El grupo más numeroso y heterogéneo lo componía el "tercer estado". En él, se incluían los profesionales más cualificados, los banqueros, los comerciantes y artesanos, los criados y jornaleros, etc.

Entre los profesionales, el grupo mayoritario estaba compuesto por los dedicados a las leyes. Entre los menos numerosos, se encontraban los dedicados a la enseñanza, muestra del control que el clero ejercía sobre esta actividad.

Los comerciantes formaban un grupo numeroso, estando organizados en torno a los Cinco Gremios Mayores. La mayoría de ellos disponen de una pequeña tienda familiar y otros son de los que colocan sus mercancías a la venta sobre unos cajones, en calles como la de la Montera o en la Plaza Mayor.

Hasta bien entrado el siglo XIX, no existieron en nuestra ciudad mercados cubiertos que garantizasen el control y la higiene de los alimentos vendidos. La compra diaria se hacía en estos mercados callejeros.

En ellos, se vendía la verdura, las aves de corral, la caza, aceites, quesos, huevos y demás alimentos. A los mismos, se acercaban las damas con sus sirvientes para elegir los productos o la sirvienta sola. Los productos, llegaban desde las distintas regiones españolas y eran distribuídos por vendedores ambulantes, expertos conocedores de su oficio.

Las actividades artesanales más copiosas son: la construcción, la confección de ropa y los talleres de producción de tejidos. Los sastres madrileños tienen gran fama, aunque las familias más adineradas y las más presuntuosas, suelen vestir a la moda parisina, con modelos comprados en la capital francesa.

Los hombres y mujeres empleados en el servicio doméstico o tareas asimiladas, son abundantísimos. Se encargaban de los más diversos cometidos y cualquier casa que se preciase, debía contar con un buen número de servidores.

Durante este siglo, había en Madrid casi 9.000 jornaleros agrícolas y un centenar de agricultores, según el censo de Floridablanca. Es mayor este grupo de trabajadores que el de artesanos, lo que nos proporciona una idea del tipo de ciudad que era Madrid en aquellos años.

Vivía en la capital un numeroso contingente de marginados: pobres, mendigos y vagabundos. Junto a la obligación de obispos y párrocos de dar limosna a los pobres de solemnidad, hay disposiciones de los monarcas persiguiendo a los vagos que van de ciudad en ciudad, y que podían trabajar y conseguir sustento para su familia.

En Madrid, el número de pobres y vagabundos era muy numeroso, a pesar de que las autoridades, en diferentes ocasiones, publicaban órdenes y bandos para expulsar a quienes no fuesen de la ciudad y para recordar a los de la corte que les esperaba o el trabajo o el hospicio.

Las costumbres madrileñas cambiaron durante la centuria, sobre todo, por la influencia que llegaba de Francia y de Italia.

Una de las manifestaciones que más claramente dejaron ver esta influencia fue el vestido, la casaca francesa, los zapatos con hebilla, las abundantes pelucas y la profusión de adornos, sustituyeron a la austeridad del siglo anterior.

La imitación de lo francés llegó hasta el ridículo, dando origen al "petimetre" - del francés "petit maitre" o señorito -, personaje peculiar vituperado por las capas populares

Los petimetres y petimetras son personas ocupadas únicamente de su arreglo personal, de los ademanes que debe utilizar, el lenguaje a usar, etc.

Cuidan la forma de andar, de saludar, de presentarse, pero sobre todo su vestido, su peinado, sus adornos... El petimetre es el polo opuesto al "majo", símbolo de la masculinidad, del atrevimiento y de la valentía, incluso de la ordinariez.

El vestuario de los "majos" era el sombrero de ala ancha y una capa que le caía hasta los pies, con la que solía embozarse y tapar , casi completamente, su cara. Contra este atuendo va el decreto de Esquilache.

Entre las mujeres, era frecuente la peineta y la mantilla, un corpiño muy ajustado que resaltaba el talle, generalmente con abundante escote, falda amplia hasta el suelo y zapatos bajos.

Era sabido que muchos "majos" llevaban escondida en su faja una navaja y ellas un puñal en la liga de su pierna izquierda. Las afrentas y las peleas callejeras eran frecuentes y así se reflejan en las diferentes formas teatrales de Moratín o de Ramón de la Cruz.

Entre las diversiones más apreciadas por los madrileños podemos señalar los bailes, las verbenas, los toros y el juego. Estos últimos, en algunos momentos fueron prohibídos. Las fiestas eran frecuentes, unas relacionadas con festividades religiosas y otras con celebraciones de la Casa Real.

Las romerías y las verbenas eran lugares adecuados para la diversión de nobles y plebeyos.

A estos lugares, algunos nobles acudían vestidos de "majos" o de "manolos", para confundirse con el pueblo y para separarse un poco de la influencia francesa. Algunos retratos de Goya nos muestran este atuendo de los nobles.

Los bailes de máscaras, permitidos por el Conde de Aranda y celebrados durante los carnavales, eran acontecimientos muy significados en la vida social madrileña. La propia princesa María Luisa, mujer del futuro rey Carlos IV buscaba todo tipo de influencias para que su suegro, el rey Carlos III, la permitiese ir a esos bailes.

En 1738 se abrió un nuevo teatro, el de los Caños del Peral, ubicado en el mismo lugar que hoy ocupa el Teatro Real. Este nuevo edificio, se sumaba a los de la Cruz y el Príncipe, para ofrecer diariamente obras teatrales a los madrileños, sin olvidar que, los nobles más ricos presumían de ofrecer obras teatrales a sus amigos o invitados en sus propias casas.

Las tertulias, fueron otra forma de emplear el tiempo la clase ociosa de nuestra ciudad. En ellas, los temas de conversación, si hacemos caso a algunos autores de la época, eran banalidades y chismorreos en su mayor parte.

Esta costumbre, llegada también de Francia, arraigó profundamente en el carácter español y ha perdurado hasta nuestros días.

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