Hace 100.000 años el Homo Erectus desaparece para ser sustituido por el Homo Sapiens Neanderthalensis, de origen tan incierto como su antepasado pero, según afirman algunos paleontólogos con todas las reservas necesarias, posiblemente emparentado con él.

Nuevamente nos encontramos en esa autopista por la que discurre la evolución humana y en la que faltan los tramos intermedios. Familia o no del Erectus, el Neanderthal vivirá durante 70.000 años, siendo el gran protagonista del Paleolítico Medio.

Tenido hasta hace poco por una criatura semi bestial, las modernas investigaciones han reivindicado tanto su aspecto como su cultura. A él se deben los primeros ritos funerarios, el perfeccionamiento de las técnicas de caza, la utilización del fuego para alumbrado y un grado de solidaridad social bastante acusado.

Su apariencia física recuerda la del Erectus pero los pómulos y arcos supraciliares no son tan marcados y la capacidad craneana difiere muy poco de la nuestra, siendo superior en muchos casos.


Hombre del Neanderthal.
Reconstrucción hecha a base de los cráneos de la Chapelle-aux-Saints (Francia)
y del de Djebel Irhoud (Marruecos).

Madrid es una de las regiones europeas preferidas de este hombre por el clima, mucho más llevadero que el resto del Continente, y por la abundancia de agua, que desarrolla una fauna y vegetación muy ricas.

Generalmente el Neanderthal ocupa los mismos sitios que su antecesor y sigue una conducta parecida. A diferencia de sus homónimos europeos, que han de buscar refugio en cuevas y abrigos naturales para guarecerse del extremoso frío reinante, el madrileño no necesita mucho más que pequeños aguardos de enramado para establecerse y preparar las partidas de caza.

En ellos fabrica útiles, ya bastante perfeccionados, procede al despiece de las presas y las cocina al fuego, como denotan los restos de cenizas encontrados.

Los asentamientos estuvieron en razón de las especies a capturar, dándose dos opciones: que cuando éstas emprendieran viaje en busca de alimento fueran perseguidas por toda la horda o que lo hicieran sólo cazadores experimentados, quedando el resto esperando su vuelta en un campamento base, subsistiendo de piezas pequeñas y de frutos y raíces silvestres. Seguramente emplearan las dos tácticas a gusto de cada grupo.

En el primer caso abandonaban los útiles más pesados para volverlos a fabricar en la nueva ubicación y en el segundo los conservaban, creando un problema irresoluble por no poderse calcular, ni aproximadamente, el número de habitantes que poblaron nuestro territorio en una época determinada.

Es imposible saber si dos yacimientos situados en la misma ruta cinegética pertenecieron a grupos distintos o al mismo, desplazado en persecución de sus presas.

De cualquier forma, la caza creó los primeros atisbos de jerarquía. Los mejores cazadores eran los que más recursos aportaban al clan y es muy creíble que gozaran de ciertos privilegios. También es posible que la necesidad de contar con piezas suficientes para subsistir obligara a la fijación de territorios con grupos vecinos, repartiéndose áreas de actuación.

Tampoco es ajena a los ritos funerarios. En algunos enterramientos los cadáveres se pintan con ocre rojo, color de la sangre y de la vida, a la vez que las armas del difunto se apilan a su lado, como queriendo prepararle para continuar su actividad en ultratumba.

Es desconocido el proceso que llevó al hombre a la idea de otra existencia. Quizás se cuestionó la muerte como algo incomprensible para pasar a imaginar un tránsito a un nuevo estado.

La Antropología se inclina porque nuestros antepasados daban vida propia a todo lo que les rodeaba, pudiendo creer en la reencarnación aunque en algunos enterramientos el cadáver, en posición fetal, se halla atado, quizá para impedir su vuelta al mundo de los vivos. Incógnitas que se unen al desconocimiento que tenían de la fecundidad por no asociar acto sexual con procreación.

Se supone que pensaban que la mujer quedaba encinta del espíritu protector del clan, el tótem, que se depositaba en el vientre femenino para perpetuar al grupo a través de nuevos individuos, pero no se puede afirmar que el Hombre de Neanderthal desarrollara esta creencia, rastreada en el Homo Sapiens Sapiens.

Si la caza fue el origen de unas coordenadas mentales muy alejadas de otras especies de animales se debió al ingenio derrochado por nuestros antepasados, herederos de los esfuerzos puestos en marcha millones de años atrás por los primeros homínidos.

