Poco después de comenzar el siglo XIV reinando Fernando IV, Madrid va a ser testigo de un acontecimiento, hasta entonces desconocido para la villa, al ser escenario de unas Cortes en 1309. Se desconoce por completo que lugar o edificio pudo albergar acontecimiento tan destacado en la vida del país.

Se han sugerido escenarios que, por su holgura y espaciosidad, pudiesen contener a los muchos delegados y representantes que acudían a las asambleas nacionales, como el templo o alguna otra estancia adecuada de los monasterios de San Martín o Santo Domingo.

Quizás también la parroquia de San Salvador, situada en el corazón y punto más transitado de la villa, y que poco después, sería el escenario de las reuniones del Concejo, o quién sabe, si no se celebró en algún salón o desahogada estancia del Alcázar.

Lo importante es que Madrid, villa mediana, renombrada y con prestigio, enclave de sano aire y buen clima, abundante en aguas y de fácil camino, recibe por primera vez en su historia, a lo más granado y representativo del reino, con el rey y la corte a la cabeza.

Dar hospedaje al monarca y servir para reunión de unas Cortes, debió ensanchar en mucho la confianza y seguridad de los madrileños en la prosperidad y expectativas de que disfrutaba la villa.

Alfonso XI fue el rey que mimó y cuidó a Madrid, reuniendo de nuevo Cortes en 1329 y 1335, ordenando poco después, en 1339, que la villa acatara el Fuero Real, además de poder seguir aplicando el fuero propio, en aquello que no contradijera al primero. Y en 1346 añadió una cédula, por la que se reglaba la composición y funcionamiento del Concejo, hasta entonces libre y abierto.

Alfonso XI no solo ordenó el cambio de sitio para la vieja parroquia de San Pedro, pues la primitiva taponaba el movimiento de gentes y carros en la Puerta Cerrada, trasladándose al emplazamiento que aun hoy conocemos, época, la del traslado, en que se labra nuevo templo, del cual ha llegado a nuestros días, íntegra, la torre mudéjar, que es de mediados del siglo XIV.

También ordenó un hecho importante para la vida cultural y educativa de éste Madrid medieval: la fundación en 1346 del llamado Estudio de la Villa o de Gramática, que se estableció cerca de la céntrica plaza de San Salvador, en una casa que para tal efecto adquirió el Concejo.

Muchos de esos "Estudios" fueron el germen de ulteriores universidades renacentistas, como las de Alcalá de Henares y Salamanca.

No le cupo tal gloria a Madrid, pero sí puede decirse, con verdad y con justicia que el Estudio madrileño tuvo siempre prestigio y magníficos profesores, como López de Hoyos, y no peores discípulos, pues alumno fue del mismo nada menos que Miguel de Cervantes Saavedra.

En la guerra que enfrentara al rey Pedro I con su hermanastro bastardo, el futuro Enrique II el de Trastámara, tomó Madrid partido por el monarca, decisión ésta noble y leal, y cuando menos reveladora de deseada legalidad por parte de la villa.

Fueron los moradores fieles al rey Pedro I y sólo por traición, los que ayudaron a entrar a las tropas rebeldes en la villa.

No pudo pagar el rey Pedro tamaña lealtad, afanado como estaba en la contienda, pero con el tiempo, y puesto que a veces la Historia es justa, acabó con sus restos en Madrid.

Siendo su nieta doña Constanza abadesa mayor del monasterio de Santo Domingo, quiso y consiguió en 1444 que, los restos de su abuelo y último rey castellano, reposaran en la cripta del templo conventual, labrándose un sepulcro, cuyo bulto orante hoy se muestra en el Museo Arqueológico, y en donde, silenciosamente descansó hasta la revolución de 1868, que destruyó el convento y dispersó obras de arte y muertos.

A pesar de la lealtad mostrada hacia Don Pedro, el nuevo rey, Enrique II, el de las Mercedes, no se vengó de la villa ni la maltrató, sino muy al contrario, la revalidó en todos sus privilegios, exenciones y derechos, pasando largas temporadas en Madrid, e incluso celebrando recibimientos y acontecimientos notables.

Pero en 1383, reinando ya Juan I, se produce un hecho negativo para la villa, que hoy contemplamos con gracia y con humor, pero que para los habitantes de Madrid debió resultar una desagradable sorpresa y un hecho lamentable, que no obstante acataron con humildad.

La villa, siempre libre, que solo tenía por señor al rey, es entregada por éste, el ya dicho Juan I, a un extraño y desconocido personaje llamado León V.

