Es decir, Madrid en el siglo XVI, no tenía hecha una imagen, como Toledo o Sevilla, era algo así como un lugar virgen, que se podía modelar según los intereses y objetivos de la monarquía española, y eso se hizo, aún con todas las limitaciones, a lo largo de la época de los Austrias.

Madrid se situaba entre los grandes caminos peninsulares, que se cruzaban en esta zona, aquellos que venían funcionando desde tiempos de Roma, y que comunicaban Aragón con Extremadura, Levante con Castilla, y Andalucía con el norte.

PALACIO NOBLE DEL SIGLO XVII.

Destartalados y a menudo levantados sobre manzanas de casas ya existentes,
poco adorno tienen en sus fachadas si descontamos la entrada principal,
casi siempre hecha en estuco y rara vez en piedra.

Recientemente, quedaba incorporado a un sistema de casas y sitios reales, desde Valsaín a Aranjuez. El origen de la mayor parte de estos "sitios reales" es de tiempos del emperador Carlos I o del propio Felipe II.

Se deriva de todo esto la clara conclusión de que el traslado de la Corte a la Villa del Manzanares ni fue caprichoso ni improvisado, y posiblemente formara parte, de un plan claramente renacentista, de Felipe II.

En mayo de 1561, el Concejo madrileño recibe una Cédula Real del soberano, dictada en Toledo, en la que le hace saber el inminente traslado de la Corte. Esta debía hallarse ya en Madrid en el mes de junio, cuando se celebrase el Consejo Real.

La primera y más urgente preocupación del municipio madrileño fue, la de abastecer debidamente de harina y carne a la población, tanto a la residente como a la que se trasladaría con la Corte, con lo que la demanda aumentaría mucho, pidiendo licencia el Concejo para comprar carne, licencia que la Corona concedió, encontrándose numerosas dificultades económicas para obtener las cantidades requeridas.

Volumetría y fachada principal del palacio del Pardo,
según proyecto de Luis de Vega por encargo del rey Carlos I,
que deseaba reformar el castillo levantado por Enrique III.

El Concejo, respaldado por la Corona, comenzó a elaborar ambiciosos y necesarios proyectos que perseguían la modificación total de la ciudad.

Alineación y ensanchamiento de calles, nuevas instalaciones municipales de abastos, reordenamiento de la Plaza del Arrabal, derribo de trozos de muralla y puertas, construcción de un Hospital Real, templos adecuados a la nueva condición de capital, como una Catedral o colegiata en su defecto, hospicios, orfanatos y otros equipamientos necesarios.

Se elaboró un plan, al frente del cual se puso al arquitecto Juan Bautista de Toledo, hecho venir de Italia por Felipe II.

Si el plan se hubiese llevado a cabo en poco tiempo, sin duda habría resultado una transformación urbanística homogénea y coherente, pero se realizó muy lentamente, y entre toda clase de dificultades, urbanas, sociales y económicas, con lo que los valores de tales reformas quedaron finalmente muy menguados y empobrecidos.

Uno de los mayores responsables de este fracaso fue la Corona, que después de haber espoleado tales reformas, se fue desentendiendo paulatinamente de las mismas, cargando todo el peso de los proyectos en el Ayuntamiento. Pero los acontecimientos se dispararon.

El Concejo se vio pronto desbordado e incapaz ante una ciudad que crecía, en superficie y población, no de modo ingente, sino caótico y disparatado. Carecína de una legislación y de unos medios humanos y económicos suficientes como para poner orden y concierto, en una verdadera Babel desbordada.

Dos posibilidades de las llamadas "Casas a la malicia",
denominadas así por mostrar a la calle una sola planta mientras que,
en su lado opuesto, tenían dos para librarse de albergar personal cortesano.
Perdurarán hasta bien entrado el siglo XVIII.

El agente más determinante en esta transformación virulenta de Madrid es el demográfico. En los primeros momentos de la llegada de la Corte, hay ya un porcentaje de población suficiente para desequilibrar la balanza entre caserío y vecinos: es la población flotante cortesana, que atiende los servicios del rey y de la Corte.

Antes de que se conciban reformas para adecuar la villa a su nueva condición, surge un problema real, el de alojar a esa población cortesana.

La villa, a diferencia de Toledo, carecía de suficientes mesones y posadas, por lo cual Felipe II se ve obligado a promulgar un edicto por el cual, todas las casas de Madrid que tuviesen más de una planta, deberían ceder una de las mismas a una familia de la Corte.

Se trata de la famosa "Regalía de Aposento" que tantas ampollas levantaron en el vecindario, dando lugar ya a trampas y estratagemas para burlar la obligación o para no verse sujeto a la misma, - distribuciones imposibles en el interior de las casas, sobornos, exenciones compradas, etc. - abriendo así el triste capítulo de la picaresca madrileña, en toda la época de los Austrias.

Pero, no sería esta necesidad de alojamiento cortesano el único problema social al que se enfrentara la Villa, convertida de súbito en cabeza del imperio.

Aunque la nobleza aristocrática y ciertos grupos sociales dudasen del carácter definitivo de la presencia cortesana en Madrid, reservándose grandes gastos o siendo remisos a ciertos desembolsos, lo cierto es que, importantes contingentes de pueblo llano fueron arribando a Madrid.

Una calle cualquiera del Madrid de mediados del XVII,
con algunos de los tipos más característicos de su paisaje humano.
De izquierda a derecha, un tullido que igual puede ser un mendigo o un pícaro
según se presente la ocasión, un clérigo y una vendedora ambulante,
una procesión al fondo, dos caballeros y un par de damas tapadas con mantos,
que las llegan hasta los pies.

Pecheros, servidores, campesinos, soldados y mutilados de guerra fueron llegando a la nueva corte en busca de trabajos, colocaciones o pensiones. Madrid tendría entre 10.000 y 20.000 habitantes en el momento de la llegada de la Corte, en 1561. Pronto, el número de vecinos, censados o no, se dispararía.

Hacia 1575, los habitantes rondarían en torno de 35.000 a 45.000 personas y a finales de siglo, ya fallecido Felipe II, la cifra se situaba cerca o en torno a las 100.000 almas.

Este espectacular aumento de población, produjo unas alteraciones en la ciudad, sociales, económicas y urbanas, que bien podrían clasificarse de tremendas, y con un impacto negativo en la ciudad, porque este crecimiento ni fue racional y escalonado, ni se vio acompañado de las grandes reformas políticas y urbanas que demandaba la nueva situación.

Otra consecuencia negativa en la nueva condición que vivía Madrid fue la limpieza y el aspecto de sus calles, que degeneró pronto a un ritmo agigantado. En Madrid ya había numerosas escombreras en la periferia en 1561, que aumentaron con los años.

La suciedad y las basuras se fueron adueñando del interior de la Villa, que al carecer de alcantarillado, sobre todo en los nuevos barrios que surgían incesantemente, se vio invadida por las aguas fecales de la nueva y crecida población.

El hedor, la suciedad, los atropellos urbanos, la falta de una conciencia cívica y la ineficacia o desesperación de unos servicios municipales escasos o ineptos, convirtieron a Madrid, antes de 1600, en la capital más sucia de Europa.

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