Ribera llevó a cabo una innumerable serie de trabajos, tanto dentro del casco urbano como en la periferia: fuentes públicas, ensanchamiento de calles, nuevas canalizaciones, puentes sobre arroyos y vaguadas, y edificios públicos para servicios del Concejo.

Por la misma época que trabajaba en el Puente de Toledo, hizo dos edificios justamente famosos en la ciudad, el Cuartel de Guardias de Corps, hoy llamado del Conde-Duque, y el Hospicio de San Fernando y del Ave María, ambos de 1720-22, con portadas barrocas.

Sin ocupar oficialmente cargo público, la labor de Ribera para la ciudad fue ingente y abrió el proceso de reformas y mejoras, que habría de culminar con las promovidas en época de Carlos II.

Solo Juan de Villanueva, como maestro mayor de la villa y arquitecto del rey, pudo repetir un episodio tan rico como el protagonizado por Ribera, al servicio del Marqués de Vadillo.

En la nochebuena de 1734, se desató un pavoroso incendio en el Alcázar, que lo redujo a cenizas en pocas horas.

Es probable que el fuego fuera accidental, aunque por la Corte circuló el rumor de que el propio monarca lo había promovido. Hay que recordar que, en comparación con otros edificios de la ciudad, el Alcázar había sufrido pocos y parciales incendios.

Lo cierto es que Felipe V ya tenía las manos libres, y aunque con el juicio muy deteriorado, no renunciaba a algo consustancial con un Borbón del siglo XVIII: el boato y el fasto.

Llamó a uno de los mejores arquitectos de la época, el italiano Filippo Juvarra, ya muy mayor, que vino a Madrid y pergeñó un proyecto faraónico, complejo y de enorme superficie.

El palacio soñado por Juvarra no cabía en el altozano que había ocupado el destruído Alcázar, eligiendo Juvarra como suelo alternativo la zona de los Altos de San Bernardino, el actual barrio de Argüelles, más o menos. El proyecto empezó a tener dificultades, entre otras cosas, por el enfrentamiento entre le rey y su arquitecto.

Aquel quería que el nuevo palacio se levantara en el mismo lugar que el viejo Alcazar, para que la nueva residencia borbónica enlazara con el viejo tálamo de la monarquía hispana, y el arquitecto no estaba dispuesto a renunciar a su ambicioso canto de cisne.

Además, pronto se vio que las arcas del Estado no podrían acometer el proyecto de Juvarra. Al año de estar en Madrid, el arquitecto cogió una pulmonía, que lo llevó a la tumba en días, no sin antes haber recomendado a su joven discípulo Juan Bautista Sacchetti como sucesor.

Felipe V, un poco cansado de las demoras optó por el desconocido, quien rápidamente se plegó a los deseos del rey, comenzando a dirigir los trabajos en 1735. Sacchetti redujo y simplificó el proyecto de su maestro, ganando en altura lo que aquel tenía de complejo y extendido. Las obras iniciadas en 1735 se prolongarían hasta 1764.

Un jesuita, el padre Sarmiento, elaboró un sofisticado programa simbólico-decorativo, que se aplicaría, en forma de relieves y estatuas, tanto en el exterior como interiormente.

Las entradas y puertas principales se completarían con relieves, así como las galerías del patio, y las fachadas se coronarían por una enorme y compleja serie de estatuas de todos los reyes, incluídos los godos, de la monarquía hispana.

Muchas de estas figuras, en piedra blanca de Colmenar, se llegaron a colocar, pero posteriormente Carlos III las mandó bajar.

De haberse llevado a cabo esta decoración barroca, el efecto, aunque recargado, sería deslumbrador. Algunas estatuas, la de los reyes más significativo, aún permanecen en lo alto, pero la mayoría adornan hoy plazas y jardines de la ciudad.

Pero el proyecto del Palacio Real, no sólo afectó al cuerpo físico del edificio, sino también a su entorno.

Pronto se vio que los alrededores dejaban mucho que desear. Al este, viejos e intrincados barrios medievales, cuyas pobres y mezquinas construcciones llegaban muy cerca del palacio; por el norte y por el sur, barrancos polvorientos y pedregosos y al oeste, un enorme escarpe, que lo separaba abismalmente de los prados del río.

Sacchetti comprendió que todo este entorno habría de ser modificado, proyectando nuevas calles, paseos, rampas, jardines, una gran plaza meridional ante el palacio, y un puente-viaducto para salvar el enorme desnivel de la calle Segovia.

Nada de esto se hizo, porque las obras del monumental palacio se lo tragaban todo, y las disponibilidades económicas eran limitadas. Pero las ideas ya habían sido sembradas y muy poco a poco, y en tiempos posteriores, el entorno se iría embelleciendo.

Con el reinado de Fernando VI, las obras avanzarían a un ritmo más bien lento, absorbido el interés del nuevo rey por la mejora y urbanización de Aranjuez, cuyo palacio había sido destruido por un incendio en 1748, aprovechándose para remodelar el Sitio Real y todo el entorno, que se convirtió desde entonces en un paraje de belleza inolvidable.

Pero estas mejoras apenas se aplicaron a la Corte, que no experimentó cambios en el reinado del gran monarca protector de la música. En 1753, como excepción, el Duque de Alba, por entonces corregidor, llamó al arquitecto francés Jacques Marquet, para que dirigiera el empedrado de las principales calles de la capital.

Al llegar desde Nápoles Carlos III, en 1759, se encontró con que las obras del Palacio Real marchaban a un ritmo de tortuga, ya que su hermanastro, el anterior rey, había pasado la mayor parte del tiempo en Aranjuez.

Puso al frente de las mismas a un arquitecto siciliano, Francisco Sabatini, que había trabajado ya para el rey como ayudante de los dos arquitectos encargados de remodelar la tortuosa Nápoles, Fuga y Vanvitelli.

Sabatini acabó enseguida el palacio, que pudo ser ya habitado en 1764, e inició el proyecto de su ampliación, con dos alas paralelas que avanzarían por el sur, cerrando la gran plaza meridional, cuyo piso bajo serían abiertas y diáfanas arquerías-loggias.

De lo proyectado, solo se hizo parte de una de las alas, junto a la actual calle de Bailén, aunque sí se llegó a acabar el piso bajo o arquerías, que hoy cierran la plaza de la Armería.

Sabatini no sólo acabó el Palacio Real, sino que fue, con mayor o menor acierto, el hombre elegido por Carlos III, para llevar a cabo un amplio programa de reformas y embellecimiento de la capital.

Como Ventura Rodríguez, mal visto por el monarca, era el maestro mayor vitalicio del Ayuntamiento, colocó a Sabatini como fontanero mayor de la villa, para hacerse cargo de mejoras técnicas, como equipamientos, el alcantarillado y la iluminación nocturna de Madrid.

Comprendió el soberano ilustrado que, sólo promoviendo la Corona una serie de proyectos y mejoras, las mismas podrían llegar a ser realidad. Mucho se ha hablado de los planes que podía tener Carlos III sobre Madrid.

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