



Con frecuencia, se abre el
estudio de la Historia de Madrid durante el fundamental período de los
Austrias, situándose de golpe en el trascendental año de 1561,
cuando Felipe II ordena el traslado de la Corte a esta Villa.
Se olvida, o se pasa por
alto, el medio siglo largo anterior, como si se tratase de una laguna histórica,
período durante el cual nada hubiese sucedido en Madrid, y la realidad es
muy otra, aunque hay que admitir que, el peso político y cultural que
vino después fue tal, que acabó ensombreciendo lo inmediatamente
anterior.


La larga primera mitad del
siglo XVI fue, en gran parte, la del reinado del emperador Carlos, y aunque
Madrid no se viese convulsionada por grandes cambios o sucesos, tampoco
permaneció estática.
Siguiendo un impulso
anterior, no cesó de crecer, y ciertos hechos determinantes en el
contexto general del país, tuvieron aquí también su
reflejo.
Apenas iniciado el reinado
de Carlos I, corrió por toda Castilla como la pólvora, el
descontento y la desconfianza hacia el nuevo monarca extranjero, y hacia sus
ministros y consejeros.
La Guerra de las Comunidades
afectó también a la vida de la Villa, dividiendo en bandos a la
población. Muchos nobles madrileños permanecieron fieles al rey,
aunque no se organizaron en bando militar activo.

Dominios del emperador
Carlos I de España y V de Alemania
La guarnición del Alcázar
permaneció leal al monarca, lo que no podía admitir la Junta
Comunera, que se había hecho con el control del Concejo en 1520, poniendo
sitio al Alcázar, aunque pactando enseguida un cierto respeto mutuo, que
se rompió pronto.
Antes de rendirse los del
Alcázar a la Junta Comunera madrileña, se pactó de nuevo,
aceptando esta última que tras la entrega se respetarían las
personas y sus bienes.
Con la derrota Comunera en
Villalar, en abril de 1521, los ánimos volvieron a apaciguarse, y muy
poco después, nadie en la Villa alardeaba de revolucionario.

Aunque parte de la Villa se
había levantado contra Carlos I, otra le había permanecido fiel,
con lo que era difícil aplicar a Madrid algún tipo de castigo o
penitencia, prácticas a las que por otro lado, no fue nunca muy proclive
el emperador.
Según los
viejos cronistas, Carlos I cobró afecto a la Villa, poco después
de las revueltas comuneras, al permanecer aquí convaleciente de unas
fiebres, que se le habían declarado en uno de sus muchos desplazamientos
entre Toledo y Valladolid.
Residente y enfermo, durante
una temporada en el Alcázar, pudo apreciar el buen aire y clima de la
tierra madrileña.
Muy poco después de esta estancia, el rey de
Francia, Francisco I, es hecho prisionero en la batalla de Pavía, en
1525, por las tropas imperiales, y trasladado a Madrid, donde se hallaba el
emperador. Durante mucho tiempo, fue motivo de discusión el lugar de
hospedaje del soberano francés.
Hoy, parece seguro que pasó
los primeros días en la torre de la casona de los Lujanes, en pleno corazón
de la ciudad, en la vieja Plaza de San Salvador, hoy de la Villa, pero que fue
trasladado enseguida al Alcázar, donde pasó el resto de su
cautiverio madrileño.
A pesar de venir prisionero,
el garbo y la elegancia del refinado monarca francés, causaron sensación
en la Villa, en la que tanto se habló del porte y distinción del
preso que, según la leyenda, hasta levantó cierto disgusto y
envidia en la persona del emperador.
Después de varios
meses, se firmó la llamada Concordia de Madrid, en 1526, volviendo
Francisco I a Francia, aunque dejando dos hijas en Madrid en garantía de
cumplir lo pactado.
Dos años después,
en 1528, el emperador convoca Cortes en Madrid, para jurar Príncipe de
Asturias al futuro Felipe II, acto celebrado en la iglesia del Monasterio de los
Jerónimos, en el Prado, y que debió ser sencillo y rápido,
a juzgar por las escasas resonancias en los cronistas.
En 1542, un incendio
destruye en parte la vieja Puerta de Guadalajara, ordenando el emperador su
total derribo, con la intención de ensanchar y desahogar el tráfico
de todo tipo de carruajes y gentes en la calle Guadalajara, - hoy calle Mayor - la más
notable y movida de la Villa.

