvieron
lugar intensas lluvias, fuertes huracanes y copiosas nieves, que produjeron daños
y reveses en el campo y en la villa, aunque no provocaron una situación
de carencia y necesidad como en 1434 y 1435, pero los daños fueron tan
crecidos, que los reyes ordenaron entregar del Tesoro Real una cantidad de
40.000 maravedises, para que se efectuaran reparaciones en la muralla y
edificios públicos de Madrid.

En 1494, dieron su licencia
para que el Concejo impusiera una sisa pública a fin de levantar
soportales en la Plaza Mayor para la venta de comestibles y que estos no
permanecieran a la intemperie. Otras disposiciones reales se suceden en los años
inmediatos, con la intención de mejorar el aspecto y disponibilidades del
Concejo en el funcionamiento de la villa.
Pero una orden de 1498 llama
la atención, prohibiendo los monarcas que los cerdos circularan a sus
anchas y libres por las calles y plazas de Madrid.
Una situación así,
nos parece hoy inconcebible, pero tengamos en cuenta que el Madrid de finales
del siglo XV se movía todavía entre la tradición de un gran
poblachón que había vivido del campo y una villa cortesana y
elegante, escenario de embajadas y Cortes, y residencia temporal de los reyes,
no habiéndose impuesto aún en ese tiempo ninguna de las dos
tendencias.
Posiblemente por desgracia,
poco tiempo después, durante la primera mitad del siguiente siglo, Madrid
escogería ante todo ser ciudad cortesana y política, descuidando y
abandonando el cultivo agrícola, que había dado de comer, y casi
siempre bien, a una villa que durante toda la Edad Media, menos en las rachas
del siglo XV, había conocido una creciente y abundante prosperidad y
pujanza.
Los pueblos, pocas veces
tienen memoria de lo más útil, inclinándose con frecuencia
por lo más fácil y brillante.
IMAGENES:

- Moda de la clase dirigente del siglo XV.
Las
masculinas se caracterizaban por los pliegues pronunciados
y por las amplias
túnicas de terciopelo, rematadas con piel.
Las femeninas son más
difíciles de encuadrar ya que iban,
desde un vestido en el que tanto
las mangas como la falda son intercambiables,
a prendas enteras.
- Rabino del siglo XV leyendo textos sagrados
en una sinagoga.
Se cubre los hombros con el "talit" o manto
ritual mientras lleva,
en su brazo y frente unas tiras de cuero llamadas "filacterias",
que
tienen grabadas frases sagradas.
- Escudo de los Reyes Católicos.




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