





Nos hemos adentrado sin quererlo en el siglo
XII, centuria en que el Madrid cristiano debió consolidarse y
experimentar un crecimiento considerable, aunque la ausencia de documentos y de
información sobre ese período temprano, nos impide saber cual fue
el alcance y trascendencia de los nuevos habitantes y de su acomodo en los
distintos sectores de la villa.
Quizás no hubo disposiciones reales
plasmadas en documentos, pero sí un flujo de gentes constante a lo largo
de dicho siglo, y tal vez preferentemente en su primera mitad.
El crecimiento de superficie
construida que conlleva un aumento de pobladores y vecinos, hizo necesaria la
construcción de una nueva muralla, en la segunda mitad del siglo XII,
mucho más amplia que la anterior, que protegiera y englobara una extensión
urbana cuatro o cinco veces mayor que la ocupada por la medina musulmana,
hallada por los cristianos a finales del siglo anterior.
A principios del siglo XII, en 1126, Alfonso
VII dispone que se repueble el terreno en torno al monasterio benedictino de San
Martín, fundado por Alfonso VI, y en documentos medievales algo
posteriores se hace frecuente referencia a este arrabal de extramuros como
barrio de francos, con lo que ya tenemos, clara y contundentemente, un caso de
manifiesta repoblación.

Escudo del reino
Castellano-Leonés.
León Pinelo, ya en el siglo XVI, pero
algo más cerca de documentos originales que autores posteriores, dice que
el rey Alfonso VII repobló la villa de Madrid con castellanos y leoneses.
Y muy poco antes de que este monarca
favoreciese la creación de un barrio poblado, cual fue el de San Martín,
ordenó en 1123 la concesión para disfrute y usufructo de los
madrileños, de todas las tierras de pasto y bosque que quedaban entre la
sierra de Guadarrama y la villa de Madrid, lo que motivaría serios y
largos pleitos y enfrentamientos con los segovianos, pues éstos se creían
con viejos y tradicionales derechos sobre tales terrenos y no aceptaron la
entrega de éstos a otra localidad.
Estos territorios,
evidentemente ricos y extensos, serían pronto denominados como el Real
del Manzanares, y su concesión a Madrid no se explica más que,
aparte del apego y afecto que el rey sintiese hacia la villa, por la necesidad
de una población que crecía espectacularmente de contar con
amplios recursos naturales de tierras, pastos y leña que les asegurara
sustento y prosperidad.
A lo largo de todo el siglo XII, los madrileños
empezaron a recibir y a ser destinatarios de una serie de privilegios y cédulas
reales, otorgados a favor del Concejo.

Los más antiguos se datan en torno a
1145 y se irán sucediendo en el tiempo hasta el trascendental año
de 1202, en que enriquecidos y retocados, son compilados y sancionados por
Alfonso VIII, conformando el cuerpo jurídico y legal por el que se regirá,
de aquí en adelante, la villa.
Es lógico suponer que,
hasta este momento, los madrileños debieron regirse por el famoso Fuero
de Toledo, bastante anterior, pero a principios del siglo XII el Concejo debió
considerar que la ciudad había alcanzado suficiente peso y prosperidad,
como para poseer un fuero propio, el conocido modernamente como Fuero de Madrid.
Poco después, y quizás
como reconocimiento al monarca por haber aceptado y rubricado un fuero hecho según
los intereses de Madrid, la participación de la villa en los contingentes
militares que se enfrentaron al ejército almohade en la célebre
batalla de las Navas de Tolosa fue grande, según los viejos cronistas.
Y gracias a los textos alusivos a la
batalla, conocemos cómo era ya en 1212 la enseña o pendón
de Madrid: un oso rampante, (a cuatro patas), sobre campo de plata.
No entraremos aquí a fondo sobre el
contencioso histórico de si los madrileños huyeron aterrorizados
por el primer envite de los musulmanes, como algún viejo escritor sostenía,
o sí su participación en la famosa batalla fue gloriosa y heroica,
como quieren los autores y la tradición local.
Estos inventaron también un fenómeno
portentoso, sucedido en el enfrentamiento de las Navas, y que tenía como
protagonista al venerado varón madrileño Isidro el Labrador.
Quiere la leyenda que el mítico pastor que
advirtió a los cristianos, haciendo que éstos ganasen el
encuentro, fuese nada menos que San Isidro. Es posible que juzgáramos tan
peregrina afirmación como fantástica, y de puro prurito localista,
si no fuese porque, durante los últimos años de reinado de Alfonso
VIII se produce un hecho curioso.
Según la tradición
local, el monarca para agradecer la intervención del santo madrileño
en dicha batalla, costeó y regaló a la parroquia de San Andrés,
entonces poseedora de la momia de San Isidro, un arca nueva, en madera pintada
de estilo gótico, con cubierta a dos aguas, que ya podemos ver expuesta
en la nueva Catedral de la Almudena.
Es probable que este arca, bellísima
en su ingenuidad primitivista, sea posterior a los comienzos del XIII.
En correspondencia con la pujanza que la
villa experimentaba, fue natural que quisieran aposentarse en Madrid dos de las
más influyentes o prestigiosas órdenes religiosas de la Edad
Media.