La vieja puerta, que había
formado parte de la muralla cristiana del siglo XII, había dejado de
tener, hacía mucho tiempo, valor defensivo y estratégico, quedando
metida totalmente en el caserío, una vez que éste había
crecido extraordinariamente en dirección hacia el este.
Aunque el pueblo madrileño
la trataba con veneración, y los cronistas la describieron, aún
después de su derribo, con panegíricos, exagerando sus valores, la
puerta estorbaba la circulación interna de una Villa animada y próspera.
¡El crecimiento urbano de Madrid resultaba imparable!.
Este crecimiento, se había
operado siempre en dirección a levante, dadas las mejores condiciones del
terreno, y ya en época de los Reyes Católicos, los límites
del caserío llegaban a la Puerta del Sol por el oriente, a la Plaza de la
Cebada por el sur, y a la Plaza del Callao por el norte.
Las licencias de construcción
no cesan, y en tiempos del emperador, los límites de Madrid abarcan ya
una superficie considerable. Se habla de ciertas puertas, que no debieron tener
ningún empaque arquitectónico, siendo más bien grandes
portalones de entrada y salida, unidas a un tapial o cerca modesto.
Estas puertas o puntos
extremos de límite eran las de Atocha, entonces en la actual Plaza de Antón
Martín, la de Alcalá, entonces en la moderna confluencia de las
calles Sevilla y Alcalá, y la de San Luis o Fuencarral, a la altura de la
moderna Gran Vía, junto a la Red de San Luis.
En 1550, reside de nuevo
Carlos I en el Alcázar de Madrid, ordenando entonces la ejecución
de importantes reformas, arquitectónicas y decorativas, que hicieran del
viejo y destartalado castillo un palacio más acorde con los tiempos del
Renacimiento, del que el emperador se sentía como auténtico paladín.

A lo largo de su reinado, se
han llevado a cabo numerosas fundaciones religiosas y monacales, que alejan, por
su número y calidad, cualquier impresión de que la Villa fuese, en
el siglo XVI, un lugar mísero y mezquino.
En 1523, se funda el santuario dominico de Nuestra Señora
de Atocha, que pronto será el lugar más venerado y visitado por
los madrileños. En 1541, se crea la parroquia de San Luis Obispo,
auxiliar de la de San Ginés, para cubrir la demanda religiosa del
populoso barrio surgido en este punto.
En 1547, según la tradición, el príncipe
Felipe funda el convento de San Felipe el Real, de agustinos, situado en la
Puerta del Sol, cuyas elevadas gradas fueron uno de los más animados
mentideros de la Villa.
En el año 1552, Antón
Martín funda el hospital que lleva su nombre en las afueras de la puerta
de Atocha, para enfermedades venéreas y contagiosas.
Y en 1564, una hija del
emperador, la princesa Juana, hermana del futuro Felipe II, esposa del rey de
Portugal y madre del desventurado don Sebastián, funda, ya viuda, el
convento de franciscanas, conocido pronto como las Descalzas Reales, en lo que
había sido palacio del tesorero de su padre, don Alonso Gutiérrez,
y en el que la princesa había venido al mundo.
Una de las mejores
construcciones levantadas en esta primera mitad del siglo XVI, y que, entre
tantas pérdidas, afortunadamente conservamos, es la conocida Capilla del
Obispo, construida junto, pero independiente, a la vieja parroquia de San Andrés.
Fue concebida como panteón
familiar por la rica y poderosa familia de los Vargas, que habían sido
patronos del legendario San Isidro, pero también como digno cobijo para
los ya muy venerados restos del santo patrón de Madrid, pues en realidad
no eran tales, ya que el cuerpo momificado de Isidro se conservaba en magnífico
estado.

La capilla, fue fundada por
don Gutierre de Vargas y Carvajal, a la sazón obispo de Plasencia, que la
terminó en 1535.
Las obras, se iniciaron a
principios de siglo, hacia el año 1520 y la capilla se concibió en
el estilo gótico, ya por esa época algo desfasado, con una anchísima
nave, algo corta, de magnífica altura con bóvedas de crucería.
Sin embargo, la decoración
se hizo ya en el moderno estilo plateresco, con los sepulcros paternos, el
propio del obispo, las bellísimas puertas de entrada y el fastuoso
retablo mayor, obras maestras del plateresco en Madrid, cuyo autor fue Francisco
Giralte.
A principios del XVI, los
Vargas, como antiguos patronos de San Isidro, consiguen que se les ceda el
cuerpo incorrupto del mismo, dando ocasión a que decidan levantar la
capilla en cuestión, pero el párroco de San Andrés no cesará
en su empeño de recuperar la preciada momia, consiguiendo finalmente una
bula del Papa Urbano III, por la que se zanja el pleito, declarando como
verdadero poseedor de los restos de San Isidro al templo parroquial, en el que
permanecerán hasta el siglo XIX.

Imágenes:
- Retrato de Carlos I de España, primer
rey de la dinastía de los Austrias,
pintado por Pantoja de la Cruz.
- Escudo de armas del rey Carlos I.
- Ejecución de los comuneros Bravo,
Padilla y Maldonado.
Cuadro de Antonio Gisbert - Congreso de los Diputados
de Madrid
- Torre de Los Lujanes, donde la tradición
hizo residir el rey francés Francisco I
durante su cautiverio en esta
ciudad.
- Fachada del conveto de las Descalzas Reales,
fundación de Juana de Austria, hermana de Carlos I..
- Sepulcro de Gutierre de Vargas y Carvajal en
la Capilla del Obispo.
- Altar mayor de la Capilla del Obispo.

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