De manera que, casi inmediatamente que se aprobó el proyecto con sus higiénicas condiciones de habitabilidad y comenzaron las construcciones, surgió la decepción primera: no se producía la esperada avalancha hacia el ensanche.

Abundaron, pues, las presiones para rebajar aquellas exigencias de edificabilidad, por ver si se reducían los costes y la ocasión de alquilar más barato movía a la clase media a encaminar sus pasos calle Alcalá arriba.

El suelo era caro, y más que se encarecería, para destinar encima una buena porción a jardines, plazas y edificios, que no iban a ser usados por nadie. Si nadie usa un jardín ¿para qué el jardín?. Jardines fuera, y su lugar dedicarlo a plazas, amplitud de calles, edificios públicos, etc.

Edificar, cuanto más, mejor, y mejor también cuanto más cerca del viejo Madrid.

El ensanche, que pretendía ser desde su origen una nueva ciudad, desahogada, ventilada, con plazas, con edificios de tres alturas, con fachadas a dos calles, con patios de manzana y jardinería interior, comenzó a construirse como apéndice de la vieja, pegado a ella, lo más cerca posible de ella, viviendo de su sabia, copiando de ella alturas y densidad edificatoria, con las casas alineadas al frente de calle y sin espacio alguno a la retaguardia, con idéntica pobreza en sus materiales constructivos.

De modo que, sin haber transcurrido cuatro años del decreto de 1860, un nuevo decreto, debido a Antonio Cánovas del Castillo, liquidó por completo las normas establecidas en el proyecto de Castro y dejó el ensanche prácticamente sin pensamiento y sin plan que lo guiase.

Las edificaciones, no habían tenido todo el desarrollo que era de esperar; en realidad, no habían tenido verdadero desarollo: unas pocas decenas de casas en el barrio de Salamanca, otras en Argüelles y algunas más en Pacífico. Total, poca cosa, sobre todo cuando se comparaba con el modelo parisino.

De comprobarlo a atribuir esa desgana edificatoria a las condiciones establecidas por el decreto de 1860 no había más que un paso, que Cánovas dio sin sonrojo alguno. Con aquellas condiciones no había modo de que la iniciativa privada se animase a construir.

Y atribuyendo a esos requisitos la retracción privada, se suavizaron, hasta quedar irreconocibles.

Alturas, tantas como en el interior; espacios libres en los solares, tampoco más, y por otra parte había que contabilizar como no edificado los patios interiores; edificios públicos, los que el Ayuntamiento gustase siempre que no atentara a los derechos privados de la propiedad que, mientras tanto, podía hacer con el terreno reservado para aquellos lo que bien quisiera.

De pronto, las casas podían subir, el espacio destinado a jardín menguar, los edificios públicos desvanecerse antes de haber tomado cuerpo. Pero lo decisivo para el futuro fue que los propietarios de los terrenos podían hacer con ellos lo que bien quisieran, sin guardar más límite que el trazado de las calles.

Si a eso se añade que, la expropiación de terrenos para calles, plazas y jardines debía pagarse a buen precio, no puede decirse que el ensanche no prosperara porque el Ayuntamiento o el Estado se mostraran duros con la iniciativa privada.

Generosidad es lo que mostraron, y complementaron con la Ley de junio de ese mismo año, que establecía las condiciones de financiación de las obras de urbanización: el Tesoro cedía a los Ayuntamientos todo el incremento de la contribución territorial, para que lo empleara en la urbanización de los ensanches.

Pero ni siquiera con esta rebaja y esta generosidad financiera pudo el ensanche prosperar al ritmo que en los momentos de entusiasmo se había soñado: la demanda no se animaba.

La calle Serrano tenía aún, y estamos casi a final de siglo, un carácter marcadamente provincial de tiendas sin lujo y destinadas en su mayoría a la venta de artículos de primera necesidad; los niños jugando delante de las casas, las porteras sentadas formando corrillos, ...

Escasa demanda que, lógicamente, afectará al carácter de la oferta y al destino final de los constructores. Para enterder lo primero, no hay más que comparar la edificación de las manzanas 208 y 209, levantadas detrás de lo que fue la Casa de la Moneda y que todavía se ven hoy, en su desnuda pobreza, con las posteriores construcciones del barrio.

Aquellas primeras manzanas, con las que Salamanca comenzó su tarea, no pasaban en efecto de los tres pisos y guardaban las proporciones de densidad edificatoria, establecidas en el decreto de 1860, con patios y hasta con jardines interiores, únicos que permanecen como testigos de lo que el ensanche pudo haber sido.

Luego, todo eso se abandonó, lo que, sin embargo no evitó a los únicos capitalistas, en el pleno sentido de esta palabra, que se aventuraron a convertirse en los años cincuenta y sesenta, al socaire de los vientos de progreso y prosperidad que corrían, en promotores inmobiliarios y acabar en la ruina.

Se dice que, el Madrid isabelino es fruto del capital especulador. En realidad, fue su tumba.

Al final, el ensanche, que pertenecía a muy pocos propietarios, acabó convirtiéndose, también en lo que a propiedad se refiere, en cercana reproducción de lo que había sido el resultado social de la desamortización en el viejo Madrid: una nube enorme de propietarios, la mayoría de los cuales poseía una sola casa para alquilar en ella a una abigarrada variedad de inquilinos.

Ser propietario era el destino, por así decir, natural de la clase media madrileña. Serlo, claro, de una casa, porque ni siquiera para dos daban los ahorros a los que se pretendía sacar el mayor provecho posible. De una casa, en fin, que fuera como una representación de la estructura social de Madrid.

También, en el ensanche, se intentaba alquilar a tenderos y dependientes los bajos, a gentes pudientes los principales, a empleados los segundos y terceros, a obreros y sirvientes los sotabancos y buhardillas.

Un barrio, el de Serrano, pensado para la burguesía se convirtió, así, con sus primeras edificaciones, en una reproducción exacta de lo que había sido, en el interior, el resultado final de la desamortización.

Lenta, pero progresivamente, el ensanche ayudó a la consolidación de la ya notoria figura del propietario-casero, que cobraba una renta al tendero, al capitalista, al empleado y al obrero. Madrid, una vez más, aparece así como capital escasa de capitales, sobrada de rentas.

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