¿Qué fue de todos esos planes, de todas esas propuestas de ordenar Madrid evitando cuidadosamente que se desparramase por su exterior, manteniéndolo resguardado, rodeado de sus tapias desiguales en su altura y en el material de que se hallan formadas?.

Pues, ciertamente, la llamada de atención que sonó con la peste de 1834, las repetidas muestras de violencia y protestas de su pueblo, el fin de la guerra civil, la llegada de los progresistas con Espartero al poder y, por último, el asentamiento de los moderados como nueva clase política dirigente, en un momento de euforia econónica, produjeron los primeros movimientos para arrancar a la ciudad de su pasado y tímidos pasos para convertirla en una capital digna de la monarquía.

Primeros y tímidos pasos. Si la nueva grandeza y los burgueses de comercio, tienda y taller eran, por su proclividad nobiliaria, los primeros, y por la escasez de sus rentas, los segundos, incapaces de operaciones inmobiliarias de envergadura, la nueva clase política tampoco parecía animada a convertir Madrid en poderosa capital, símbolo de un Estado liberal.

Por supuesto, algo se interviene en el viejo casco y algo se construye con el objetivo de resaltar el papel de Madrid como capital de la monarquía.

De lo primero, tras algún concurso y un encargo que no pasaron a los hechos, el Ministerio de Fomento decició por fin ampliar la Puerta del Sol y unificar su fachada con nuevos edificios comerciales y de vivienda de seis plantas, que Jürgens juzgó "sencillos y distinguidos" y que comenzaron a levantarse desde 1857.

Unos años antes, y un poco más al este, habían terminado las obras de urbanización del entorno del Palacio Real, que se remataron con el cierre de la Plaza de Oriente y la construcción del Teatro Real, - en eterna construcción desde que en 1817 fuese derribado el de los Caños del Peral y que al fin abrirá sus puertas en 1850, para que pudiera verse y ser vista la nueva riqueza y para que los burgueses pudieran mostrar el esplendor de sus hijas casaderas -.

Un Congreso que reciba, también desde ese mismo año, más dignamente a los representantes de la Nación y que no ocupará por fin la iglesia de San Francisco el Grande, sino que se levantará, muy convenientemente, en el solar de lo que fuera convento del Espíritu Santo.

Un edificio para Biblioteca y Museos Nacionales, que se comienza a construir en 1866, en terrenos del ensanche, antes ocupados por la Escuela de Veterinaria, para inaugurarse, tras interrupciones y demoras sin cuento, casi treinta años después, con ocasión del centenario del descubrimiento de América, son las iniciativas más ambiciosas del reinado.

Pero lo que Madrid no presenciará en los años cuarenta y cincuenta será la transformación radical de la escala de los proyectos urbanísticos, que caracterizó en otras capitales europeas la irrupción del capitalismo en la ciudad, ni la masiva construcción de edificios, en los que brille el estado de la nación.

Para lo primero, habría sido preciso derruir amplias zonas de la vieja ciudad o proyectar y urbanizar una ciudad nueva, extramuros de la antigua.

Y no se puede decir que no hubiera derribos, ciertamente, pero, por la misma dimensión del mercado y por el tipo de agentes que intervenían en él, no lo fueron con vistas a grandes operaciones, sino con el más limitado objeto de abrir una pequeña plaza en el lugar antes ocupado por un convento o construir una nueva casa arreglando, todo lo más, la alineación con el resto de las edificaciones.

Ni el Ayuntamiento disponía de recursos para proceder a desmontes y nivelaciones de grandes espacios ni existía ningún agente inmobiliario con elevadas sumas de capital a su disposición para enfrentarse a amplias extensiones vacías, con objeto de abrir en ellas calles y plazas monumentales y construir sólidos edificios con fachadas de piedra y alturas regularizadas.

Y por lo que respecta a la decisión de salir fuera de los muros para levantar una nueva ciudad, el carácter de los compradores de suelo y la misma dimensión del mercado impidió, durante varios años, plantear seriamente la cuestión, pues los más ricos compradores, los que se hacían con tres, cuatro y hasta cinco o seis solares, lo último que deseaban era alejarse de la vieja ciudad.

