Las horas que duraba el espectáculo eran cuatro o cinco, con entremeses y farsas breves, entre actos y piezas pequeñas, que se escenificaban antes o después de la obra principal.

Todos los estamentos acudían a los corrales, aunque el eclesiástico se reservaba sólo para obras y autores de reconocido contenido religioso o moral - recordemos los conocidos autos sacramentales de Calderón de la Barca -, y tenían zonas específicas como espectadores en dichos corrales.

MEDIOS DE TRANSPORTE DEL SIGLO XVI

Silla de mulas similar a la litera de Carlos I,
conservada en el Museo de Carruajes del Palacio Real de Madrid.
Es de destacar que, viajar en este artefacto, no era ningún placer.

El teatro madrileño de la época no sólo tenía un tono dramático, sino también marcadamente crítico y sarcástico, quedando dentro de la ironía y de la sátira prácticamente todos los grupos, sectores e individuos sociales, menos dos que eran intocables, la Corona y la Iglesia, aunque no los sujetos que pertenecían a ésta, que podían ser perfectamente blanco de chanza o de escarnio.

Para paliar los muchos problemas y estrecheces con que se enfrentaba la sociedad madrileña como efecto de las muchas crisis de gobierno y decadencia del imperio, y también - no hay que negarlo - por la intensa y arraigada afición de la sociedad barroca por la fiesta, el simulacro y el montaje escenográfico, las autoridades de la Corte organizaban, con frecuencia sorprendente, toda clase de fiestas, juegos y celebraciones, con los que se regocijaba la sociedad y el pueblo madrileño.

Cualquier suceso o acontecimiento era pretexto para organizar festejos y desfiles: visitas de reyes o príncipes, hechos políticos o diplomáticos transcendentales para la Corona y sus intereses como imperio, batallas ganadas en Europa contra nuestros enemigos, natalicios o compromisos de boda de infantes españoles, beatificaciones y canonizaciones de santos españoles, y un largo etcétera.

Eran tres, sobre todo, los organismos que organizaban estos festejos: la Corona, el Concejo y la Inquisición, y a veces, podían llevarlos a cabo en colaboración.

MEDIOS DE TRANSPORTE DEL SIGLO XVI

Coche de caballos de la segunda mitad de la centuria.
Es de sección semicircular, sin suspensión y con el eje delantero giratorio.

El escenario más usual de estos acontecimientos festivos era la Plaza Mayor, a cuyos balcones se asomaba en tales eventos lo mejor y más granado de la sociedad cortesana, la Casa Real en los balcones de la Casa de la Panadería y el Concejo en la de la Carnicería.

Los festejos variaban mucho, como corridas de toros, desfiles, carreras de jinetes, justas, picas, simulacros teológicos y religiosos, procesiones, etc.

Pocas sociedades como la madrileña del XVII había más predispuestas al corrillo, la comidilla, el chisme y el cotorreo. Ningún asunto notorio o público quedaba fuera de una explotación verbal, satírica o malévola, sirviendo de tema de conversación durante meses y meses.

Algunos sucesos, como el asesinato del Conde de Villamediana, especie de Don Juan de la época, impactaron profundamente la sensibilidad popular.

Cualquier estancia, rincón o esquina era adecuada para la murmuración y la crítica, pero si se quería estar al día de las noticias, e incluso conocer sucesos aún inéditos, había que acudir a los "Mentideros".

Eran éstos espacios públicos, donde se aglomeraba la multitud, formando grupos y corros, donde se pasaba revista a lo divino y humano.

Estaba el de "Palacio", en la plaza de delante del Alcázar. Allí se congregaba una multitud, cuya razón de ser estaba en aquellos que esperaban ser recibidos, contestados, elevar instancias o recibir compensación o pensión por parte de la Corona, pero con los que se mezclaba todo tipo de gentes, entre ellos vendedores, filibusteros y embaucadores.

El más concurrido era el de la "Puerta del Sol", donde además estaban los prestamistas y negociantes, multitud que se ponía en las gradas del convento de San Felipe el Real, especie de lonja elevada del resto de la plaza, donde se apiñaba un gentío desocupado, de incierta dedicación, de poco recomendable vida y temible maledicencia.

Finalmente, estaba el "Mentidero de Representantes", en una plazuela de la calle del León, en el corazón del barrio de escritores, actores y corrales, donde se movía todo lo concerniente al mundo de las candilejas.

Madrid tenía unos espacios urbanos muy definidos: los ya citados "Mentideros", con el vértice de la Puerta del Sol como centro social, económico y neurálgico de toda la Corte.

La plaza Mayor, además de todo lo dicho, era el escenario del "Mercado", con grandes ramificaciones por el entorno, como Puerta Cerrada, las Cavas, la calle de Toledo, la del Arenal o la Plaza de Santa Cruz.

La mezcla de gremios, vendedores y mercaderes, en confusión total, llevó al Concejo a promulgar diversos bandos, para intentar ubicar a gremios y manufacturas o vendedores concretos en localizaciones específicas, que pocas veces cundían efecto.

No hay que decir, al señalar cómo el mercado y las tiendas de objetos o productos se apiñaban en torno a la Plaza Mayor, que ésta y sus inmediaciones eran todo un reguero de gentes que subían o bajaban. La calle Mayor, sobre todo en su tramo entre San Miguel y la Puerta del Sol, - a un lado de la plaza Mayor - participaba también de este ambiente populoso y ajetreado.

El comercio de esta calle era de objetos finos y de adorno (joyeros, sederos, bisuteros, etc.), lo que la hacía especialmente transitada por damas y mujeres, acompañadas del curioso caballero acompañante, - fenómeno curiosísimo del Madrid barroco -, aunque la dama estuviese casada, y por una nube de petimetres, hombres galantes, cortejadores y alcahuetas.

Asombraba mucho a los escritores de la época el continuo movimiento de carruajes, arriba y abajo de la calle, en uno de los cuales encontró la muerte el citado Villamediana.

Otro espacio muy concurrido era el Paseo del Prado, al este de la ciudad, una vaguada al pie del monasterio de los Jerónimos, con un arroyo y grandes arboledas, de traza longitudinal, donde los diversos grupos sociales paseaban, se encontraban o chismorreaban.

Todo Madrid iba al Prado, pero había días y horas para cada grupo social, e incluso momentos para relaciones y citas no muy bien vistas. A nadie se le ocurría ir en horas que no pertenecían a su condición, pues era algo así como meterse en corral ajeno.

En las fondas madrileñas del XVII se advertía a los pasajeros europeos sobre este hecho, a fin de evitarles desagradables o sorprendentes experiencias o sucesos.

Los domingos y festividades se tocaba música, en una torrecilla, situada cerca de lo que es hoy la Plaza de Neptuno, para amenizar el paseo de las gentes. Quizás eran estos días los únicos en que no había una separación drástica de los diversos sectores sociales, pudiendo todos a la vez disfrutar del paseo por el Prado.

Imágenes:

- Campesinos de los siglos XVI y XVII, caricatura patética de las modas de la página anterior,
exponentes de la dureza de la vida en la España de los Austria.
Esta vestimenta seguirá, sin grandes variaciones, hasta el siglo XIX.

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