






La sociedad madrileña del XVIII es
una sociedad estamental, con normas jurídicas semejantes a las del
anterior siglo. La nobleza y el clero siguen con la mayoría de sus
privilegios, aunque disminuyen numéricamente. Su poder y su riqueza se
mantiene.
Ni toda la nobleza ni todo el clero tienen
la misma categoría. Entre los nobles los hay inmensamente ricos, con
grandes propiedades territoriales, que viven en Madrid aunque su lugar de
nacimiento haya sido otro.
En el otro extremo están los hidalgos
venidos a menos, algunos de los cuales apenas tienen para comer. Algo semejante
ocurría con el clero.
Aunque la importancia política de la
nobleza siguió siendo grande, era menor que la del siglo XVII. Ahora, el
monarca dirigía personalmente la política, tomaba decisiones
directamente aunque consulte y se rodee de personas que considere oportunas, no
siempre pertenecientes a la alta nobleza, habiendo un claro ascenso de los
hidalgos con formación universitaria.
La crítica a la nobleza hereditaria
era cada vez más abundante, pues dificilmente se podía justificar
su situación de privilegio y de ociosidad permanente.
Cadalso, en la número XIII de su
Cartas Marruecas, la definía así "...
Nobleza hereditaria es la vanidad que yo fundo en que ochocientos años
antes de mi nacimiento, muriese uno que se llamó como yo me llamo, y fue
hombre de provecho, aunque yo sea inútil para todo."
No es el único testimonio que se alza
contra este grupo social, que no crea ninguna riqueza y que consume gran
cantidad de bienes.
La Corte de los Borbones es bien distinta a
la de los Austrias. Se acabaron aquellas fiestas fastuosas que llamaban la
atención de los viajeros extranjeros.
Ahora, la etiqueta es más rígida,
el trabajo más frecuente y abundante y las fiestas menores en número
y de menor duración. La caza es la única afición que,
sobretodo los dos Carlos, mantienen.
Los nobles, ocupan los diferentes empleos
encargados del servicio directo del monarca. Eran cuatro los cargos
fundamentales que se ocupaban de estos cometidos: el Limosnero Mayor, El
Mayordomo Mayor, El Caballerizo Mayor y el Sumillers.
El primero, solía ser un cardenal u
obispo. De él, dependía la Capilla de palacio y era a la vez el
Vicario General del ejército, estando ayudado por diferentes capellanes,
predicadores, cantores, etc.
El segundo, era el responsable de la Casa
Real. Pertenecía a la nobleza más alta y era el oficial más
importante de palacio. Supervisaba todo lo relativo a la vida dentro de la
Corte, incluída la administración.
El Caballerizo Mayor preparaba y controlaba
todas las actividades del monarca al aire libre: los desplazamientos, la caza,
etc.
Por último, el Sumillers se ocupaba
del buen funcionamiento de la Cámara Real y todo el personal de servicio.
- desde los médicos hasta las lavanderas dependían de él -
La baja nobleza era muy numerosa. Algunos
autores afirman que el 25% de los hogares madrileños pertenecían a
los hidalgos. La mayoría de los componentes de este grupo tenían a
gala despreciar el trabajo manual. Preferían vivir con escasez antes que
trabajar con sus manos.
Contra esta situación, se aprobó
en 1783 una Cédula que permitía acceder a la nobleza a quien
demostrase que a lo largo de tres generaciones había realizado una
actividad mercantil o industrial de utilidad pública.
El clero, fue disminuyendo numéricamente
a lo largo del siglo, pasando de un 4% de la población a mediados de
siglo a casi un 2% a finales del mismo.
Madrid, era una ciudad poco relevante desde
el punto de vista de la organización religiosa. Pertenecía a la diócesis
de Toledo, y era el cardenal-arzobispo de aquella ciudad el que nombraba los
cargos eclesiásticos y el que daba las instrucciones.
A pesar de ello, el clero madrileño
seguía teniendo gran influencia en la ciudad. Controlaba una gran parte
del suelo urbano y las parroquias, desde la época medieval, configuraban
la estructura administrativa de la ciudad.
En torno a las parroquias vive un numeroso
grupo de personas además de los clérigos, sacristanes, acólitos,
campaneros, sepultureros y varias personas más. La mayoría de las
iglesias tenían unos ingresos interesantes, procedentes de sus
propiedades y de los cobros de los servicios religiosos que prestaban.
La mayoría de las órdenes
religiosas tenían su convento en Madrid. Frecuentemente, era el más
importante de todos los de esa orden religiosa en España. En manos de
frailes y monjas estaban las instituciones hospitalarias y de beneficiencia, asi
como también la mayoría de los centros educativos y culturales.
Estas órdenes religiosas madrileñas
- frailes y monjas - repartían diariamente unas 30.000 raciones de sopa
entre los pobres y necesitados de la ciudad.
Un hecho extraordinario fue la expulsión
de los jesuitas, no solo de Madrid sino de toda España, lo mismo que se
les había expulsado de Portugal y de Francia. Su poder e influencia era
ingente. Controlaban la enseñanza y gran parte de la cultura. Eran los
confesores de casi toda la nobleza y se dedicaban a los negocios, préstamos,
etc.
Probablemente, uno de los factores que más
influyó fue su participación en el motín contra Esquilache.
El primero de abril de 1767, los frailes abandonaron, ante los ojos incrédulos
de muchos madrileños, los seis grandes edificios que tenían en la
ciudad.

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