En el Paleolítico Medio, casi todas las técnicas de caza están inventadas. Menos el arco, las fechas y las lanzaderas de azagayas, aparecidas al final del Paleolítico Superior de la mano del Homo Sapiens Sapiens, el resto de las armas son iguales a las de tiempos históricos, salvando las distancias de acabado y materiales.

Los Neanderthales que poblaron nuestras tierras contaron con lanzas de punta de piedra o endurecidas al fuego, hachas de gran capacidad de percusión, cuchillos de doble filo, buriles y raederas para cortar pieles, y es posible que descubrieran la honda como herramienta imprescindible para lanzar cantos rodados.

La estrategia estaba muy experimentada y podríamos dividirla en varias modalidades, tales como:

  • PERSECUCIÓN:

Hecha a pie y a contraviento para evitar ser descubierto y en la que tomaban parte varios individuos hasta tener la pieza al alcance.

  • APROXIMACIÓN:

Por medio de engaños y camuflajes.

  • ACECHO:

Consistente en esperar a sus presas emboscado en un desfiladero o abrevadero.

  • OJEO:

Método tardío del Homo Sapiens Sapiens, con el que acosaba la pieza hasta llevarla a simas o gargantas sin salida, para acabar con ellas.

  • TRAMPEO:

Uno de los más ingeniosos por la cantidad de artificios empleados.

Todas estas actividades acarreaban lesiones y dolencias que a menudo degeneraban en minusvalías permanentes. El reúma, la artritis y las deformaciones óseas fueron moneda corriente en unos grupos humanos muy castigados por los accidentes cinegéticos.

Roturas de miembros, esguinces musculares, amputaciones, heridas involuntarias producidas por compañeros de partida son parte del catálogo de las peripecias diarias de estos hombres, que siempre nos han pintado robustos y atléticos.

La cohesión social fue grande, manteniendo el clan a los más débiles como prueban los hallazgos de Neanderthales fallecidos con cierta edad, aquejados de cojeras desde pequeños.

Estos quedarían en el campamento mientras los sanos cazaban, ocupándose junto a las mujeres de recolectar alimentos vegetales o cobrar piezas que no requirieran grandes esfuerzos. También confeccionarían armas o herramientas y atenderían al cuidado de niños y ancianos.

La mortandad fue muy alta. Un tercio de los nacidos no llegaba a los veinte años, muriendo casi todos antes de los cuarenta o cincuenta. Ya hemos citado los ritos funerarios. A ellos asistirían todos los miembros del clan, que no sobrepasarían la cifra de doce o dieciséis miembros, emparentados entre sí por la promiscuidad sexual.

Como pasa con el Homo Hábilis, del Neanderthal madrileño no nos han llegado restos humanos aunque abundan los yacimientos con utensilios. Se encuentran en la zona más templada de la provincia, cerca de los cauces de agua y ocupando areneros sedimentados por la corriente.

Algunos hay aprovechando refugios naturales en media ladera, debidos a tiempos de clima más frío. En los dos casos no fueron más que chozas de ramas y hojarasca asentadas con piedras y cubiertas de pieles o barro para guarecerse de la lluvia.

La cultura más representativa es la Musteriense, del último período del Paleolítico Medio, y los hallazgos se reparten entre hachas, perforadores, cuchillos y útiles.

Hace 30.000 años, el hombre de Neanderthal desaparece por causas desconocidas. Pudo agotar su capacidad de adaptación o ser víctima de enfermedades degenerativas, no lo sabemos.

Su vida se acaba cuando aparece el Homo Sapiens Sapiens, variedad humana a la que pertenecemos y que se extiende por todas las regiones del planeta, comenzando la conquista del medio desde la comunicación de las actividades cinegéticas hasta descubrir la agricultura en la, para muchos, única revolución acometida por la Humanidad.

DIBUJOS:

Refugio del Paleolítico Medio y Superior.

Homo Sapiens.
Cazador, muestra una cicatriz en un costado y dos amputaciones en la mano,
como testimonio de la dureza de su vida.

Dos ejemplos de engarces de piedra en madera
para formar azadas o herramientas similares

Puñal o raedera fabricado con la misma técnica.
La piedra se unía al palo con resina recalentada
y se reforzaba con fibras vegetales o cuero.

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