



Como consecuencia del
establecimiento de la Corte en Madrid, la Villa se convirtió en el
centro político de los extensos territorios del Imperio dominados por la
Corona, y en el centro, también, de la vida política, económica,
financiera y social de los reinos peninsulares.
Al residir aquí el
rey, de modo permanente, también tenían su sede organismos tan
importantes como los Consejos, los más destacados de los cuales eran el
Real, el de Castilla, o los de Hacienda, Inquisición, Ordenes Militares,
etc.
También tenían
sendas representaciones el Arzobispado de Toledo, del que eclesiásticamente
Madrid dependía, y el Nuncio, como representación de los Estados
Pontificios ante la Corona Española.
Es decir, la Villa pasa a ser Corte, y por tanto, no
sólo va a detentar una autoridad municipal y local, - muy mermada como veremos -, y un organismo de
equilibrio o compromiso, entre Corona y Concejo, la Sala de Alcaldes de Casa y
Corte, sino que se convierte en sede y terreno de altos y complejos organismos
de poder.
Esta transformación
en Corte, lejos de beneficiar y aumentar la capacidad y poder del municipio, o
sea del Concejo, no supuso ningún beneficio para la Villa y sus
ciudadanos, al menos como conjunto, aunque sí sobre determinados
individuos y estamentos.
Siendo representantes de la
comunidad, y por tanto valedores de los intereses de ésta, fueron sólo
atentos y fieles servidores de la voluntad e intereses de la Corona, dada su
actuación en las frecuentes Cortes convocadas en Madrid, como
representantes de la Villa.
El poder del rey y de la
Corona, no sólo disminuyó, sino que muy pronto eclipsó o
atrofió la capacidad de maniobra del Ayuntamiento, aunque éste
estuviese siempre presente en todas las ceremonias y representaciones diplomáticas
de la Corte.
Muchas son las referencias
documentales y literarias sobre el brillante y complejo ceremonial que el
Ayuntamiento desarrollaba en los abundantes festejos y actos solemnes que tenían
lugar en Madrid, generalmente en la calle Mayor y en la Plaza Mayor, invirtiendo
grandes gastos que mermaban, considerablemente, las ya depauperadas arcas
municipales.
Lejos de defender los
intereses locales y vecinales, el Ayuntamiento madrileño fue, durante el
siglo XVII, una marioneta de los intereses de la Corona, pues otra cosa no podía
hacer, cuando estaba formado, en los puestos claves, por títulos
vitalicios y cargos hereditarios, y por personajes totalmente fieles a los
deseos del monarca o de sus validos.
Con frecuencia, incluso, la Corona permitía
transgresiones de las normas y de las reglas para poder colocar a determinados
individuos en puestos de representatividad.
Algunos autores críticos del siglo XIX fueron
muy duros con esta situación, como Fernández de los Ríos,
que llegó a afirmar que el Concejo madrileño desde la venida de la
Corte no había sido más
"... que una corporación servil, una
especie de mayordomo al servicio del Poder" real, añadiríamos.
Como ya se ha comentado
anteriormente, en los actos protocolarios y diplomáticos del Alcázar,
residencia real, el Ayuntamiento también estaba representado.
Puede decirse que el Concejo
de la Villa, en el XVII, fue cubierto de oropeles para inutilizarle, lo cual
entra dentro de la lógica absolutista de la monarquía en el
Antiguo Régimen, sobre todo, en el período de los Austrias.
En las Cortes, que se
celebraban generalmente en Madrid, durante el siglo, los castellanos, andaluces
o aragoneses solían defender sus intereses, y a veces incluso con cierta
insolencia.
Pero la monarquía
austríaca no podía consentir nada parecido respecto a la ciudad
que servía de asiento de la Corte, y que además había sido
honrosamente dignificada como Corte por la generosidad de la Corona. Por tanto,
aparece claro que la Corona tendió desde el primer momento a minimizar la
acción del Concejo.
Este, como todos los demás
organismos estatales, que se habían asentado en la Corte, no podía
ser un organismo autónomo y con objetivos particulares, los locales o
vecinales, sino una administración más emanada de la figura y
poder del monarca, máquina al servicio de la Corona, parte integrante de
la Corte, y por tanto, en ningún momento opuesta a ésta.
El Concejo, como responsable
del espacio urbano y de la manutención del vecindario, incluido el
cortesano, desarrolló una tibia política urbanística y unos
servicios encaminados a asegurar el abastecimiento público.

Madrid y sus aldeas a
finales del siglo XVI y comienzos del XVII
Un organismo, dependiente
del Concejo, encargado de velar y de hacer corregir los desmanes urbanísticos
y de las edificaciones era la Junta de Policía y Ornato, creada en 1590.
Estaba compuesta por los
llamados aposentadores, que eran técnicos y arquitectos del Ayuntamiento,
y que corregían, revisaban y aprobaban las nuevas construcciones, u
obligaban a rectificar excesos y libertades en las edificaciones.
Una de las mayores
realizaciones urbanas en el Madrid de la época, por no decir que la de
mayor trascendencia, fue la construcción de la Plaza Mayor, entre 1611 y
1620. Pero incluso aquí, buena parte de las disposiciones y permisos
sobre terrenos, licencias, conflictos, las concede la Corona, quedando el
Concejo en mero ejecutor.
En parte, es comprensible,
porque la trascendencia y alto coste de una realización como esa,
escapaba a las posibilidades legales y económicas de la ciudad y su órgano
de gobierno, el Concejo, haciendo necesaria y conveniente la participación
del rey, entonces sin posibilidad apenas de contestación, pero es también
sintomático el papel secundario que desempeña el Ayuntamiento.
La implicación, el
sometimiento, la nula autonomía que tenía el Concejo queda
evidenciada con un simple ejemplo: el maestro mayor del Ayuntamiento era el
mismo que el arquitecto de su majestad, durante décadas Juan Gómez
de Mora.
Aprovechando la
disponibilidad de la Corona para las necesarias reformas urbanas que necesitaba
la ciudad, el Concejo se atrevió a solicitar dispensas y partidas para
poder construir una sede propia y digna, ya que desde sus orígenes el
Concejo de Madrid había carecido de edificio propio.

Imágenes:
- La ciudad de Madrid grabado por J. Hoefnagle
en "Civitates orbis terrarum"
de G. Braun (1590)
Biblioteca Nacional, Madrid.
- La Plaza Mayor, construida entre 1611 y 1620,
fue
escenario de grandes paradas militares,
abundantes festejos y actos
solemnes.



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