La transición a la agricultura es desconocida en Madrid. Como hicimos con las formas artísticas hemos de tomar referencias ajenas a nuestra Comunidad para reconstruir los parámetros seguidos por el hombre del Paleolítico hasta convertirse en recolector estable.

El tiempo transcurrido entre el final del Würm y la aparición de los metales se divide convencionalmente en tres partes - Mesolítico, Neolítico y Eneolítico - que sitúan a la Humanidad ante su mayor reto: la creación de núcleos de población basados en la explotación agraria y ganadera. Dicho de esta manera puede parecer exagerada la afirmación, pero hemos de comprender los factores del cambio y las consecuencias que éste acarreó.

Primeramente, la observación de los ciclos naturales que hacen del hombre un experto conocedor de la conducta animal y vegetal, inclinándole a especies más fáciles de obtener que otras. Si la caza practicada durante millones de años evidencia que los herbívoros son más asequibles que los carnívoros, también le acerca a ciertos ejemplares que no sólo no temen su presencia sino que además se habitúan a ella.

El perro pudo ser su primer acompañante en las campañas cinegéticas y las cabras y bóvidos asiduos frecuentadores de sus campamentos. De aquí a la domesticación no va más que un paso que probablemente hace 8 ó 6.000 años se generalizó, coincidiendo con la recolección de las plantas.

El primer síntoma agrícola fue el almacenamiento de grano en pequeños depósitos para pasar, paulatinamente, a plantar semillas en la época que, por experiencia, se sabía iban a germinar. Estas plantaciones, junto a los rudimentos de la domesticación, van a obligar a permanecer más tiempo en determinados emplazamientos haciendo que la vida se vaya volviendo más sedentaria.

La organización social y el trabajo se especializan por tener que atender más campos de producción. La caza ya no es vital para sobrevivir. Ahora también lo son el cuidado del ganado y las cosechas. El territorio toma importancia porque ha de servir para pasto o cultivo, originándose un sentido de la propiedad nuevo.

Antes un lugar servía para guarecerse de la meteorología. Ahora, además, ha de ser idóneo para la agricultura y la ganadería. Las opciones son dos: trabajar asociado a otros clanes si los recursos lo permiten o defenderlo si no es así. En cualquiera de ellos el hombre echa mano de las armas para algo más que cazar. Ya no seremos cazadores, pastores y agricultores. También seremos guerreros.

La vida espiritual se complica. El tótem queda corto. Cuando se depende de la caza es fácil ver en la especie más abundante la protectora del grupo. Pero si los recursos se obtienen de varias actividades, esa creencia es insuficiente. La observación descubre otros factores actuantes: El sol, sin el cual no puede existir la vida. El agua y la tierra, donde la semilla fructifica. La luna, que regula la fecundidad.

Lentamente se identifican como seres de voluntad propia que controlan a los espíritus que anidan en los animales, árboles o ríos haciéndoles intermediarios o representantes de su esencia total.

Este cúmulo de procesos mentales va a acabar alumbrando la religión en función de dos divinidades básicas: la masculina, solar, y la femenina, lunar y terrestre, convirtiendo al mago en sacerdote o sacerdotisa según las culturas. Todas estas circunstancias comienzan a producirse a partir del 8.000 a.C. según el medio correspondiente.

En Oriente Próximo, cuna de la civilización urbana, los primeros síntomas de actividad ganadera rondan los 9.000 años y el cultivo de los cereales los 6.700 años, encontrándose aldeas estables a partir del 8.500 a.C.

En Madrid, al igual que en la Península Ibérica, no se recolectará cereal hasta el año 6.500 a.C, pero sin pruebas concretas. No hay fecha para identificar nuestra transición a la agricultura, pudiéndose producir entre el 7.000 y el 5.000 a.C., alternando la caza con un tímido cultivo de grano.

Los restos neolíticos pertenecen a cabañas de forma oval o circular que no desvelan ninguna incógnita, pero es lógico pensar que en los valles de los ríos se desarrollaran rudimentos agrarios y ganaderos por la riqueza de la tierra.

Las primeras huellas de agricultores estables son del Bronce con la proliferación de los poblados formados por el mismo tipo de chozas de ramas semiexcavadas en la tierra que se levantan en colinas o laderas, controlando los valles circundantes. Hasta esas fechas, la manutención es probablemente mixta.

