Desde 1834, la inauguración de la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos proporcionó el personal técnico adecuado para ejecutar nuevas obras públicas de mayor envergadura

La primera, sin duda, es la que afectará al transporte rodado de superficie. Las compañías de diligencias se multiplican, la calle de Alcalá y la Plaza Mayor son hervideros a los que llegan y de los que salen continuamente carros y carruajes.

El tráfico crece de forma notoria y las distancias a los puntos de la periferia se acortan, - como ha señalado Santos Madrazo -, hasta la mitad en términos de tiempo y en el plazo de solo cincuenta años.

Madrid, que había desempeñado con evidentes dificultades y carencias su función como centro de relaciones mercantiles con la periferia, y como centro político del imperio durante el antiguo régimen, comienza ahora a jugar, gracias a las mejoras y extensión de la red radial de carreteras, un papel unificador del mercado nacional, que sólo se consumará con la construcción de la red ferroviaria.

Y como siempre, el menor indicio de dinamismo económico atrae a Madrid a nuevas oleadas de emigrantes. Si a mediados de los años cuarenta sus habitantes rondaban la cifra de 230.000, pasada la mitad de la década siguiente, en 1857, serán ya 281.000.

El ritmo de crecimiento ha sido en ese periodo de unas 5.000 personas/año que hay que atribuir integramente a la inmigración, pues en Madrid, como por el momento en todas las grandes capitales, mueren cada año más habitantes de los que nacen, lo que impide garantizar no ya el crecimiento vegetativo, ni siquiera el mantenimiento de sus niveles de población.

Todo el crecimiento de Madrid, que es muy vivo desde, por lo menos 1835, hay que atribuirlo a su perversa capacidad de atracción sobre un arco cada vez más amplio de territorio. Las nuevas corrientes de inmigración a la capital continuaron y reforzaron la pauta de atracción ya habitual en el antiguo régimen.

Quienes reproducen las filas de las elites comerciales, del dinero o del poder son vástagos de familias comerciantes de Santander, País Vasco, Navarra y La Rioja o hijos de familias terratenientes del sur. Los primeros, continuan la vieja tradición de trenzar redes en Madrid, con objeto de abastecer el mercado de la capital y extender sus operaciones a la periferia de la península.

Forman, como en el antiguo régimen, la porción más numerosa y más sólida de los rangos de esa burguesía comercial, que pasará del comercio a los bonos del Estado y a la propiedad de suelo urbano o agrícola.

Si llegaban de Andalucía o Extremadura, existía mayor posibilidad de que se dedicaran a las letras y a la política que al comercio. Es significativa la presencia de andaluces y extremeños a la cabeza del gobierno, como ministros o altos cargos de la administración. Nada menos que un 40 por ciento de los ministros de la época isabelina fue de ese origen.

Han estudiado leyes y han probado las letras para abrirse rápidamente paso en la política, que extrae sus elites no precisamente del comercio o de la industria sino de las profesiones liberales, especialmente de los abogados y de periodistas, literatos e intelectuales

Nada de extraño que a la capacidad de Madrid para constituirse en foco de inmigración corresponda un mayor ritmo de intervenciones en la ciudad respecto al primer tercio de siglo. Mejora, ante todo, el aspecto de las calles con la adopción, a partir de 1845, de los adoquines de granito que se acarrean desde Torrelodones y Galapagar.

Poco después, hacia 1850, el arroyo central de las calzadas se sustituye por los dos laterales. La red de alcantarillas se extiende, hasta alcanzar en 1857 a cerca de la mitad de las calles, y la basura, después de los efectos mortíferos de la epidemia de 1834, no se acumula en los portales sino que se saca a la calle, de donde es retirada cada mañana por el carro que anuncia su presencia al tintineo de la campanilla.

Y con la basura, retrocede también la oscuridad con el alumbrado de reverbero de gas, del que se llegan a instalar hasta dos mil luces en 1848.

Como corresponde a una incipiente ciudad liberal, el ideal de orden y limpieza no se refiere sólo a las calles sino que atañe también a las personas. Madrid arrastraba tradicionalmente la visión en sus calles de niños abandonados, impedidos y mendigos implorando caridad, enfermos y locos.

Era, por lo demás, el mismo espectáculo que ofrecía toda ciudad de antiguo régimen, agravado en Madrid por ser a la vez foco de atracción de emigrantes y ciudad carente de industria, en la que emplearlos.

La nueva clase que con la revolución liberal accede al poder municipal no se contenta, como la antigua nobleza y el clero, con tener cerca a los pobres para mostrar en ellos, socorriéndolos, la sabiduría del orden natural: los quiere, si es posible, lejos y, desde luego, recluídos.

Lejos. Ya desde principios de los años treinta las ordenanzas impondrán el despido y retorno a sus puntos de origen de los vagabundos que no lleven en la ciudad un determinado periodo de tiempo.

Recluidos. En la inclusa que se construye en 1846 si son niños - alrededor de 5.000 hay cada año en la inclusa, de los que mueren hasta 1.000 - o en el hospicio, de 1848, si mayores. Para los enfermos que no puedan valerse de sus medios, el hospital general, que desde 1832 reune al de hombres y de mujeres.

Y para los delincuentes, una nueva cárcel que muestre el ideal humanitario del nuevo orden social y que sustituya a la vieja cárcel de la villa.

No se dieron las autoridades, sin embargo, en este punto, excesivas prisas. Abiertas de forma provisional en 1831, las instalaciones del antiguo matadero situadas en las cercanías de Santa Bárbara serán "patrón de ignominia" que la ciudad arrastre hasta que, avanzada la décadade 1880, se inaugure la cáecel modelo.

El hacinamiento, la promiscuidad, los intercambios con el exterior y entre los detenidos que caracterizaban, junto a las malas condiciones higiénicas al Saladero, son como una parábola de este Madrid isabelino, que pretende alcanzar el rango de capital digna de la monarquía, pero tarda cincuenta años en dotarse de una cárcel digna de la capital.

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