En efecto, la quiebra financiera del Estado y la penuria de los presupuestos municipales no permitieron continuar las obras emprendidas por José I ni consolidar las limitadas, aunque notables, mejoras introducidas durante el periodo ilustrado.

La apertura del gran eje representativo proyectado por Silvestre Pérez desde el Palacio Real a San Francisco el Grande, - salvando con un viaducto la hondonada de la calle de Segovia para unir así, simbólicamente, a la Corona con la representación de la soberanía nacional - hubo de esperar largos años y finalmente abandonarse.

Mientras tanto, acababan por secarse y echarse a perder los paseos que regularizaban el trazado meridional de la cerca y que desde las Puertas de Atocha y de Toledo bajaban en sendos tridentes - única huella barroca sobre el plano de la ciudad - hacia las riberas del Manzanares, donde las lavanderas colgaban la ropa al sol.

Por el este, el Buen Retiro, pisoteado sin piedad durante la guerra, era pura ruina y el campo de la Lealtad se ofrecía "desigual e intrasitable", convertido en muladar, sitio, en fin, de donde era preciso huir.

Por más que se esfuerce, trabajo le cuesta a Mesonero enumerar las obras por las que debía ser recordado el reinado de Fernando VII, a quien en sus escritos de juventud atribuía zalamero nada menos que el comienzo de una nueva era de prosperidad: la Puerta de Toledo, las alcantarillas y la restauración del Museo del Prado, que fue su obra más importante.

Poca cosa, en verdad, en veinte años para una ciudad que le recibió con festejos, aunque rodeada de ruinas y penetrada de suciedad y cochambre.

Con esa pesada carga a la espalda, la disponibilidad del suelo desamortizado en manos de una multitud de propietarios con muy limitados recursos, no se tradujo en dinamismo reformador.

Más bien al contrario: la asignación de los ahorros a la compra del solar en el que se edificaría una casa para la obtención de rentas individuales liquidó cualquier posibilidad de pensar la ciudad como una totalidad, que excediera el límite de su antigua cerca.

La atención de los posibles compradores se dirigió al centro mismo de la villa, puesto que era allí donde la Iglesia y las órdenes religiosas tenían mayores posesiones: Alcalá, Carretas, Puerta del Sol, Victoria, Carrera de San Jerónimo, Noviciado, San Bernardo, Preciados, ...

Los compradores miraron al centro y los más osados, o los más pudientes, extendieron su mirada, todo lo más, al paseo de Recoletos, pero ninguno de ellos para proceder a una remodelación global del interior ni a una apertura y expansión de sus límites, sino para hacerse con una finca, en la que construir su propio palacio o edificar una casa que, alquilada, le asegurase una renta vitalicia.

A los compradores más pudientes, lo que les interesaba era construir su propio palacio como vivienda particular, en los mismos terrenos ocupados por los conventos o por las viejas mansiones de la aristocracia titulada.

Pero a la mayoría de compradores no les importaba tanto la prestancia del edificio como el máximo aprovechamiento del terreno liberado. Su prioridad era no dejar hueco alguno y construir en altura, con objeto de ampliar la oferta y alquilar los cuartos a los diversos estamentos sociales.

Cada casero, pretendía alquilar su casa a una variada muestra del pueblo de Madrid: en los sótanos, al artesano; en los bajos, al tendero o comerciante; los principales para las familias pudientes; los segundos y terceros para empleados y oficinistas y, todavía más arriba, en sotabancos y buhardillas, aún quedaba sitio para los jornaleros y honrados trabajadores.

La casa de alquiler, de cuatro y cinco alturas, que había aparecido en París antes de la Revolución y se había extendido rápidamente en las nuevas y amplias avenidas, aparecía ahora en Madrid, si bien las calles conservaban su angostura y los materiales de construcción no pasaban, en la mayoría de los casos, del ladrillo y el yeso.

Y así Madrid, tal como ya lo percibía Larra y confirmará Madoz, no aprovechó la desamortización para crecer a lo ancho sino a lo alto.

Las "casas a la malicia", ideadas para evitar la regalía de aposento, los palacios de dos plantas y los conventos de una, - que imponían límites de altura al caserío colindante para no estorbar, con curiosa mirada, la recoleta paz de frailes y monjas - eran sustituidos por casas de cuatro o cinco alturas, sin que el perímetro de la ciudad se ensanchase.

Eran, doscientos mil madrileños cercados por un muro de tierra, de apenas legua y media a la redonda. La sensación de agobio y de abigarramiento, de confusión de clases, no disminuía un ápice con las nuevas edificaciones.

Por más que en algunos casos la totalidad o parte de la propiedad desamortizada se aprovechara para romper, ensanchar y alinear algunas calles y abrir alguna plazita para uso público, aprovechando los solares que quedaron libres tras los derribos de conventos y el traslado de cementerios ordenados por José I.

Pero si la ciudad no mejoraba, la sociedad conocerá, avanzados los años cuarenta y hasta que vuelvan a estallar grandes perturbaciones, una época de verdadero renacimiento. Una nueva generación aristocrática de muchachas jóvenes y bonitas ansiaba presentarse en los salones, donde les esperaban los muchahos de su misma edad.

La reina no las decepcionó, dándose en Palacio bailes muy frecuentes a los que acudía toda la sociedad de Madrid que, por su parte, no podía permanecer indiferente a la iniciativa regia. Abrieron también otra vez los nobles sus salones para recibir y dar bailes a concurrencias de hasta 400 personas.

Concluidas las guerras y la revolución, la sociedad encopetada - escribirá Azaña sobre estos años - se divertía locamente. En el invierno del 49 al 50 se dieron, en las casas de la nobleza, doscientos cincuenta bailes, sin contar los de Palacio.

Pues fue, en efecto, durante los años cuarenta, cuando a la par que se reanudaba la vida de sociedad, se extendió por Madrid aquella epidemia "que llaman pasión de riquezas, fiebre de lujo y de comodidades" que afectaba, sobre todo, a la nueva grandeza del comercio y el préstamo.

Comenzó entonces "el enganche de la aristocracia antigua y el comercio moderno", que Galdós percibía en la genealogía de las familias Santa Cruz y Arnaiz.

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