Pero dejemos a Sáinz de Robles que nos presente al sujeto en cuestión, con sus propias palabras:

"Se titula León V, rey de Armenia, y ha sido despojado de su reino, preso y maltratado, por el sultán de Babilonia. A instancias de Juan I recobró la libertad y vino a Burgos a rendir pleitesía y testimoniar al regio intercesor su gratitud. Ahora, vaga por Castilla...

A los oídos del monarca castellano llegan las noticias de tales desvalimientos, y como suele apreciarse poco lo que poco ha costado, Juan I, para su sustento, le dio de por vida el señorío de Madrid, la ciudad de Andújar, la Ciudad Real y 150.000 maravedises de renta.

León V valoró lo recibido, restauró el Alcázar, quizás para habitarlo como residencia, y se comportó noblemente con sus súbditos madrileños, revalidándoles en todos sus derechos y privilegios.

A los pocos años, sin embargo, salió de Madrid para nunca más volver. Agobiado quizás por la nostalgia, marchó a Paris, donde murió en 1390.

Tal vez se fue a Francia con la esperanza vana de que el rey de este país le prestara ayuda y dinero para intentar reconquistar su país".

Redactó un documento real en el que se confirma que la concesión tendría sólo validez mientras viviese León V, en aquellos momentos ya avanzado en edad, sin derechos sucesorios. Pero nada más morir éste en Paris, otro documento real de Enrique, devolvía Madrid a la corona castellana con todos los efectos.

Durante los últimos años de reinado de Juan I se produjeron en el país una serie de lamentables sucesos que tuvieron como víctimas a la comunidad hebraica.

Esta, se había ido ganando las antipatías populares, pero también una serie de sujetos, como ciertos clérigos, se dedicaron a exaltar los ánimos del populacho, haciendo correr bulos y hechos terribles que se atribuían a los judíos.

Estos, durante los primeros reyes de la Casa de Trastámara, habían visto limitadas sus actividades y movimientos, pero también habían recibido la protección de éstos. En 1391, la plebe entró en la judería sevillana, pasando a cuchillo a todos los habitantes que allí se encontraban.

Lejos de serenarse los ánimos con la sangre, corrió el odio por toda Andalucía y también por Castilla. Madrid no escapó a la barbarie y a la ceguera, y muchos de sus vecinos, sólo por el hecho de ser judíos, fueron muertos en jornada luctuosa.

El breve reinado de Enrique III el Doliente, fue próspero y afortunado para Madrid, donde vivió largas temporadas, considerándose casi un madrileño más. Aquí, fue reconocido como rey en 1390, y pocos años más tarde, en 1393, declarado mayor de edad.

Se casó en la villa con la inglesa Catalina de Lancáster, ignorándose el templo, que pudo ser el monasterio de San Martín, que era el recinto sacro de más peso y prestigio en la ciudad.

Mandó adecentar el Alcázar, intentando que fuera digno palacio sin perder su solidez de fortaleza, y creó el Real de El Pardo, que quedó así vinculado a la Corona.

Madrid iba acostumbrándose a los fastos y desfiles de la Corte, pues a la frecuencia de las Cortes que aquí se convocaban, había que añadir las temporadas de residencia de los reyes en el Alcázar.

Notable y pródigo en mercedes para con la villa fue el reinado de este monarca, de precaria salud y breve vida. Uno de los acontecimientos que tuvieron lugar en estos años fue la embajada que Enrique III envió al rey Tamerlán de Persia, en devolución a una enviada por éste a Castilla.

Al frente de la expedición, que tuvo lugar entre 1403 y 1406, colocó a un caballero madrileño, Ruy González de Clavijo, que escribió más tarde una relación de la aventura titulada "Embajada a Tamerlán".

Sabemos, que entre los presentes y regalos enviados por el monarca castellano había marfiles del taller de San Millán de la Cogolla, espadas y puñales toledanos, paños y telas de Béjar, arquetas andaluzas y códices miniados por los monjes miniaturistas de Silos.

IMAGENES:

- Pastores comiendo después de haber reparado un rudimentario puente de madera sobre un río.
El aprisco lo han realizado con ramas de árboles, arbustos y espinos
para evitar robos o ataques de alimañas durante la noche.
El chozo del fondo está hecho con la misma técnica.

- Arado con bueyes, animales que hasta el siglo XVI no se comenzarán a sustituir por mulas.

- Lisiado. Este tipo de minusvalía era corriente en una época,
en la que vivir, se convertía en algo tan incierto
como el resultado de las turbulencias políticas.

- Pastor del siglo XIII.
El poncho de lana que lleva echado hacia atrás todavía es utilizado en Castilla.

- Caballero y su esposa a finales del XIV o comienzos del XV.
Son de destacar las mangas anchas del hombre y el manto bordado de la mujer,
similar al de tantas Vírgenes góticas.

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