



Se ha aludido reiteradamente
al fuerte crecimiento demográfico que Madrid experimenta desde el momento
de la llegada de la Corte.
De la discreta población
de la Villa en la mitad del siglo XVI, se pasa, casi súbitamente, a unas
curvas de crecimiento, que aunque tendrán retrocesos a lo largo del
tiempo, caracterizarán la vida y el ambiente de la ciudad durante todo el
XVII.

Muchos autores manejan cifras diferentes, en algunos
casos notablemente diversas. Aquí, más que números, nos
interesa insistir en el fuerte aumento poblacional que experimentará
Madrid. Desde el momento de su conversión en Corte, la cifra de vecinos,
a partir de los 15.000/20.000 del año 1561, se disparará.
Primero llegarán los cortesanos, con todo ese
enjambre de cargos y puestos que forman el servicio de la Casa Real, seguidos en
pocos años de los muchos funcionarios del Estado, en la medida en que
Felipe II hace crecer y hacerse más compleja la maquinaria burocrática
del Estado.
En tercer lugar,
comienzan a establecerse los inmigrantes, procedentes de los ejércitos o
del campesinado y medio rural. En la medida en que las familias nobles, aristocráticas
o burguesas demandan siervos y criados, esta inmigración se hará,
ya en el XVII, con el establecimiento estable de la Corte, más sólida
y continuada.
No podemos olvidar el
creciente número de clérigos, frailes y monjas, que comienzan a
asentarse en la Corte muy poco después de 1561. Con sólo estos
factores enumerados, es fácil imaginar que la población avecindada
en Madrid tenía que crecer de forma intensa más que sensible.
Sintetizando, se puede
dibujar un cuadro de la sociedad Madrileña que podría ser, a
grosso modo, éste: un primer porcentaje de cortesanos y funcionarios, de
estamentos diversos, los primeros generalmente nobles, los segundos burgueses o
letrados, salvo ciertos casos.
Un segundo porcentaje de
nobleza o aristocracia, con o sin directa participación en la vida
cortesana o de círculos más cercanos al rey.
Esta nobleza, que durante el
reinado de Felipe II se manifestó remisa a trasladar la residencia a
Madrid, se fue estableciendo paulatinamente a partir de la vuelta cortesana de
Valladolid en 1605, llegando a constituir en el siglo XVII más de un
cuarto de la población.

Porcentaje también enormemente crecido lo
constituyó el clero, estamento social religioso de enorme peso y
trascendencia en la sociedad española de la época, con clérigos,
eclesiásticos, frailes y monjas, en número que permite hablar de
invasión para la nueva Corte.
No sólo por la cantidad de fundaciones
religiosas que se harán en la ciudad, sino por la deseada presencia de la
iglesia en los círculos políticos y cortesanos.
Además de las parroquias y conventos, el
estamento religioso se asentó en la ciudad, respondiendo a la necesidad
de suficientes clérigos para atender hospederías de las diferentes
órdenes, colegios, oratorios, hospitales, cofradías y hermandades.
Aunque la condición
de la Corte fuese esencialmente política y religiosa, no hay que olvidar
que la numerosa población requería unos servicios y producciones
determinados. Estos se los suministraba la burguesía, que respondía
a tres frentes.
Los mercaderes y vendedores,
desde los de caros y lujosos productos, hasta los de primera necesidad; los
artesanos o fabricantes de manufacturas, que cubrían también las
necesidades de prendas, utensilios, herramientas, objetos especializados, etc.,
de una importante población; y los liberales o letrados, entre los que
cabría incluir muchos funcionarios, pero también prestamistas, médicos,
abogados, escritores y artistas, etc.
Y finalmente, el pueblo
llano o trabajador manual, que en Madrid se dedicaba, fundamentalmente, a la
servidumbre. Cualquier familia noble o burguesa empleaba como mínimo a
dos o tres personas de esta condición.

En la sociedad Madrileña del XVII, era
impensable, para cualquier familia nobiliaria, mercantil, funcionaria o
burguesa, no tener criados en casa, pues de no poseer ni siquiera un sirviente
se estaba en el grado más ínfimo y bajo de la condición
social.
De la normalidad que
llegó a tener la condición de siervo, basta decir que los criados
o sirvientes tenían a gala el serlo, sobre todo, si sus señores o
señor alcanzaban cierto nivel social.
Se han contado muchas anécdotas para ilustrar
esto último, desde el número de criados que la familia rica exhibía
en balcones y festejos, hasta el orgullo de Velázquez, al anteponer a
todos sus cargos y títulos, incluido el de "pintor real", el de
siervo del monarca.
A finales del XVI, en torno
a los últimos años de vida de Felipe II, fallecido en 1598, la
población madrileña ronda los 100.000 habitantes, aunque algunos
autores los rebajan a 80.000 y otros, lo suben a 120.000.
Qué duda cabe, que la
marcha de la Corte a Valladolid desinfló sensiblemente el vecindario
madrileño, con pérdida de más de 50.000 personas, según
un historiador.
Pero el retorno de la Corte
a la villa del Manzanares, en 1605, supuso otra vez un sostenido índice
de aumento demográfico, con algunos retrocesos, producidos por diversos
elementos, tales como pestes, hambruna, mortandad elevada, etc.
A lo largo del XVII, los
vecinos no bajarán ya nunca por debajo de los 100.000, como los 154.000
de 1685, todo ello dentro del mismo espacio físico que no se altera, pues
el crecimiento es absorbido por la capital mediante la fragmentación de
la vivienda y el aprovechamiento de los patios de las casas para construir
aposentos.

Efectivamente, el suelo o superficie no aumentó
en Madrid desde 1625, como consecuencia de la cerca de la ciudad ordenada
levantar por Felipe IV, pero esta creciente explotación del suelo urbano
interior de la cerca aumentó, considerablemente, los ya de por sí
marcados problemas higiénicos, sanitarios y de salubridad, que a finales
del XVII eran grandes y preocupantes, con abundantes voces de alarma ante una
situación que era explosiva.
Esta sociedad, desde la nobiliaria y burguesa hasta
el pueblo humilde, tenía dos distracciones básicas: el teatro y
las fiestas.
Había numerosos
corrales de comedias, aunque los más conocidos, y los únicos que
tuvieron continuidad en el tiempo como teatros locales, fuesen los de la Cruz y
de la Pacheca, luego del Príncipe.

Imágenes:
- Trajes de pequeños propietarios y
comerciantes de la primera mitad del siglo XVI.
La diferencia se nota en el
hombre más que en la mujer,
que recuerda todavía la Edad Media
en cuanto a hechura de vestido.
- Modas de las oligarquías de la primera
mitad del siglo XVI.
Lo más notable son las mangas y calzones
acuchillados del hombre
y la profusión de joyas en ambos sexos,
reflejo
del afán de ostentación de una sociedad injusta.
Modas en tiempos de Felipe II basadas en un
retrato del príncipe Carlos
y en otro de la infanta Isabel Clara
Eugenia.
Destacan la sobrepelliza, los bombachos y los zapatos acuchillados
del hombre
y el lujo y complicación del traje femenino.
Es de
notar que, a pesar del color negro de los ropajes regios,
la moda va por
otros derroteros.
Vestimentas de mediados del XVII
documentadas
en un retrato de la infanta María, hija de Felipe III,
conservado en
el Monasterio de la Encarnación de Madrid.



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