La conquista cristiana de Madrid debió parecer un hecho natural en el camino victorioso hacia Toledo de las tropas castellano-leonesas del rey Alfonso VI.

Alfonso VI (1072-1109), rey de Castilla y León,
conquistador de Madrid en el año 1083.

A finales del siglo XI y por más que algunos autores quieran ver un Madrid musulmán sobresaliente, la "almudena" de nuestro emplazamiento no debía ser lugar con suficiente renombre, pues de lo contrario su incorporación al mundo cristiano hubiese sido resaltada por cronistas y escritores.

Y el paso de Madrid a manos cristianas fue un hecho que solo motivó silencio en los anales de la Historia.

Los cristianos entraron en la ciudad de Toledo hacia el año 1083, pero el castillo de Madrid, con su "medina" inmediata, bien pudo caer antes, como plaza hallada en ruta o bien después, como satélite que sucumbe al hacerlo el gran centro regional.

Los escritores antiguos de los siglos XVI y XVII debatieron mucho la cuestión del "cuándo" exacto, es decir, del año anterior o posterior al citado 1083, inclinándose según el caso por un año antes o uno o dos después.

Sea cual fuere el año, que a nosotros en todo caso nos queda muy lejos, lo importante fue el trueque, el cambio de manos de Madrid. Lo que debió suponer para el lugar el cambio, es algo, hoy por hoy, muy difícil de cuantificar.

Aparte de ser nueva la guarnición militar que se aposentaba en el castillo, y de pasar de población dominante a dominada, es poco probable que de repente se introdujeran significativas modificaciones en el aspecto y costumbres de la pequeña ciudad.

La mayor parte de la población musulmana seguiría viviendo entre sus muros, temerosa, esperando acontecimientos o confiando en que la situación se invirtiera, volviendo otra vez sus antiguos jefes, cosa que ya nunca ocurrió.

Cierta población debió huir o desterrarse antes o después de la conquista enemiga, y la comunidad hebraica es casi seguro que celebró el cambio.

Aunque los cristianos procedieron de inmediato a la sustitución de símbolos y a una clara manifestación de poder, Madrid seguiría siendo una "medina", donde las costumbres, lengua, tipos y edificaciones musulmanas se respiraban por doquier.

Aparte de sustituir banderas, emblemas y estandartes en lo más alto y visible de la fortaleza, una de las primeras actuaciones que los cristianos llevaban a cabo en las ciudades musulmanas que conquistaban, era la de purificar y consagrar al culto cristiano la mezquita mayor y otros templos que hubiese en la localidad.

Este acto se revestía de una gran solemnidad, acudiendo al mismo personajes de rango y jerarquías, naturalmente cada vez más altas y de mayor relieve según la importancia del lugar. En el caso de Madrid, la ceremonia debió discurrir por los cauces de lo normal, dentro de la discreción que rodeó la toma cristiana de nuestra villa.

Lo más importante era consagrar el templo mayor a Nuestra Señora, protectora e impulsora de la reconquista cristiana, aunque en determinados casos, la catedral o el templo principal podían consagrarse a algún santo o apóstol.

En nuestro caso, como en tantos y tantos otros, fue la Virgen la que recibió el honor de ser la patrona del templo mayor.

Las imágenes marianas se colocaban en la capilla principal o en el altar mayor, en sitio muy visible, y ante ellas se oficiaba la liturgia. Con frecuencia, también se colocaba la imagen de un crucificado presidiendo el recinto, casi siempre colgado del muro del fondo del altar principal.

Estas imágenes eran siempre foráneas y se encargaban a tierras del norte o más comúnmente eran traídas por el propio conquistador, que contaba ya de antemano con la consagración de todos los templos de ciudades conquistadas.

En la mayoría de ciudades castellanas y andaluzas, la patrona tiene siempre un origen reconquistador y son muchas las que, según la tradición, fueron llevadas o regaladas por el monarca respectivo que tomara la localidad.