Ambas eran de muy distinto signo, pero no
faltaban en toda población de cierta importancia, los franciscanos y los
dominicos, que escogieron lugares totalmente alejados el uno del otro, para no
competir.
El monasterio de San Francisco se fundó según
la tradición en el año 1217, extramuros, al sur de la villa, en lo
alto del Cerro de las Vistillas, donde todavía se mantiene, aunque
totalmente modificado.
Quiere la leyenda que San Francisco de Asís
pasara por Madrid, camino de África, pero al enfermar justo cuando se
encontraba en la villa, tuvo que quedarse hasta que sanara, fundando el
convento.
Por su parte, el convento de Santo Domingo,
hoy ya desaparecido, fue en un primer momento establecimiento de hombres,
fundado en el año 1218, pero al llevar una vida muy regalada, la orden,
al recibir en 1220 la bula papal, decidió que fuese cenobio femenino.
El monasterio dominico se estableció
en un cerro al norte de la villa, cerca del de San Martín, e inició
muy pronto, una política de compras y adquisiciones, que le convertiría
en una auténtica máquina de comprar y extender sus dominios.
Estos llegaron a ser enormes, tanto
extramuros como incluso intramuros, con casas y rentas, y conformaron un
arrabal, no habitado por burgueses u hombres libres, sino compuesto de siervos,
fincas y edificaciones que dependían del convento. Este desapareció
como consecuencia de la revolución de 1868, como tantos otros monumentos
locales.
Muy poco después de tener lugar estas
fundaciones monacales, acaeció en la villa un suceso curioso,
relativamente normal en aquellos tiempos, en que la posesión o propiedad
de determinadas tierras era aun un proceso de consolidación, pero que
aunque hoy apenas se recuerde, resultó trascendental en la formación
de los símbolos y emblemas de la villa, pues tal hecho, es el origen de
que hoy sea como es el escudo de Madrid.
Cuentan que, hacia el año
1222, la clerecía de la villa (reunión de clérigos de las
parroquias madrileñas) y el Concejo, se enzarzaron en un enfrentamiento
por la posesión de los pastos y bosques del alfoz, que eran los
territorios de jurisdicción municipal o local.
Cada uno de los dos bandos enfrentados,
defendía derechos seculares o tradicionales sobre las tierras de
alrededor, pues éstas, representaban una innegable fuente de riqueza.
Cuenta la tradición que intervino el
rey, zanjando el pleito de manera salomónica, haciendo cesión de
los pastos a los clérigos y de los bosques y monte al Concejo, siendo
esta decisión acatada por ambos contendientes. De este pleito, se derivó
el escudo medieval de la villa, no sabemos si como consecuencia inmediata o fue
un hecho que devino lentamente.
Lo cierto es que, a partir de entonces, el
escudo de la clerecía local, siguió siendo el viejo de la villa, o
sea, un oso rampante a cuatro patas, pastando, sobre campo de plata, que ya
conocemos, por haber sido el blasón de los madrileños en los
campos de las Navas.
Modificó sin embargo el Concejo su
enseña, quizás para dejar constancia de sus nuevas y ya legítimas
propiedades, pues representaba a un oso de pie, sobre las patas traseras,
comiendo frutos de la copa de un arbusto, tal y como hoy aún conocemos.

Escudo de la ciudad de
Madrid.
IMAGENES:

- El rey Alfonso VIII (1158 - 1214) concede a
la Villa su Fuero en el año 1202.
El llamado "Fuero de Madrid".
- Herrero del siglo XIV portando martillo y
tenazas.
- Labrador del siglo XIII.
- Leprosa con una carraca de madera para
advertir de su presencia
al entrar en las poblaciones.




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