La dimensión urbana-jardinística del Prado se completó de modo muy acertado, con la inclusión de dos realizaciones ad hoc: el Jardín Botánico y el Museo de Ciencias Naturales.

El primero, se había fundado en 1764 por el Marqués de Grimaldi, trasladando los viveros de El Pardo a las cercanías de la capital. Al principio, tenía un carácter real cerrado, con Sabatini al frente de la parte arquitectónica.

Sin embargo, hacia 1780, el nuevo primer ministro, el conde de Floridablanca, colocó a Villanueva y le dió un carácter completamente distinto, pues de mero vivero pasó a ser museo, escuela y centro de investigaciones y expediciones botánicas, abriéndose al público en determinados días.

Villanueva, arquitecto protegido por el secretario de Estado, se encargó también del Gabinete de Ciencias, elaborando un complejo, monumental y efectivo conjunto arquitectónico, obra magna de la arquitectura de todas las épocas, donde integró las funciones de museo, academia y gran salón de actos.

El palacio neoclásico, de una modernidad sorprendente, pero también de un curioso y práctico electicismo, dispuso una de sus tres fachadas autónomas, la de mayor longitud y repercusión urbana, paralela al eje longitudinal del Salón del Prado, con lo que éste encontró hacia el este un soberbio fondo de correspondencia arquitectónica, verdaderamente único.

En pocos casos, hallamos una feliz y armónica correspondencia, tan lograda como aquí, entre paisaje urbano y arquitectura. Los troncos arbóreos del paseo parecen hallar sus dobles en las cristalinas columnas jónicas de la fachada del fondo.

Carlos III ordenó renovar la mayor parte de las puertas de la cerca de Madrid.

Algunas, quedaron sin renovarse, - como la de Toledo, que a principios del XIX se haría una nueva y la de la Vega - pero se hicieron otras nuevas y monumentales, como las de Alcalá, Atocha, Bilbao y la de los Sitios Reales de El Pardo y El Escorial, conocida como de San Vicente, por estar al final de la cuesta del mismo nombre, junto al río.

En 1769, se convocó un concurso, resultando Sabatini el preferido para edificar las puertas de Alcalá y San Vicente, las de mayor enjundia monumental. Ventura Rodríguez, quizás por competencias del Consejo de Castilla, diseñó la de Atocha.

La puerta de Bilbao o Recoletos se atribuyó siempre a Carlier, arquitecto francés de tiempos de Fernando VI, lo que plantea dudas, pues su lenguage arquitectónico y ornamental es más rococó, y por tanto anterior.

La de Alcalá es por suerte, la única que se mantiene en pié, habiendo desaparecido muy pronto la de Bilbao - solo se conoce por un grabado de finales del XVIII - mientras que las de Atocha y San Vicente desaparecieron a finales del XIX porque estorbaban al entonces creciente tráfico, conociéndose incluso algunas fotografías anteriores o del momento de su derribo.

La de San Vicente, parace ser que se conserva desmontada en los almacenes municipales, habiendo habido varios intentos de reconstruirla, proyecto muy de agradecer que hasta ahora no ha cuajado.

Anteriormente, se ha comentado que el interior de la Corte apenas cambió durante el siglo de las Luces, pero esto hay que matizarlo.

Es cierto que no se modificó sustancialmente la trama urbana, ni se abrió una sola plaza en el casco urbano. Quizás la situación histórica carecía de una madurez asentada, que a buen seguro con el tiempo habría dado sus frutos.

Los acontecimientos se torcieron y ya nunca pudo ser posible hasta las reformas burguesas de la época de Isabel II. Pero el reinado de Carlos III propició una intensa renovación del caserío urbano, muy envejecido y de mala calidad, que fue renovado en un notable porcentaje.

Estan nuevas edificaciones, fueron aprovechadas por el Concejo para alinear casas, ensanchar calles y hacerlas más rectas o coherentes.

Se levantaron también nuevos palacios de la nobleza, deseosa de poseer casas más lujosas y acordes con la suntuosidad borbónica. El estado contruyó edificios públicos u oficiales, como la Real Casa de Postas, el Archivo de la Marina, la Fábrica de Cristales de La Granja, la Real Imprenta, una Fábrica de Tabacos, etc.

A tono con esta renovación, una compañía financiera tan potente como los Cinco Gremios Mayores, edificaron una monumental sede neoclásica en la calle de Atocha.

La ciudad entera, aunque sustancialmente la misma, cambió de piel y se rodeó de un gran cinturón verde. Sin embargo, es necesario dejar una reseña no muy optimista sobre aquel Madrid de finales del XVIII, el de los Carlos.

La población creció con el progreso y paz vividos desde la llegada de Fernando VI, pero no hubo posibilidad de crecimiento urbano al quedar la Corte encorsetada en la cerca de 1625.

Esto encareció los precios de los cuartos viviendas, hizo que se edificara en cualquier espacio vacío, con los aumentos de insalubridad y falta de higiene, señalando ya algunas voces críticas el estado de hacinamiento en que la población madrileña estaba.

A pesar de la cerca, la población más desfavorecida, que ni siquiera podía aspirar a un mísero cuartucho en el interior, fue estableciéndose fuera de aquella, surgiendo algunos suburbios miserables al sur, como los de Injurias y Peñuelas, y alguno más decente, al norte, como el de Chamberí.

En estos suburbios, denunció Jovellanos la existencia de míseras fondas y mesones, que constituían un auténtico peligro para la salud pública, comentando también el pensador la necesidad de resolver el hacinamiento de la población intramuros, y aconsejando en fecha tan temprana, antes de 1800, la realización de un ensanche para Madrid, que supusiera nuevo suelo para la vivienda y un crecimiento ordenado y moderno de la Corte.

Para lograrlo, se tendría que esperar a 1859.

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