El fulgurante ascenso social de esa clase de comerciantes, que se enriquecía a ojos vistas, encontraba en el dominio de la vieja ciudad su más clara y evidente demostración, que remataba con la adquisición de una finca de recreo en los Carabancheles, - siguiendo también en esto la pauta de la misma reina y de algunos personajes de la nobleza, como los condes de Montijo - o en Chamartín y La Alameda.

Pero esa clase que Fernández de los Ríos llamará después, con afortunado concepto, "aristocracia financiera", no correrá a construir su residencia habitual extramuros de la villa, ni pugnará por hacerse rápidamente con el suelo por el que de todas formas, antes o después, habría de crecer Madrid, sino que edificará sus nuevos palacios en los mismos solares antes ocupados por la vieja nobleza o por el clero.

A tal origen atribuye Fernández de los Ríos las casas de opulentos capitalistas, comerciantes, banqueros, ricos propietarios y nobles de antiguo y nuevo cuño, como Manzanedo, Mariátegui, Matheu, Rivas, el duque de Sotomayor, Mesonero, Canga Argüelles, el marqués de Riera, Casariego, Ceriola, el marqués de Salamanca, Retortillo, Gaviria, Vistahermosa, Calderón, Dóriga, Indo, Murga, Finat, Anglada y otros.

Todos construyen en el centro, en el mismo espacio que había visto cerrar y derruir las mansiones de la antigua nobleza madrileña, los Bornos, Nájera, Borja, Madrid, Muriel, Luzón, Cisneros, Lujanes, Infantado, Vargas, Hijar; o, según el ejemplo de personajes enriquecidos por las armas y la política, compran y alhajan suntuosamente mansiones antes propiedad de la nobleza, como será el caso de Narváez con el palacio del duque de Montemar.

Tenían, en no pocos casos, la forma "de un pequeño palacio, sencilla, magestuosa" como escribe Madoz de la casa que Manuel Matheu se hizo construir en Espoz y Mina. Profusión de variados mármoles para la escalera que conducía al principal y construcción esmerada. La nueva grandeza del dinero adoptó así, reformándolos en busca de una más brillante aparencia externa, los usos de la antigua aristocracia de la sangre.

Los viejos palacios de la nobleza, de fábrica sombría, con un piso bajo de grandes ventanas enrejadas, otro piso alto, y nada más, aunque suntuosas por dentro y adornadas de tapices y cuadros de gran valor, fueron sustituidos por estos nuevos palacios burgueses, que se levantaban ya por los años cuarenta y que trasladaron, desde ese momento y durante las décadas siguientes, la suntuosidad al exterior.

Si la iniciativa privada era incapaz de proyectar otra ciudad en la vieja o de ver una nueva en las afueras, la clase política no sentía apremio alguno en realzar el papel de la capital, transformando radicalmente su morfología.

Faltaba una clara opción por la nación, y sobraba tanta consideración hacia la monarquía, para impulsar una idea de capital como símbolo de la soberanía nacional con sus panteones, monumentos conmemorativos, avenidas de héroes ilustres y grandes edificios representativos del Estado.

Ni en Madrid había grandes espacios para levantar majestuosos o imponentes ministerios, ni era fácil construir en piedra, ni se disponía de recursos para abrir amplias y bien alineadas avenidas, ni los políticos buscaban la legitimación que procede de los símbolos representativos de la nación, sino el favor de la reina.

Aunque no faltase la actividad, especialmente a partir de 1840, todo se hará a escala menor, desprovista de monumentalidad y grandeza. Se quiere, todo lo más, una capital mejor ordenada y algo más digna de la monarquía. Mejor ordenada, y no nueva; de la moraquía, y no todavía de la nación.

Las cosas, sin embargo, se mueven, y tan falso como presentar una ciudad dinámica, pletórica de actividad y penetrada por la idea del progreso. burguesa, capitalista, sería presentar una villa estancada, incapaz de salir de su postración, en la que todavía dominara sin sombra la vieja nobleza.

Madrid comienza a estar mejor relacionado con su región y con la península, gracias al proyecto unificador de la nueva clase política moderada y al correlativo impulso que a partir de 1840 recibe la construcción de carreteras.

Esto es posible gracias a su incipiente función de capital política del Estado liberal y una situación geográfica que, hasta el momento, había sido percibida como causa de su relativo aislamiento, de su irrelevancia y pequeñez, pero que a partir de ahora la convierte cada vez más en el centro de comunicaciones y, por tanto, de mercado.

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