Sin embargo, el dominio castellano de las tierras del sur del Guadarrama sufriría algún envite.

La invasión de los almorávides de Al-Andalus, a principios del siglo XII, creó un altísimo riesgo para los nuevos territorios cristianos. Un caudillo almorávide, como todos ellos con fama de terrible y duro, arrasó las tierras centrales de la Meseta, y puso sitio a Madrid en el año 1110.

Si para los castellanos-leoneses, Madrid no había sido una población significativa, para los musulmanes si que lo era.

La "almudena" madrileña era famosa por su soberbia fortaleza, de cuya construcción se sentían orgullosos los árabes y cuya importancia y valor estratégico les era perfectamente conocido.

El prestigio y significado del castillo de Madrid será un lugar común en los textos musulmanes. Si para los cristianos era capital conservar Toledo, la vieja capital visigoda del Tajo, para el mundo musulmán la llave de la carpetania se llamaba Madrid.

Levantó el moro Alí ben Yusuf su campamento en una explanada al pie de la mítica fortaleza, cerca del río Manzanares, en un lugar que ya pasaría a la nomenclatura histórica local con el nombre del Campo del Moro.

No se sabe con exactitud, cuáles serían las intenciones de los sitiadores ni el tiempo que estaban dispuestos a resistir, pero aquí, una vez más, la leyenda y la tradición vienen a socorrernos.

Cuentan éstas que, llevando varios meses las tropas de Alí ben Yusuf sitiando el Alcázar y su inmediata "medina", poco a poco fueron cayendo en el desaliento ante la comprobación de que los sitiados disfrutaban de abundante agua, elemento capital para poder resistir o claudicar.

Levantaron los almorávides el campamento, y se marcharon desistiendo del proyecto de poseer nuevamente Madrid.

La leyenda quiere que la abundancia de agua procediese de un pozo descubierto por los madrileños, que desesperados, se habían encomendado a los favores de su patrona la Virgen de la Almudena.

Pero una vez más, los conocimientos históricos actuales vienen a explicarnos de modo racional, un hecho que la tradición juzgaba portentoso.

Como algunos historiadores han demostrado en nuestro siglo, los árabes en su tiempo de dominación, habían elaborado una compleja red subterránea de conductos de agua, que llegaban a la "almudena" y a otras zonas adyacentes, procedentes de fuentes, pozos y manantiales muy distantes, a través de largos trayectos ocultos y silenciosos a lo largo de kilómetros, ya que al parecer, el interior de la "almudena" carecía de agua.

Esta hipótesis no se contradice con la presencia abundante de agua en lugares relativamente cercanos al Alcázar, como el Barranco de las Hontanillas o el de San Pedro, cuyo suministro podía ser el habitual en épocas de paz, pero ser fácilmente cortado por los sitiadores, al quedar fuera del recinto amurallado.

Por los populares y durante mucho tiempo útiles "viajes de agua", llegaría ésta al interior de la "almudena", sin que Alí ben Yusuf y sus huestes pudiesen imaginarlo, pues aunque el origen de estas conducciones fuese islámico, su existencia tampoco era un hecho muy extendido en el mundo musulmán, dándose solo en determinadas regiones y circunstancias.

IMAGENES:

- Vestimenta de los siglos XI y XII.
El hombre viste un ciclatón o prenda larga adornada con dibujos geométricos.
La mujer está tocada con una capucha, debajo de la cual,
nace un manto amplio que en ciertos casos puede ser un poncho.

- Mujer ataviada según usos del siglo XII.

- Caballero del siglo XII armado con espada y cota de malla corta.
El escudo se sostiene con correas al cuello dado su peso.
El cambio de indumentaria guerrera a partir del siglo XI se debe a influencias francesas.

- Caballero de principios del siglo XIII.
Viste un "pellote" confeccionado en cuero o tela, muy común en la época.

- Caballero de mediados del siglo XIII.

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