En el año 1561, Felipe II comunica desde Toledo al Concejo de Madrid su firme decisión de trasladar, sin excesiva demora, la Corte a la Villa del Manzanares.

Como se sabe, Castilla carecía de un lugar fijo, estable o reconocido, como residencia de la Corte. Esta iba allá donde fuese el monarca, que solía pasar largas temporadas en diferentes ciudades de sus dominios. Algunos organismos oficiales tenían su asiento en ciudades concretas, como era el caso de Valladolid. En la capital castellana había pasado temporadas el emperador Carlos I, y allí había nacido Felipe II.

Este movimiento itinerante de la Corte, normal en otros reinos europeos, comenzaba a aparecer en el siglo XVI como un fenómeno incómodo, caro y nada práctico. Toledo o Valladolid eran ciudades que tenían gran prestigio para ser elegidas, pero ¿por qué lo fue Madrid?.

Posiblemente por razones tan simples como que Madrid le gustaba al joven rey, y Toledo o Valladolid bastante menos.

No se conocen razones incontestables para saber por qué Felipe II eligió Madrid, pero sí se puede afirmar, categóricamente, que la Villa del Manzanares reunía ciertos requisitos necesarios para el establecimiento de la Corte. Y también se conocen los inconvenientes o defectos que presentaban las dos ciudades castellanas ya citadas.

Se desconoce si la idea de establecer una capitalidad estaba en la mente de Felipe II desde antes de su reinado o desde los primeros tiempos de su coronación, o si por el contrario fue proyecto que fuera madurando, sobre todo después de los hechos que acaecieron en Toledo, anteriores a la decisión del traslado.

Su joven esposa, Isabel de Valois, sentía una declarada antipatía por Toledo, ciudad a la que consideraba la más fría y desagradable de cuantas conocía.

Es cierto que el invierno de 1560-61 fue especialmente terrible en frío y grandes nevadas. Sabido es, por otra parte, que la ubicación de Toledo en un gran cerro en medio de una llanura, lo hace lugar muy abatido por los vientos.

Aunque el peso histórico de Toledo era casi simbólico para la monarquía española, la ciudad presentaba claras y serias desventajas para ser la sede de la Corte de un estado moderno.

Es evidente, por otra parte, que en cuestiones de este tipo, no suele haber una única razón suficientemente poderosa, sino varias o muchas, que juntas desencadenan una reacción.

Entre ellas, la sentimental, por parte del rey enamorado de su esposa, no hay que descartarla rotundamente. Pero hay otras significativas.

Durante la estancia de la Corte en Toledo, entre 1559 y 1561, se produjeron roces entre la Corte y el Arzobispado. Toledo era la capital primada de España, la sede cardenalicia de mayor poder y rentas, y el cardenal actuaba como un auténtico virrey.

Dos esferas de poder como la cortesana y la arzobispal, de tal relieve, tenían pronto que chocar, como ocurrió con los sucesos del arzobispo Carranza, que de ser nimios en su arranque, se convirtieron en cosa delicadísima, lo que desagradó enormemente al rey Felipe II.

Entre el pueblo toledano era claro el descontento ante la permanencia de la Corte, pues los precios aumentaron, los alimentos llegaron a escasear y la convivencia fue a veces difícil, beneficiándose solo de esta situación los comerciantes y los posaderos.

Por otro lado, se ha pensado que en Toledo pudiesen quedar aún rescoldos comuneros, que agravaran la situación.

Dominios en Europa del rey Felipe II

Lo que es claro es que Toledo presentaba una topografía casi imposible, encaramada en un gran cerro, de calor asfixiante en verano y fríos gélidos en invierno, con calles estrechas y tortuosas, continuamente en cuesta o retorciéndose. No sólo no era lugar grato para los cortesanos, sino que no permitía grandes actos o solemnidades cortesanas.

Para colmo de males, Toledo carecía de agua fácil y continua, pues el aprovechamiento del río Tajo resultaba una quimera para saciar la sed de los habitantes de la ciudad, al quedar esta encaramada en el cerro y el río hundido en lo más profundo del tajo que le da nombre.

La corte española había crecido enormemente, en cantidad de individuos, miembros y servidores, y en complejidad de aparato y protocolo. El ceremonial, tomado del borgoñón, era complicado, retorcido y de una lentitud solemne pasmosa. El personal que asistía al rey y a la Casa Real creció de manera tremenda en varios miles de personas.

Se necesitaba, por tanto, una sede urbana que permitiera e incluso facilitara los movimientos de la Corte. Además, la burocracia se estaba convirtiendo en una máquina aparatosa e ingente, demandando edificaciones adecuadas.

Madrid no era una ciudad con grandes y suntuosos edificios, pero su caserío y su organización urbana, permitía todas las reformas y modificaciones posibles.

La Villa, había crecido y se había consolidado hacia el este del Alcázar, en terrenos que si no eran totalmente llanos, si presentaban un relieve suave y ondulado, lo que permitía poder proyectar calles anchas y rectas. La nobleza local era poco poderosa, y sus intereses fácilmente manejables.

Además, Madrid no era sede arzobispal, con lo que la Corte, sin un poder aristocrático fuerte ni el religioso poderoso, podía moverse y disponer con absoluta libertad.

Había agua con facilidad en Madrid, gracias a los viejos y muy efectivos "viajes de agua" y de sabor reconocido desde antiguo. El aire limpio y el clima sano, contribuían a que el ambiente de la Villa fuese sumamente grato, situación que, por desgracia, habría de cambiar pronto de un modo muy negativo.

Madrid estaba situada en el centro peninsular, en un punto equidistante de los extremos de la península. Toledo, en cierta manera, también. Pero, había en el Renacimiento un "centro" más importante aún que el geográfico, y era el psicológico.

Madrid estaba en el centro del espacio sobre el que se ejercía el poder, y su capacidad de símbolo, en este sentido, era ilimitada, y además limpia, y sobre la que se podía ejercer múltiples manipulaciones.

Imágenes:

- Escudo de armas del rey Felipe II.

- Felipe II (1527 - 1598), el rey prudente.

- Isabel de Valois (1546 - 1568), la reina elegante.

- Soldado de caballería.
Lleva una armadura pectoral, bolsa de pólvora, escopeta y mecha.

- Lancero con jubón y calzón a media pierna, acuchillados según la moda del XVI.
Va armado con una espada y una pica, detallada al lado.

- Caballero con armadura completa y casco adornado con penacho.

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