La ejecución de tan vasta empresa presentaría dificultades, sobre todo de financiación, pero la misma incorporación de los terrenos del ensanche al municipio aumentaría su valor, y si justo parecía que una parte de ese incremento revirtiera sobre sus propietarios, no lo era menos que el resto se destinase a los gastos que ocasionara el propio ensanche y a la ejecución de las obras.

Claudio Moyano, que firma esta exposición de motivos, pensaba que la revalorización de los terrenos desviaría hacia el Ayuntamiento recursos suficientes para adquirir suelo destinado a calles, plazas, jardines y edificios públicos y para ejecutar todas las obras de urbanización, que la posterior edificación exigiría.

Para alcanzar estos objetivos, Madrid se ensancharía desde el norte al sudoeste, por tres de sus cuatro costados, de forma ordenada.

Se debería seguir una nueva racionalidad que, trocearía lo que hasta 1850 eran arrabales y extramuros en manzanas cuadradas y calles perfectamente alineadas, orientadas de norte a sur y de este a oeste, pasando por encima de las edificaciones ya levantadas en Chamberí y Peñuelas y suprimiendo, por el sur, parte del trazado barroco de los paseos que descendían en tridente desde Atocha hasta el Manzanares.

Encerrada todavía en un claro límite exterior, Madrid crecía - no exactamente hacia el norte sino en tres direcciones - pero no se abría.

Los reformadores de los años cincuenta no fueron capaces de concebir la posibilidad de una expansión ilimitada, sostenida en un claro eje de crecimiento posterior, y abogaron por el desplazamiento de las fronteras exteriores, no por supresión. Derribar la cerca, sí, pero abrir en su lugar un foso.

Su ambición, no llegaba más que a incorporar los extramuros del viejo casco y guiar, con tiralíneas, un crecimiento que dejado a su propio desarrollo espontáneo había provocado cierto caótico desorden, cada cual edificando su miserable casucha como podía, a la vera de los viejos caminos, sin calles, sin servicios, amontonados aquí y allá los detritus de la villa por una legión de traperos.

Ya era bastante, para los Mesonero primero, los Castro inmediatamente, con llevar adelante las obras de una reforma interior y de un ensanche racionalizado, que proporcionaría al vecindario aire y luz, plazas y arboleda, mercados y mataderos, cárceles y hospitales, teatros y catedral dignos de una capital que pretendía medirse con sus hermanas europeas.

Con esta idea global, Madrid tuvo en sus manos, a partir de 1860, la segunda oportunidad de transformar su interior, vinculándolo eficazmente con un ordenado crecimiento o ensanche de su exterior. Sólo hacía falta que alguien guiase con energía la ambiciosa, aunque prudente, operación.

Aunque el proyecto de Castro de ensanchar Madrid se apruebe por Real Orden de 19 de julio de 1860, lo cierto es que, nacido ya con escaso aliento, estaba muerto a poco de nacer. El plan de Castro preveía un crecimiento racional y ordenado, en el que no faltaban preocupaciones por el aire, la ventilación, el sol, la higiene y el esparcimiento de los pobladores del nuevo Madrid.

Alturas de no más de tres pisos, edificaciones que ocuparían tan sólo el 50 por ciento del suelo disponible, calles con anchuras de 30, 20 y 15 metros, de acuerdo con la jerarquía de la red viaria, plazas abiertas en las intersecciones de las principales vias, jardines sembrados aquí y allá para mayor deshogo del vecindario y edificios públicos.

El Madrid del ensanche aprobado en 1860 ofrecía, para una extensión que duplicaba la del viejo Madrid, una nueva ciudad ordenada, sin grandes pretensiones, pero desahogada, abierta al sol y a los vientos, donde parecía agradable vivir, sobre todo si se comparaba con el mezquino caserío y la condición de suciedad predominante en el viejo casco.

¿A quien podría parecer agradable vivir en el ensanche?

Castro pensaba que a todo el mundo, con tal de que a cada cual se le presentara una oferta a la medida de sus necesidades y ambiciones.

La alta nobleza y el rico banquero deseaban ardientemente espacio en donde erigir suntuosos palacios que, rodeados de elegantes jardines y tapizados parques les proporcionasen salubridad, comodidades y recreo.

La clase media aspiraba al goce de las mismas ventajas, puestas al alcance de sus fortunas, como también el comercio, que buscaba en vano solaz después de sus semanales tareas.

Hasta el honrado artesano y el laborioso proletario se veían privados también de esos lícitos placeres.

Los tres órdenes, niveles, estamentos o clases en que el pensamiento urbanístico y social del siglo XIX veía confundidos en la ciudad antigua reclamaban, cada cual de acuerdo a sus posibilidades, un lugar propio que satisfaciera sus ansias de mejora. Y todos, todos, suspiraban por esas mejoras que creían adivinar en el ensanche de Madrid.

¿Suspiraban, de verdad?, ¿deseaba ardientemente la alta nobleza, el rico banquero y el próspero comerciante edificar en los terrenos del ensanche?

En la imposibilidad de responder estas preguntas radica, tal vez, el motivo de la suerte que aguardaba al ensanche y a quienes se lanzaron a la aventura de construir allí.

La vieja y nueva aristocracia, en el caso de no poder permanecer o instalarse en el centro mismo de la villa, no estaban dispuestas a irse más allá de Recoletos, y eso porque hasta el mismo marqués de Salamanca, después de que le quemaran su casa de Cedaceros, se había decidido a construirse un palacio por aquella zona, pronto seguido por el de Remisa.

Por lo que respecta a la clase media, en Madrid no existía una tan numerosa que estuviese deseando abandonar el viejo recinto para mostrar, en el nuevo, su estatus social, su condición de nueva clase segura y orgullosa de sí, alejada por igual de la nobleza y del pueblo.

Y para artesanos y jornaleros, la verdad, no merecía la pena edificar. Al ensanche, por decirlo brevemente, no quería o, si quería, no podía ir ninguna de las tradicionales clases de Madrid: ni el aristócrata viejo, ni mucho menos el banquero nuevo, ni la case media del comercio y de las profesiones, ni el artesano o el jornalero.

Estos dos últimos, eran tal vez los únicos que se hubieran ido de buena gana, a condición, claro está, de poder pagar los alquileres y de no tener que desplazarse andando hasta su lugar de trabajo.

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