El crecimiento de Madrid fue tan veloz y ambicioso durante los casi cuarenta años de reinado de Felipe II, que no estará de más dejar perfilados, con claridad, cuáles eran los límites de la Villa en el momento de convertirse en Corte.

Volumetría del Alcázar después de las reformas introducidas por el rey Carlos I.
Sobre la fortaleza medieval, arquitectos como Covarrubias y Luis de Vega
reelaboran un espacio hasta darle apariencia de palacio, dentro de las limitaciones
que la primitiva construcción y los presupuestos permiten.

Ello, nos permitirá calibrar el alcance de dicho crecimiento, en el momento de fallecer Felipe II en 1598.

Hacia 1566, una cerca o tapia de materiales pobres - ladrillo, argamasa, escombrera - dibujaba el siguiente perímetro:

Esa cerca arrancaba de la muralla del siglo XII, junto a la Morería no lejos de la Plaza de la Paja, bajaba hasta la calle de Toledo, cerca de la actual Fuentecilla, y giraba, en línea suave, más o menos continua, hasta el portillo de Antón Martín.

De aquí girando al norte, llegaba a la primera puerta de Alcalá, en la actual confluencia de las calles Alcalá y Sevilla, buscando la cercana confluencia de las calles Fuencarral y Hortaleza, junto a la moderna Gran Vía, para ir a buscar la plaza de Santo Domingo, donde moría en la cerca de los arrabales del siglo XV.

Recreación del Madrid de mediados del XVI
partiendo del grabado realizado por Juan Wingaerde entre 1556 y 1560

Este crecimiento, una vez más, indica cómo Madrid siempre buscó, de modo decidido, la orientación hacia levante, favorecida principalmente por la suavidad del relieve, mientras que hacia el sur el terreno descendía y hacía el norte ascendía.

Pero, una de las primeras consecuencias de la capitalidad de Madrid, y quizás la más grave, fue la demanda de vivienda que generó la ingente población que cayó sobre la ciudad a lo largo del reinado de Felipe II.

El Ayuntamiento, falto de medios jurídicos y humanos, desbordado por los acontecimientos y casi siempre respondiendo tarde a los problemas, se encontró en poco tiempo ante una situación de crecimiento desaforado, caótico e incontrolado, donde la especulación y las construcciones espontáneas, no sujetas a ordenanzas ni limitaciones, campeaban por sus respetos, como suele decirse.

Las casas fueron levantadas deprisa y corriendo, sin garantías de salubridad, con materiales pobres y malos, y sin guardar las más elementales normas de urbanismo.

Los propietarios de los solares, campo, fincas o huertas los vendieron o parcelaron con rapidez, queriendo aprovechar la sorprendente demanda de vivienda o alojamiento.

Las fachadas no guardaban, por lo general, una alineación continua, lo que hacía que las calles tuviesen recovecos, entrantes y salientes continuamente. También en los voladizos, se producían toda clase de excesos.

Esta situación, llevó a la necesidad de crear un organismo, mitad dependiente del Concejo, mitad de la Corona, que pusiera freno a estos libertinajes y desarreglos urbanos, que daban a la Corte un aspecto caótico e improvisado.

Reconstrucción de la fachada principal del Alcázar
después de las reformas de Carlos I,
destacando la portada flanqueada por los cubos del castillo primitivo.

Este organismo se llamó la Junta de Policía y Ornato, creada en 1590, y presidida por el arquitecto Francisco de Mora, que había sido aparejador de Herrera en El Escorial.

La situación comenzó a ser ligeramente controlada, llevando a cabo la Junta labores para adecentar las calles, como eliminar voladizos, alinear fachadas y suprimir desniveles abruptos de terreno, como barranquillos o cerrillos, que se habían mantenido, sin modificar, rodeados de edificaciones.

Algunos años después de crearse la Junta, el monarca muere, y con el nuevo rey, Felipe III, la Corte se traslada temporalmente a Valladolid.

Para cuando esto ocurre, Madrid ha seguido extendiéndose, y a finales del siglo, la superficie urbana alcanzaba puntos próximos a las actuales Puerta de Toledo al sur, glorieta de Atocha al este y la calle del Pez al norte.

El crecimiento no se detendrá, acelerado incluso con la vuelta de la Corte desde Valladolid, en 1606.

En 1625, el joven rey, Felipe IV, ordenará el levantamiento de una cerca o tapia, que impida este crecimiento gigantesco, que ya producía sobre la vida cotidiana y legal de los madrileños toda una serie de inconvenientes y problemas.

Reconstrucción de la fachada principal del Alcázar
después de las reformas de Felipe II,
quien ordena levantar una torre al oeste llamada "Dorada"
y una galería que la une con el cubo izquierdo de la portada.

Esta cerca perseguía, no sólo cerrar, con fines fiscales y policiales, los numerosos nuevos barrios surgidos, sino sobre todo, impedir que el crecimiento continuara.

Y se detuvo, pues la ciudad no volvió a crecer hasta el siglo XIX, dentro de los límites marcados por dicha cerca de 1625, que eran al sur las llamadas Rondas de Toledo, Embajadores y Valencia, al este los paseos del Prado y de Recoletos, y al norte los bulevares de Génova, Sagasta, Carranza y Alberto Aguilera.

Una de las premisas interesantes del edicto de levantamiento de la cerca era la prohibición de edificar inmediatamente al lado de la misma, por lo que quedaron una serie de franjas vacías entre la tapia y el caserío más próximo.

La circulación interna de este Madrid, de 1625 en adelante, estuvo regulada o canalizada por una serie de arterias principales que, partiendo de la Puerta del Sol o de puntos cercanos al casco medieval, conducían en líneas más o menos rectas o claras, a los puntos extremos mas alejados de la ciudad.

De la vieja plaza de Santo Domingo, junto al monasterio medieval, partían diversas calles, que conducían al extremo noreste de la ciudad: la calle de Leganitos y las muy largas calles de Amaniel y San Bernardo, cuya anchura llevaba a que el pueblo la denominara calle Ancha de San Bernardo, para distinguirla, además, de otra pequeña, situada en otro punto distante de la ciudad.

Fachada del Alcázar madrileño en la primera mitad del siglo XVII.
Como se puede observar, se ha ampliado en su lado este buscando una simetría que,
la falta de presupuesto, deja solo a medias.

Partiendo también de la citada plaza, pero alejándose en sentido opuesto, hacia el noreste, la popular y castiza Corredera de San Pablo, hoy muy mermada su longitud, y que cerca del final de su trayecto cruzaba la de Fuencarral, para acabar fundiéndose con la Hortaleza.

Estas dos, Fuencarral y Hortaleza, nacían en el mismo punto, la Red de San Luis, calle corta que las conducía rapidamente a la Puerta del Sol. Se orientaban decididamente hacia el norte, y aunque nacían juntas, iban paulatinamente separándose, dibujando caminos más directos y rectos que desde el norte de la periferia, conducían al mismísimo centro de Madrid, la ya citada Puerta del Sol.

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