



Los historiadores definen al siglo XVIII
como un período de crecimiento económico en toda España y
también en Madrid. La capital de la nueva dinastía a la vez que
aumenta su control político sobre toda España, acrecienta su
importancia económica.
Uno de los primeros síntomas del
crecimiento económico es el incremento de la población de Madrid
durante este siglo. Los primeros catastros nos permiten aproximarnos con mayor
exactitud al número de habitantes que tenía la ciudad: a mediados
de siglo vivían en Madrid 142.000 personas y en 1799 el número
habia ascendido a 195.000.
Es un aumento importante, pero la población
de Madrid es mucho más baja que la de ciudades como Paris o Londres, que
la duplican y triplican. El crecimiento de la población madrileña
se debió, en parte, a un proceso de inmigración que busca mayores
oportunidades en una ciudad con más recursos y puestos de trabajo.
Se puede constatar un claro predominio de
los nombres vascos en determinadas actividades mercantiles y de apellidos
catalanes en ocupaciones artesanales. Llegaban a la capital desde las zonas
periféricas personas emprendedoras y con posibles, y desde las provincias
limítrofes arribaban vendedores de comestibles y criados de diferentes
tipos para familias acomodadas.
Madrid, era ante todo una ciudad política,
capital de un vasto territorio, situada en el centro de la península,
pero aislada del floreciente mercado mediterráneo y atlántico.
Ninguna ciudad importante europea de ese
siglo y de los anteriores, estuvo tan alejada del mar y con tan pocas
posibilidades de relacionarse con la costa.
La capital era un centro de consumo muy
importante. Necesitaba ser abastecida desde diferentes lugares para satisfacer
sus necesidades, y era a la vez un centro de producción poco importante,
pues prácticamente todo lo que producía era consumido en el
interior de la urbe, sin que pudiese vender a otros lugares.
La población activa madrileña
fue aproximadamente un 30% durante toda la segunda mitad de este siglo, cantidad
reducida que nos muestra una ciudad con amplios grupos de población
ociosa o muy poco productiva, incluyendo en ellos a la mayor parte de la baja
nobleza, que seguía considerando el trabajo manual como una deshonra.
El sector más numeroso de la población
activa eran los sirvientes, un 30%. En segundo lugar en importancia lo ocupaban
los burócratas, que al final del siglo eran 6.482, ya que su crecimiento
se había acelerado en la segunda mitad de la centuria.
Confirman estos datos la realidad de Madrid
como una ciudad fundamentalmente consumidora de la que hablan los autores del
siglo XIX. Con esta características de la población, dificilmente
podía Madrid proporcionar bienes y servicios a las regiones limítrofes,
algo lógico en una economía más dinámica que ésta.
Estos rasgos de la población madrileña
nos hacen pensar y así lo han manifestado autores diversos, en un mercado
muy desigual.
Convivían una gran parte de la
población - un 70% - que rozaba el nivel de supervivencia y que se
gastaba prácticamente todos sus ingresos en comer, junto a varios
centenares de familias muy ricas, que nadaban en la abundancia, y que eran
quienes demandan los artículos de lujo fabricados en nuestra ciudad o en
otras ciudades europeas.
Se han encontrado testimonios en los que un
noble encarga un par de zapatos para su mujer a Paris, porque los que se hacen
en Madrid no le gustan o el de la duquesa que envía su coche de caballos
a la misma ciudad francesa para recoger un vestido semejante al de la reina y
poderlo lucir en el paseo o en la fiesta correspondiente.
A pesar de estos ejemplos, hay que afirmar
que Madrid tenía muy buenos artesanos en la mayor parte de los oficios,
que producían bienes y objetos caros y de prestigio, muy apreciados por
las clases altas.
De hecho, si analizamos los datos de
crecimiento y de concentración de actividades gremiales, las que más
crecen son las dedicadas a este tipo de productos, como son la lencería,
los tapices, los encajes, la platería o la sedería. Solo los
gremios que trabajan la cuerda y el esparto están entre los que crecen y
no fabrican objetos de valor o artículos de lujo.
Además de los gremios, durante este
siglo se pusieron en funcionamiento las "Reales Fábricas" a
imitación de las francesas. Las más destacadas fueron las de
cristales, porcelana y tapices, situadas la primera en La Granja (Segovia) y las
otras dos en Madrid.
