La nueva clase que los costumbristas, novelistas y pensadores del XIX llaman "media" - situada entre la aristocracia y el pueblo - y que comienza a dar el tono dominante a la ciudad pretende también entrar en los espacios antes reservados a la nobleza titulada y acotar, frente al pueblo, lugares propios de sociabilidad y convivencia, lo que tendrá alguna repercusión sobre la morfología de la propia ciudad.

Por una parte, la clase situada en medio aspira a romper las barreras que la alejaban de la alta sociedad - el Prado dejará de ser un lugar reservado - y en los años cuarenta es cuando se proyectan y abren esos espacios burgueses por excelencia que son los jardines y paseos, que además de servir de asueto y esparcimiento, cumplían la no desdeñable función de permitir a la buena sociedad encontrarse.

Compendio del nuevo ideal burgués de la vida ordenada, el paseo jardín cumplía una evidente función social, que se completaba con la previsión de proporcionar sus propios paseos a las clases populares, de manera que se mantuviera el buen orden de las cosas.

Todavía Fernández de Córdova echaba de menos los tiempos en que el Prado estaba reservado, como la naturaleza imponía, a su propia clase. Ahora ya no se trata de fronteras rígidas sino de convenciones sociales.

Es cierto que en el Prado se reunen gentes de todas especies y gustos pero a determinadas horas, y en el Salón, lo que domina es la concurrencia más brillante, las gracias más seductoras, los adornos de más lujo y una multitud de coches de caballos, que el pueblo contempla admirado.

Las clase populares disponían, para ellas solas, de sus propios paseos, situados en ocasiones cerca de las ermitas, como el de la Virgen del Puerto - notable por reunirse en sus cercanías los días festivos una inmensa concurrencia, en la que predominaban gallegos y asturianos, a solazarse de sus pesados quehaceres habituales -. Aquí no había caballos ni carruajes, pero no faltaban los columpios.

La nueva clase media pretenderá no sólo codearse con la aristocrácia en los paseos sino delimitar los espacios residenciales de manera que, cada cual, acabe por ubicarse en su sitio.

Madrid había sido, hasta mediado el siglo XIX, una ciudad socialmente confusa, sin nítidas fronteras de clase, abigarrada y bullanguera, como la perciben todos los visitantes.

La Puerta del Sol reunía todos los días, a eso del mediodía, a un gran gentío, pacífico e inmóvil de ordinario, compuesto de desocupados que fuman tranquilamente, o escuchan o comentan las noticias. Todo el mundo va a Sol de la misma manera que todo el mundo pasea por el Prado.

Había, desde luego, lugares reservados. En lo privado, los salones garantizaban la vida de sociedad; en lo semipúblico, los casinos y clubes se reservaban el derecho de admitir nuevos socios; en lo público, el café, - con una decoración que recuerda a Gautier la de las barracas de feria y todavía lugar de reunión de románticos, revolucionarios, periodistas y cesantes en busca de empleo - se diferencia ya claramente de la taberna que frecuentan parroquianos con "caras de bandidos".

Pero por lo que respecta a las calles y las viviendas, en un limitado espacio, el burgués enriquecido podía tropezarse con el populacho. No bastaba, pues, con las reformas interiores ni con el acotamiento de lugares exclusivos de sociabilidad.

Era preciso proyectar una nueva ciudad, disponer de más espacio en el que fuera posible ubicar, jerárquicamente, a las tres grandes clases de la población. Había que ensanchar la ciudad.

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