La razón vuelve a radicar en que, a pesar de la impresionante masa de suelo disponible en los años sesenta para la construcción de una nueva ciudad, Madrid no había dejado de ser "ciudad cortesana y burocrática, basada en el feudalismo agrario, situado en la meseta".

Ciudad dominada históricamente por cléricos, aristócratas y latifundistas, Madrid impregnó durante todo el siglo XIX de valores nobiliarios a las capas ascendentes de una burguesía dedicada, sobre todo, al comercio y al préstamo. Una burguesía mercantil que buscó, en su entrada a los paseos y salones aristocráticos, la definitiva prueba de su triunfo social.

Esa burguesía se había quedado en el interior, en casas de las que se reservaba el principal, alquilando el resto, al que se accedía por escalera distinta.

Y esa burguesía, procedente del comercio y que luego se dedicará con fruición al descuento y giro de letras, no se fue a vivir al ensanche, que dejó, para la creciente clase media funcional y profesional.

Por eso, los nuevos propietarios del ensanche, los que compraron solares o casas a los antiguos propietarios, como los que se habían beneficiado de la desamortización de los solares y edificios conventuales, serán pequeños propietarios que no veían la ciudad más allá del límite de su propio solar, que entendían como fuente de renta y poco más.

Estaban, desde luego, interesados en edificar cada uno su propia parcela, quizá dos o tres, y hasta cinco o seis si eran muy ricos, pero no les interesaba nada el ensanche en su conjunto ni disponían de capital suficiente para comprar manzanas enteras, financiar desmontes, promover aperturas de grandes vías, urbanizar, en fin, de manera que resultara atractivo para amplios sectores de las clases medias trasladarse al nuevo recinto.

No actuaron en el ensanche, como no habían intervenido tampoco en el interior, empresas o sociedades de propietarios que emprendieran la urbanización del terreno, con objeto de ofrecer barrios enteros urbanizados y atractivos para una demanda solvente.

Ni aunque la ley de 1864 les eximiera del pago de la contribución territorial o de los recargos municipales, aparecieron estos agentes inmobiliarios con capacidad financiera a la medida de la obra proyectada.

Decir, ante semejante situación que, el Madrid de la reforma interior y de la construcción del ensanche lo hizo el capital financiero es, simplemente, soñar. Si el capital financiero hubiera dirigido las demoliciones del viejo Madrid y la urbanización del nuevo, otra ciudad habría resultado. Una ciudad, por ejemplo, como París, que también se transformaba por las mismas fechas.

Madrid soñaba, ciertamente ser París, pero no lo era. No sólo porque se mostrase incapaz de irradiar cultura a la periferia, sino porque el capital no había establecido allí su sede todavía, ni existían en la ciudad caudales suficientes para remodelar zonas enteras del interior o programar, con rapidez y disciplina, el crecimiento por el ensanche.

No existía un sistema de promoción inmobiliaria en acción, ni operadores especializados, ni demanda solvente y por supuesto financiación.

Pero con esas miras, poco se podía hacer con el viejo Madrid y mal podía crecer el nuevo. La idea propuesta como guía de su expansión, no encontró en su camino los recursos necesarios para impulsar un crecimiento, que le permitiera mirarse sin vergüenza a las grandes capitales europeas.

Los únicos verdaderos capitalista acabarán por quebrar, anunciando con la suya la quiebra general del sistema moderado, de la monarquía y del Estado.

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