La cultura del metal aparece aproximadamente 3.000 años a.C. Las herramientas que van a sustituir a la piedra se fabrican en una aleación de cobre y estaño, el bronce, que diversifica los útiles humanos aunque primitivamente se emplee sobre todo en armamento.

Hay que tener en cuenta un aspecto. No todos los pueblos que viven en la etapa del Bronce lo usan en la misma medida. La denominación abarca un período temporal, no un estadio cultural generalizado. En Madrid, zona pobre en yacimientos de este metal, su utilización no desplaza a la piedra sino que la complementa, en una proporción difícil de cuantificar.

Los útiles de fundición encontrados atestiguan su tecnología, mal rastreada por el expolio cultural de la Comunidad en el pasado siglo XX. La metalurgia pudo producirse por grupos de otras regiones peninsulares en busca de mineral o contrariamente, ser los pastores trashumantes los que trajeran el nuevo descubrimiento.

Las extracciones eran a cielo abierto aprovechando betas de cobre - malaquita - y otros componentes como sales de cloruro y sulfatos. Seleccionado el metal, se fundía e introducía en un molde de piedra o arena, dejándolo enfriar.

Nuestros antepasados no vivieron aislados del entorno. La cerámica de la región nos conecta con corrientes culturales andaluzas y levantinas, mucho más evolucionadas, desde el año 1.500 a.C. También se da el vaso campaniforme, característico de otra corriente, probablemente nacida en España y ampliamente difundida en Europa.



Útiles de metarlurgia: molde simple y crisol, con un molde doble de piedra
y una pieza recién fabricada aún sin desbastar.
Posteriormente, se limarán las rebabas.
El hacha procede de Meco (Guadalajara) y
podría se una azada.

Hacia el año 1.100 a.C. se produce la entrada de los pueblos centro-europeos que se mezclan con los pobladores autóctonos. Procedentes de las praderas y estepas, unen sus costumbres célticas con las de cada lugar en un intercambio cultural paulatino y escalonado, que origina la primera distribución tribal conocida de la Península. Los establecidos en Madrid, unidos a los naturales de la zona, serán los carpetanos y vetones de los cronistas romanos.

Con la explotación agraria la vida sufre grandes cambios. Pasada la fase de recolección, se entra en el cultivo de variedades concretas realizado en los valles fluviales después de arar la tierra con palos angulosos o azadas acopladas para hacer surcos. El riego se hace con inundaciones controladas y la recogida, con hoces de madera, a las que se aplican pequeños dientes de silex o pedernal.

El fruto se almacena en silos y con él, molido en muelas de piedra, se elabora harina de cereal o bellota que, tostada y diluida en agua, se ingiere convertida en papilla o tortas. La caza ya no es la actividad principal, aunque se practica regularmente. Ahora son la agricultura y la ganadería trashumante lo que amplía la dieta a productos lácteos como queso, cuajada, etc...

El desconocimiento de la rotación de cultivos obliga a migraciones cada cinco o seis años por el agotamiento de la tierra.

Cuando esto pasa, el grupo agricultor cambia de sitio dentro de un radio de acción pequeño, llevándose los aperos de labranza y el ajuar: vasos coladores para elaborar queso, punzones de hueso para coser odres de cuero, cerámica hecha a mano primero y a torno después, telares para trabajar las fibras vegetales, candiles de barro para alumbrado, útiles de fundición...

Si alguien muere, el enterramiento se hace en el fondo de la choza o en sepulturas independientes tapadas con losas de piedra después de depositar junto al fallecido sus pertenencias y adornos. Una modalidad muy abundante en el Bronce es el dólmen, enterramiento colectivo que simula una habitación para la hipotética vida futura. A veces, el cadáver se halla en el interior de una tinaja de dimensiones regulares, intentando representar la vuelta al útero materno.

La llegada del Hierro a partir del 800 a.C. incrementa la corriente comenzada con el Bronce de fortificación de ciertos poblados, por causas no muy conocidas. A la defensa se supedita hasta el suministro del agua, prefiriendo levantar los poblados en alturas y cerros mal abastecidos que hacerlo a las orillas de los ríos, más a mano de posibles ataques.

