Es indudable que, aún en 1760, la Corte seguía presentando un aspecto urbano lamentable. Ciertas mejoras, aún siendo positivas, no habían conseguido desterrar la denominación de "pocilga de Europa" que pesaba sobre esta ciudad.

Hoy por hoy, no es posible hablar de la existencia de un programa concreto y acabado sobre Madrid, donde aparecieran reseñadas las necesidades, redactadas las soluciones y catalogados los proyectos. O no se hizo o se ha perdido.

En estas condiciones, es mejor pensar en ideas y proyectos que iban surgiendo sobre la marcha, en cantidad y calidad tales, como para sugerir en la perspectiva histórica, un espíritu y un programa de intenciones por parte de Carlos III y sus ministros.

Solo Villanueva, al servicio del Conde de Floridablanca, tal como los retrató Goya en 1783, parece que debió tener un proyecto claro y ordenado de mejoras, pero que tampoco ha sido encontrado de momento.

Es posible que, todas estas ideas se concretaran sólo de viva voz, pues las cartas entre el primer ministro y el arquitecto, donde son muchas las referencias a lo hecho o por hacer, no hacen alusión ninguna a la existencia de un plan concreto y oficial.

Muy poco después de arribar a Madrid, en 1761, Carlos III ordenó la construcción de dos edificios públicos, fundamentales para su política administrativa centralizadora: una nueva casa para Aduana, en la calle de Alcalá, que edificó Sabatini, y una casa central de Correos, en la Puerta del Sol, que se adjudicó a Marquet, desechando un proyecto anterior del defenestrado Ventura Rodríguez.

Y es aquí, donde es pertinente quizás recordar cierta polémica entre historiadores, pues algunos mantienen que Carlos III llevó a la práctica o acabó proyectos redactados e iniciados en tiempos de su hermano Fernando VI, lo que significa que el reinado de éste, breve en tiempo, no habría sido tan espúreo para Madrid.

Lo cual es cierto, pues en tiempos de Fernando VI, se proyectó un nuevo Hospital General, que inició en 1750 el ingeniero militar José de Hermosilla. Tal vez, la sensación de ser pocas las realizaciones madrileñas del reinado de Fernando VI, se deban sobre todo a la brevedad del mismo, que impidió que los proyectos cuajaran o se terminaran.

Por otro lado, hay que reconocer que el siguiente período, el de Carlos III, fue urbanística y arquitectónicamente tan interesante y fructífero, que acabó eclipsando lo hecho anteriormente.

Los agradables paseos del sur, dispuestos entre la ciudad y el río Manzanares, se comienzan en torno a 1750, aunque se trabajará en su urbanización hasta bastantes años después. Son obra de un capitán del ejército, José Salcedo, que firma un plano pormenorizado de la zona de los paseos.

Estos, son anchos y rectilíneos ejes, amenizados con grandes plantaciones de árboles, hermanos de los famosos paseos verdes de los alrededores de Aranjuez. Tomando como punto de partida las dos puertas del sur de la cerca, las de Toledo y Atocha, se abren largas avenidas de árboles, que en decidida pendiente del terreno, bajaban hasta el río.

Estos paseos se conservan aún, pero se ha alterado por completo el espíritu paisajístico del paraje, al construirse grandes barrios en lo que antaño fueran huertas y campos, entre paseo y paseo.

Aún se les conoce por los deliciosos nombres dieciochescos: Pontones, Ocho Hilos, Delicias, Chopera, Acacias, Tilos, Melancólicos, etc.

Estos paseos, se agrupan fundamentalmente en tres sectores: el tridente que sale de Atocha, los paseos paralelos al río, y el rombo de ocho ejes entre la Puerta y el Puente de Toledo. Tanto su espíritu como su planta y el aprovechamiento urbano del paisaje, responden a criterios barrocos.

La conjunción entre ciudad y paisaje responde asimismo a la idea ilustrada de llevar la ciudad al campo y el campo a la ciudad.

Los urbanistas y arquitectos técnicos de la época de Carlos III no acometieron la radical transformación del casco histórico de la capital, que siguió siendo, a grandes rasgos, intrincado, tortuoso y laberíntico. Debieron comprender que tal transformación encerraba tremendos e insuperables problemas y conflictos, además de ser costosa y lenta.

Prefirieron sin embargo embellecer y dignificar la periferia, rodear la Corte de un cinturón verde, con jardines y alamedas, salpicados de fuentes y monumentos. Dentro de esta tendencia, y una de las primeras realizaciones del reinado, hay que situar el proyecto de ordenar y dignificar el viejo y umbrío Prado de los Jerónimos, que pese a ser el paseo predilecto de los madrileños, presentaba aún un aspecto casi silvestre.

La idea fue del Conde de Aranda, presidente del Consejo de Castilla, quién después de vencer numerosos inconvenientes, inició los trabajos en 1763.

El llamado entonces Salón del Prado, fue ordenado urbanísticamente por José de Hermosilla, que diseñó una planta longitudinal, muy alargada, con grandes fuentes de trecho en trecho, a modo de un estirado hipódromo. Las fuentes y los elementos decorativos, fueron proyectados por Ventura Rodríguez, trabajando en las esculturas los más reconocidos escultores del momento.

El Salón del Prado se concibió, desde el primer momento, como una obra ambiciosa y de carácter cosmopolita y europeo. De hecho, los viajeros extranjeros que pasaron por Madrid, se refirieron al paseo como una obra bellísima, de las mejores y más modernas del continente.

Muchos, incluso recogen el comentario muy difundido de que tal obra y otras, respondían al deseo del monarca de cambiar por completo la faz de Madrid, añadiendo algunos que a buen seguro tal intención se conseguía.

El Salón del Prado, discurría desde la actual plaza de Cibeles a la puerta de Atocha, pudiéndose señalar tres tramos. El primero, centralizado por la fuente de Apolo, con las de Cibeles y Neptuno en los extremos, recibiendo el pomposo nombre de Prado de Apolo.

El segundo, más simple, iba de Neptuno al Jardín Botánico, ante el cual se disponía una deliciosa glorieta con cuatro pequeñas fuentes, y por último, el paseo que discurría delante de la fachada principal del Botánico, al final del cual, se colocó la bellísima fuente de la Alcachofa, mientras que al fondo se levantaba como parte de la cerca, la Puerta de Atocha o de Vallecas.

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