La de mayor proyección fue la Real Fábrica
de Porcelanas del Retiro, construída por iniciativa de Carlos III, que
trajo maestros y técnicas italianas para su inicio y que fue destruída
por las tropas inglesas, al final de la guerra contra Napoleón.
Su producción fue restringida y
selecta. Sus clientes eran las casas reales europeas y las principales casas
nobiliarias. Algunas de su magníficas piezas pueden ser contempladas en
el Museo Municipal de Madrid.
A pesar del crecimiento económico del
siglo XVIII, los salarios disminuyeron en la segunda mitad y en los últimos
veinte años aumentó la miseria urbana. Algunos de los motines y
algaradas tuvieron que ver con esta situación, llegando la Corona en 1780
a tomar la decisión de producir pan a un precio menor para los pobres y
evitar situaciones extremas.
Durante el siglo fueron apareciendo en la
economía madrileña instituciones económicas, algunas de las
cuales, con diferentes modificaciones, han sobrevivido hasta la actualidad. Una
de las más florecientes fue la de los "Cinco Gremios Mayores"
fundada en 1667, cuya riqueza y poder aumentó enormemente durante el
siglo que nos ocupa.
Los gremios que la formaban eran los
joyeros, merceros, sederos, pañeros y lenceros, que controlaban en
exclusiva la importación, fabricación y venta de estos productos.
Construyeron un elegante palacio en la Plaza
de Jacinto Benavente, cerca de la Puerta del Sol, para sede de sus operaciones y
hoy día es uno de los edificios representativos del neoclasismo madrileño.
Fueron los Cinco Gremios una institución
económica poderosísima que prestaba dinero al Estado, participaba
en otras empresas económicas, recibía depósitos de dinero a
un determinado interés, colaboraba o controlaba compañías
comerciales, etc.
Otra institución nacida a comienzos
del siglo XVIII fue el "Monte de Piedad".
Fue Francisco Piquer Rodilla - padre Piquer
- quién fundó la casa de empeños dedicada a ayudar a
familias o a personas individuales para mejorar sus condiciones de vida. Desde
1713 se instaló en una casa cedida por el propio Felipe V en la Plaza de
las Descalzas.
Su crecimiento económico fue rápido,
paralelo a su labor social.
Otra forma de obtener dinero para atender
necesidades sociales fue la "lotería", introducida por Carlos
III en 1673. Sus ganancias estaban dedicadas, según el real decreto
fundacional, a beneficio de "... hospitales,
hospicios y obras pías y públicas en que se consume anualmente
muchos caudales de mi Real Erario".
El éxito de este juego fue rápido
a pesar de que el premio mayor apenas llegaba a 250 reales. El beneficio para la
Hacienda Pública fue muy alto, lo que permitió, a los seis meses,
aumentar la cuantía de los premios.
Comenzaba así la posibilidad de que
personas pobres o con muy pocos recursos se convirtiesen, de la noche a la mañana,
en ricos ciudadanos.
La institución económica con más
proyección de futuro fue el "Banco de San Carlos", que más
tarde se convirtió en Banco de España. Nació este Banco a
finales del reinado de Carlos III, aunque ya en el reinado anterior se había
puesto en funcionamiento el Real Banco de Giros, encargado, sobre todo, de los
pagos exteriores.
La necesidad de hacer frente a los vales
reales que había emitido el rey Carlos para atender diferentes gastos de
su reino, aceleró la necesidad de esta institución financiera.
Inicialmente, el Banco se formó a
través de la suscripción de acciones por los particulares,
garantizadas por la Hacienda Pública.
Los fondos del Banco se emplearon en
distintos cometidos, como la mejora de la agricultura, - pieza básica de
la economía para los ilustrados - en la canalización de ríos
como el Manzanares o el Guadarrama, - los intentos de canalización de los
ríos madrileños fracasaron - o en la construcción de
diferentes caminos.
Algunas de estas iniciativas muestran el
interés de los comerciantes madrileños y de los propietarios agrícolas
en mejorar el comercio interior de sus productos y en participar en el comercio
atlántico.
La estructura de la economía madrileña
a finales del siglo sigue siendo bastante desequilibrada al depender, sobre
todo, de su función predominante política.
Su comercio y su industria sigue
respondiendo a las necesidades de un mercado interno y los excedentes económicos
de los grupos sociales más pudientes se dedican a aumentar el número
de sirvientes y a disfrutar de mayor cantidad de bienes suntuarios, en lugar de
invertirlos en bienes productivos.

Copyright © 1999 por
JLL & JRP
Todos los derechos
reservados.
