La llegada de la Corte a Madrid en 1561 no suscitó entusiasmos en la alta nobleza castellana, que miraron con cierto desdén la súbita nueva condición de una villa discreta.

Aunque por parte de la Corona o del Concejo se elaboraron planes de adecentamiento y embellecimiento de la ciudad, la nobleza se retrajo de invertir en grandes gastos que supusieran la construcción de nuevos y dignos palacios.

Fachada principal de la "Casa de la Panadería" en la Plaza Mayor

Debió haberlos, sin duda, y sabemos de la existencia de palacios o fincas suburbanas en la periferia, como la casa de las Siete Chimeneas o las casas de Antonio Pérez, en el camino de Atocha.

La Iglesia se estableció pronto en la Corte, y a diferencia de la remisa aristocracia, sí apoyó la nueva capitalidad, quizás deseosa de que la Corte no volviera a Toledo. Desde los primeros años de condición de Corte, se fundan y establecen en Madrid numerosas órdenes religiosas.

Es posible, que la apariencia de erial arquitectónico que parece ser el Madrid del reinado de Felipe II, se deba más a la desaparición casi total de lo que hubo, y no necesariamente a que nada se moviera aquí en arquitectura.

Sin embargo, también es cierto que durante las primeras décadas de corte las inversiones constructivas y arquitectónicas del estamento religioso debieron ser humildes y de cierta provisionalidad, a la que aluden incluso algunos escritores del XVII.

El cambio radical se produce cuando la Corte regresa de Valladolid en 1606, y se afirma la convicción de la definitiva capitalidad. Es entonces, en los años inmediatos, cuando muchos palacios y conventos anteriores, inician obras ambiciosas de reforma y mejora, además de producirse nuevas fundaciones religiosas.

Tanto en la arquitectura palacial, hoy muy escasa, como en la religiosa, se siguen unas formas, lenguaje y repertorio decorativo, que podríamos definir como post-escurialense, manierista o clasicista.

Los templos se adaptan a la forma de cruz latina, con plantas inspiradas libremente en la jesuítica del Gesú, aunque también se usó la planta elíptica, como en San Antonio de los Portugueses o en el Colegio de Doña María de Aragón, hoy Senado.

La arquitectura de este primer tercio del XVII ha llegado a nosotros muy diezmada y algunas iglesias de esta época fueron reformadas o acabadas después, variando o alterando su estilo primitivo.

Pero este período, de arquitectura monumental, tímidamente dinámica, de superficies recortadas y sobriedad expresiva podemos aún conocerlo en los templos de la Encarnación, El Carmen, las Alarconas o las Carboneras.

El único gran palacio de este momento que se conserva es el magnífico del Duque de Uceda, hoy Capitanía General, obra de Francisco de Mora, aunque las obras las dirigiera Alonso Turrillo, de 1608 a 1613.

Una realización trascendental fue el templo del citado convento de la Encarnación, fundación real, que se hizo entre 1611 y 1616, y cuya fachada, diseñada por Gómez de Mora, se convirtió en el modelo más repetido, aunque no el único, entre los conventos de toda la región central y parte de Castilla durante el XVII y buena parte del XVIII.

Su organización tuvo un éxito total, y consistía en un gran rectángulo vertical, limitado por pilastrones gigantes y coronado por un frontón.

Abajo, incluía un eficaz pórtico o porche, sobre el que cabalgaba el coro hispánico de los pies, iluminado por los ventanales que se abrían en la fachada, cuya decoración se limitaba a escudos de los fundadores, patronos o de la orden, y a una escultura o relieve en piedra, alusivo a la advocación o titularidad del templo.

Sin citar ejemplos de la región, diremos que en Madrid, de los templos que subsisten, adoptan este esquema de fachada, con o sin porche las Comendadoras, las Alarconas, Los Jesuitas, San Cayetano o San José.

El manierismo tardío que se practica a principios del XVII va evolucionando, y aunque se mantiene como la más frecuente la planta de cruz latina, de nave única, transepto y cúpula, se varía, se dinamiza y se hace más compleja la ornamentación, el lenguaje arquitectónico y las superficies.

Una soberbia manifestación de sensibilidad barroca temprana aparece ya en la decoración de los muros y en el alzado rítmico doble y alternado de San Isidro, de jesuitas, en la calle Toledo, obra de Francisco Bautista, que toma las obras en 1630 y las concluye en la década de 1660.

Este barroquismo, atemperado, quieto y elegante se desarrolla a lo largo del reinado de Felipe IV, y toma cuerpo en las obras de dos figuras destacadas.

