En ese enganche es donde tendrá su más firme apoyo la coalición moderada, que se hace con el poder desde 1843, y que llena sus filas de los ricos propietarios, de todo el comercio, de gran número de individuos ilustrados, del clero, del ejército en su mayoría y, en fin, de todo hombre que vale algo en el orden social.

Entre ellos, los omnipresentes abogados que recorren toda la escala social, desde sus orígenes pequeño-hidalgo o burgués de provincias a la cúpula del poder político en Madrid, en la que les comienzan a acompañar los periodistas.

Un partido político, el moderado, de "poco pueblo y mucho adalid", de vieja nobleza y nuevos ricos, que remedaban a los nobles, se preocupaban del buen tono e introducían del extranjero, además de alfombras, tapicerías y sillones de muelles, utensilios que no sabían usar, lo que daba a Madrid una extraña mezcla de primitivismo y dureza, de corrupción social y refinada elegancia, que Azaña juzgó característica fundamental de la década moderna.

En este marco social moderado, la permanente insatisfacción por el abandono y la miseria de la ciudad se traduce en el propósito de convertir a Madrid en "modelo a las demás poblaciones" para que sirva a un tiempo de "estímulo y gloria de nuestra patria".

Es Mesonero, no por casualidad escritor social y políticamente conservador, con algunos ahorros que le permitieron sacar, también a él, alguna tajada de la desamortización eclesiástica, quien personifica mejor que ningún otro ese afán por elaborar una idea de Madrid, un "pensamiento uniforme" que presidiera su ansiado desarrollo.

Y será precisamente Mesonero y otros pequeños burgueses de la época isabelina los que formulen, tras algunas vacilaciones, la primera idea de un Madrid que quiere emanciparse de su vieja condición de corte clérical y nobiliaria y transformarse en digna capital de la monarquía.

Tal idea de Madrid como capital digna se resume en las dos grandes direcciones propuestas al crecimiento de la ciudad: "rompimientos y ensanches", por decirlo con los dos conceptos de Mesonero; o "mejorar en diafanidad, ornato y condiciones higiénicas, y al par de ello ampliarse", como escribe el arquitecto Lorenzo Arrazola, en su propuesta de dotar a la ciudad con una catedral a la altura de los tiempos y de su condición.

Rompimientos para ampliar sus calles, desahogar su espacio interior y elevar las alturas de su caserío y ensanche para ampliar su territorio, ordenar su trazado futuro.

Prever su crecimiento son los dos pivotes sobre los que habría de crecer un Madrid, que seguiría girando en torno a su centro histórico, la Puerta del Sol y las vías de penetración que allí confluían procedentes de todos los puntos cardinales.

La doble popuesta tendrá, al fin, un doble momento para su puesta en práctica.

El propio Mesonero, inquieto por los negativos efectos fiscales e higiénicos de un precipitado ensanche que implicara la supresión de barreras aduaneras y el asentamiento de la población en suelo falto de agua optó, en 1848, por desaconsejar la ampliación del perímetro y dirigir el esfuerzo a agotar antes todos los recursos que brinda el espacio disponible en el recinto cercado.

Tomando, como también hará Madoz, posición contra el Real Decreto de 6 de Diciembre de 1846, que afirmaba " ... llegada la ocasión de ensanchar los actuales límites de Madrid, harto reducidos ya para la población que por esta causa se ha aglomerado en casas de altura desmedida, ...", Mesonero expresa sus dudas sobre la conveniencia de ampliar el perímetro y defiende, en su lugar, la regularización y aprovechamiento del interior, idea que finalmente adoptará el propio Ayuntamiento.

Regularizar y aprovechar el espacio disponible en el interior. Tales son los dos objetivos del urbanismo madrileño de la primera época isabelina.

Regularizar quería decir, ante todo, numerar las calles de manera más racional, alinear las fachadas de las casas, proceder a rompimientos de calles de manera que se asegurase una comunicación fluida y se evitaran los callejones sin salida.

Pero también quería decir empedrar o adoquinar las calzadas y elevar y enlosar las aceras, extender la instalación del gas para el alumbrado, suprimir la acumulación de basuras en los portales estableciendo un sistema más rápido y eficaz de recogida, adecuar las alturas de las nuevas edificaciones a las diversas anchuras de las calles, mejorar los servicios de policía urbana.

Aprovechar el espacio no implicaba únicamente colmar los solares vacios intramuros formando arrabales que agruparan "a la parte más infeliz del vecindario", obligada a instalarse en condiciones infrahumanas más allá de la cerca, sino proceder a la construcción de todas las instalaciones exigidas por una ciudad moderna y de las que Madrid carecía.

Mercados cerrados y bien construídos en las plazuelas abiertas con el derribo de los conventos; uno o dos mataderos para el ganado de asta y de cerda; nuevos edificios de beneficencia y reclusión; una cárcel que reemplazara a la ruinosa de Corte; inclusa para niños y niñas abandonados, tan numerosos en el Madrid isabelino.

Hospicios y asilos para pobres, ciegos e impedidos; un hospital general que refundiera y unificara los existentes y algunos nuevos para hombres incurables y locos; una casa de maternidad; un archivo de la Villa y una catedral digna de la Corte; casas de lavado y baños para pobres, cuarteles, campos de ejercicios, habitaciones para obreros y otras construcciones.

Todo, en fin, lo que constituía el ideal ilustrado de la ciudad bien ordenada.

Y lo que no era menos importante: dotar a las nuevas clases medias de lugares para el esparcimiento y el ocio de nuevos paseos, convenientemente arbolados, de jardines publicos, teatros, cafés y gabinetes de lectura, de liceos, ateneos y sociedades artísticas y recreativas.

El apelmazado y miserable caserío del viejo Madrid debería, en resumen, dar paso a una ciudad más ancha, más alta, más aireada y dotada de "una multitud de edificios públicos, de que hoy carece".

No hay aquí, desde luego, la ambición de remodelar por completo la vieja ciudad que reina ya en París ni la necesidad de pensar un Gran Madrid, una metrópoli, como ya se dice en Londres.

Madrid no está sometida, durante estas décadas, a la tremenda presión demográfica que hace estallar a Londres, ni sus planificadores sueñan con la posibilidad de actuar en grandes espacios vacíos y abiertos.

Sus intenciones son mucho más modestas: ni de gran capital especulador, como en Londres, ni de grandes perspectivas burguesas, como en París.

En Madrid mandan los caseros, y los caseros, cuando son ilustrados como Mesonero, se satisfacen con levantar su propia casa, con el orden y la limpieza de la calle, con el café, el paseo y el teatro para los ratos de ocio y asueto, con la vivienda para el obrero, el asilo para el pobre, el hospital para el enfermo, la cárcel para el delincuente y, si es posible, algunos edificios públicos que permitan, al salir a la calle, henchir de orgullo el pecho por gozar del privilegio de vivir en semejante capital.

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