El amurallamiento hace pensar en el incremento ganadero por el estatismo que conlleva un emplazamiento fijo. Si la tierra se agota cada cinco o seis años, vivir en un poblado dificulta el desarrollo agrícola, máxime cuando se sabe que la rotación de variedades no se generaliza hasta época romana. La tesis ganadera parece confirmada por la extensión de los recintos fortificados, que permite la existencia en su interior de pastos.

Las casas son generalmente circulares. El material de construcción es variado, predominando las viviendas de madera con techo de ramaje impermeabilizado con barro. El interior es muy simple, no contando más que con un hueco central de uso incierto y un banco corrido adosado al muro. No es la única modalidad. A finales del Hierro y comienzos de la dominación romana aparece un tipo de casa cuadrangular que emplea tejas en la cubierta.

La distribución de los poblados es muy irregular. Las viviendas se apiñan unas junto a otras sin orden, dejando terreno libre para la alimentación del ganado y el almacenamiento de grano en silos subterráneos cubiertos de paja. La muralla puede ser de piedra o troncos de madera según los casos. Al contrario que durante el Bronce, los enterramientos se hacen fuera del poblado en necrópolis, colocando las cenizas en urnas.



Cabaña del 3.000 a.C., aproximadamente.
A partir de varios postes centrales que sostienen la techumbre, se estructura
la vivienda. Las paredes son de caña o ramas trenzadas, recubiertas de arcilla o barro.
El agujero del suelo - fondo de cabaña - tiene varias utilidades y formas,
sirviendo de basurero, almacén, hogar y, en algunos casos, enterramiento.
Los tabiques interiores hacen pensar en la convivencia con el ganado o en la existencia
de pequeños talleres, cuando no las dos cosas a la vez.
Es normal, que haya un banco de piedra adosado a las paredes de la estancia principal.

De la organización laboral no sabemos nada. El pastoreo podría hacer que quien lo practicara fuera a la vez cazador ayudado de perros. La agricultura estaría compartida por los dos sexos, alternándola con cerámica, hilado y confección de vestidos. La propiedad privada no se cree que estuviera extendida, al menos en lo que se refiere a las tierras de los asentamientos. Otra cosa sería en cuanto al fruto recogido. Cada familia tendría sus bienes particulares al margen de los comunitarios, en los que se incluirían las cabezas de ganado.

La esclavitud existió, sin poderse precisar su extensión e importancia, como resultado de campañas guerreras. Desconocemos la estructuración jerárquica. Las decisiones se tomarían conjuntamente y su ejecución estaría encomendada a un jefe elegido por mayoría entre las familias más potentes.

Las creencias, si nos atenemos a los geógrafos romanos, están polarizadas en torno a un dios masculino con poder sobre el trueno que mora en el cielo y las montañas, y una deidad femenina asociada a la tierra y la fertilidad que habita en las fuentes y cuevas. La costumbre de dar vida propia a todo ente natural asocia a estas deidades a determinados animales, árboles o caudales de agua según se consideren masculinos o femeninos, creando un panteón de divinidades menores bastante complejo.

Estas son las formas de vida que van a encontrar los romanos cuando emprenden la conquista de la Península Ibérica. A partir de este proceso, ya nada será igual por mucho que los habitantes de los modestos poblados tarden en comprenderlo.

Mas allá del horizonte dominado desde sus endebles cercas se extiende un Imperio continental que con su cultura nos incorporará a un engranaje que sentará las bases de lo que luego será la civilización occidental.

DIBUJOS:

Taladro de vaivén. Sin la punta de piedra servía para hacer fuego,
frotando sobre madera. Para evitar incomodidades en la mano, se usaba
con un tope sobre el palo giratorio.

Muela para triturar cereal, consistente en una piedra plana
sobre la que se hacía pasar un rodillo del mismo material.

Hoz de madera y sílex. Como se ve en la sección, los dientecillos
se engarzaban con resina entre las dos piezas de madera.
La estructura se reforzaba con tiras de cuero.

Vaso campaniforme de Ciempozuelos (Madrid) e idolillo oculado
correspondiente a una cultura generada en Andalucía, muy difundida en varias
zonas peninsulares, incluida nuestra Comunidad.
(Museo Arqueológico Nacional).

Copyright © 2002 por JLL & JRP.
Todos los derechos reservados.