






En el año 1700, a la llegada de los
Borbones, Madrid tenía sustancialmente la misma superficie urbana que
cuando, en 1625, Felipe IV había ordenado levantar una cerca que rodeaba
la ciudad, cortando el vertiginoso crecimiento de la Corte.
Una vez alcanzadas las altas cotas de
población de principios del XVII, ésta se había mantenido
estable con las normales variaciones de un momento u otro, pero siempre, a lo
largo del siglo, dentro de los límites marcados por la cerca. En este
sentido, ésta cumplió con el cometido de contención para el
que había sido ideada.
Pero también, en 1700, Madrid seguía
siendo una ciudad sucia, desordenada, polvorienta, con edificios muy humildes,
que carecía de servicios urbanos, como el empedrado de las calles o el
alcantarillado, y que tampoco ofrecía al visitante, salvo pocas
excepciones, grandes edificios ni avenidas anchas y rectilíneas, como las
grandes arterias barrocas de ciertas ciudades europeas.
Enseguida, la Corte borbónica se dio
cuenta de lo inapropiado de Madrid como capital de la dinastía borbónica,
que era la hegemónica en el continente, y la carencia de esta ciudad para
ofrecer una suntuosidad acorde con la buscada por la grandeza de los Borbones.
Sabido es que el primer Borbón,
Felipe V, detestaba el viejo Alcázar Real, en el que pasaba el tiempo
imprescindible que le marcaba el protocolo y el calendario cortesano, viviendo
fuera el resto del tiempo. Tampoco tenía afecto por la ciudad, que a él,
nacido en Versalles, le debía parecer oriental, intrincada, sucia y
maloliente.
La primera esposa del monarca, María
Luisa Gabriela de Saboya, que murió prematuramente en 1714, mujer culta y
refinada, preparó algunos programas de embellecimiento de la Corte, que
buscaban primordialmente el realce de los espacios reales y cortesanos.
Uno de los proyectos que fomentó,
ciertamente el de mayor relieve, fue la construcción de un nuevo y
suntuoso palacio, al este de Madrid, que sustituyera al mediocre y destartalado
conjunto palacial del Buen Retiro, cuya construcción, apenas cincuenta años
antes, se había hecho deprisa y con materiales de poca calidad.
Este nuevo palacio, en lugar mucho más
grato y soleado que el viejo Alcázar, en alto y azotado por los vientos
de la sierra, ofrecía un entorno paisajístico de grandes jardines,
en terreno sin grandes desniveles. Sin necesidad de derribar el viejo Alcázar,
que continuaría ostentando su histórica representatividad, se
buscaba realmente un nuevo Palacio Real.
El proyecto, se encomendó al
arquitecto Robert de Cotte, autor de la Capilla Real de Versalles, que elaboró
un diseño de palacio con varios cuerpos y alas, de planta compleja, en un
esquema típico del Barroco avanzado de principios del XVIII. La reina
falleció, y las dificultades económicas derivadas de la pasada
Guerra de Sucesión, hicieron que el proyecto se abandonara.
Aunque Felipe V residía poco en el
Alcázar, ordenó embellecer los alrededores del palacio, para lo
cual, el corregidor de Madrid, el Marqués de Vadillo, dispuso una reforma
y mejora de la margen izquierda del río Manzanares, colindante con los
jardines del Alcázar.
Don Antonio de Salcedo y Aguirre, nombre
verdadero del marqués, fué el corregidor o alcalde, que comenzó
un plan de mejoras y embellecimiento de la Corte, persiguiendo que la villa
cobrase algo de esa pretendida representatividad de Corte borbónica. El
Marqués de Vadillo tuvo la suerte de contar con un arquitecto joven,
Pedro de Ribera, que supo entender y llevar a la práctica las ideas de
embellecimiento barroco de Madrid.
Ribera, que trabajó para el
Ayuntamiento hasta la muerte del corregidor en 1728, no ocupó nunca un
cargo en el Concejo. El maestro mayor de la villa era Teodoro Ardemans, que
achacoso y absorbido por el palacio que construía Felipe V en la Granja
de San Ildefonso (Segovia), apenas podía ocuparse de las necesidades
arquitectónicas de la ciudad.
Vadillo eligió por su cuenta a
Ribera, sin contar con el Concejo, lo que no aceptaron algunos regidores
rebeldes, espoleados por Ardemans, que no veía con simpatía la
aparición del joven rival Ribera.
A pesar de estas dificultades políticas,
y por desgracia solamente en algo más de una década, el tándem
Vadillo-Ribera constituyó un capítulo brillante en la historia
urbana y arquitectónica de Madrid, pues a su colaboración se
debieron algunos de los más hermosos y característicos monumentos
de la capital.
El primer programa urbano que acometió
Ribera, en 1717, fue la ordenación de la explanada que había entre
el río y el Campo del Moro, bajo la sombra vetusta del Alcázar, lo
que desde entonces se denominó Paseo de la Virgen del Puerto, en homenaje
a la patrona de Plasencia, ciudad de la que era natural el corregidor.
Ribera allanó el terreno, dispuso
parterres y senderos, glorietas y fuentes, y a un lado y no en el centro del
paseo, junto a la antigua carretera de Castilla, levantó una preciosa
capilla o ermita, dedicada a la citada Virgen, su primera obra maestra en el
diseño arquitectónico.
A continuación y apenas sin tiempo,
entre 1720-22, acometió la resolución del Puente de Toledo, que
era todo un problema para el Concejo desde mediados del siglo anterior, pues los
diversos puentes provisionales de madera se los llevaba la furia del río
o los proyectos que se presentaban fracasaban por inconsistentes.
El genio de Ribera, como proyectista urbano
y como arquitecto, levantó un soberbio puente, muy largo, ya que no sólo
había que abarcar el cauce del río, sino la ancha vaguada del
mismo, tal como había hecho el gran Herrera con el puente de Segovia en
el siglo XVI.
Los arcos de medio punto están
separados por robustas y redondas torres, rematadas por glorietas-miradores, con
fuentecillas, disponiéndose en el centro del puente dos
capillas-monumentos, de estilo rococó, dedicadas a San Isidro y a Santa
María de la Cabeza.
La fortaleza del puente admiró a las
gentes, pues era de recios sillares de piedra barroqueña. En las entradas
y salidas del puente, Ribera diseñó unos fantásticos
obeliscos, fuentes y rampas, para bajar al lecho de la vaguada, lo que indica el
ambicioso y a la vez refinado concepto global que tenía el arquitecto de
una intervención urbana.
El puente, aún hoy, sigue desafiando
la garganta ventosa del río Manzanares, y después de un fustrado y
espantoso intento de derribo en tiempos franquistas, aún sigue admirando.
Lástima que el entorno, surcado por una autopista, a la que dos arcos del
propio puente sirven, no sea todo lo grato que fuera deseable, urbana y paisajísticamente.

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