El citado Francisco Bautista es además autor de una bellísima capilla, fusión de la claridad compositiva y estructural del Barroco madrileño y de una decoración y fantasía en soluciones e ideas de sensibilidad barroca avanzada, la Capilla del Cristo de los Dolores, de la V.O.T., de 1660-64.

Y Fray Lorenzo de San Nicolás, escritor, teórico y perito, autor de San Plácido, magnífico conjunto arquitectónico-decorativo-pictórico-escultórico-retablístico, de la década de 1650-60, y las Calatravas, de rica e imaginativa decoración y soberbia cúpula, iglesia corta casi centralizada, de 1660-70.

A finales de siglo, los arquitectos mantienen las mismas estructuras, aunque acortando formas o introduciendo variaciones. El repertorio ornamental, ya barroco, es rico y opulento, con frutos y productos hortícolas castizos, que deslumbran sobre fondos totalmente lisos.

Puente de Segovia.
A la izquierda, la Capilla de la Virgen del Puerto y, al fondo, el Palacio Real.

Los hermanos José y Manuel del Olmo son perfectos representantes de este último tercio del XVII, con dos iglesias famosas por su belleza: los templos conventuales de las Góngoras, de 1663-75, y de las Comendadoras de Santiago, con hermosa y diáfana planta de cruz griega, iluminada por una cúpula completa, de 1667-97.

De la arquitectura civil de este tercio de siglo, quedan algunos ejemplos muy interesantes, reveladores de cómo influyó en la ciudad este Barroco castizo: la fachada de la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor, de Tomás Román y Jiménez Donoso, de 1672, y la Puerta del Buen Retiro, de 1692, y el patio del Colegio Imperial, en la calle Toledo, de 1673, obras ambas de Melchor de Bueras.

Sin embargo, la tipología más difundida, repetida y representativa de la arquitectura madrilena del siglo XVII, la constituyó el palacio urbano y público, cuyos caracteres se cohexionaban de forma tan homogénea, que creó una imagen típica e inconfundible de la ciudad.

Es el conocido como "palacio de los Austria", cuyo modelo admitía variantes, pero siempre dentro de un diseño que resultaba eficaz, altamente representativo, monumental, solemne y perfectamente adecuado a la función urbana.

La construcción de arranque para este modelo es indudablemente el "Palacio de Uceda" de 1608-13, con el precedente anterior del Palacio Ducal, en Lerma (Burgos), de 1604, ambos de Francisco de Mora.

Se trata de un rectángulo horizontal, con dos pisos de órdenes, portadas manieristas, tejados y buhardillas de pizarra y torres cúbicas, en punta, en los extremos.

Su sobrino, Gómez de Mora, desarrolló este esquema, en las obras inicialmente citadas, introduciendo variantes muy jugosas y un dinamismo barroco, además de juegos rítmicos de gran altura intelectual, en obras como la fachada nueva del Alcázar, de 1611-19; el Ayuntamiento, de 1621-48 y la Cárcel de Corte, de 1629-35, hoy Ministerio de Asuntos Exteriores.

Este modelo se hizo en Madrid de validez universal, siendo repetido en multitud de casas y palacios de la nobleza, en la Casa de la Panadería, o en las fachadas del Palacio del Buen Retiro, de 1630-40, obra de Alonso Carbonell.

Su creación resultó tan adecuada y original para una ciudad, convertida de improviso en Corte, que carecía por completo de modelo arquitectónico, que de inmediato fue reconocida como la imagen de Madrid, una arquitectura propia y personal del Madrid de los Austria.

Imágenes:

- Fachada principal del Convento de la Encarnación.

- La Casa Consistorial de Madrid, en la plaza de la Villa, es un típico edificio del barroco madrileño. Desde su finalización, éste ha sido el Ayuntamiento de Madrid. Su arquitectura original se conserva intacta, salvo el balcón que mira hacia la calle Mayor, construido expresamente de esa forma por el arquitecto Juan de Villanueva, para que la reina y sus sirvientes, pudieran ver la procesión del Corpus Christi.

- Los Puentes de Segovia y de Toledo son quizás los monumentos más antiguos en Madrid, contrastando su rica arquitectura con el pequeño tamaño del río Manzanares, que atraviesa a ambos. Este puente fue ordenado construir por el rey Felipe II quien, después de haber establecido a Madrid como la capital de España, deseó dotar a la ciudad de ricos monumentos. El arquitecto Juan de Herrera diseñó un sólido puente de línea austera, siguiendo el modelo del Renacimiento en sus arcos y los típicos óvalos de Herrera en los parapetos, como única decoración.

- Casa de las Siete Chimeneas.

Copyright © 2000 - 2001 por JLL & JRP

Todos los derechos reservados.