Abandonada la urbe en manos de la nobleza y del clero, el caserío se apelmazó, sin orden ni plan que guiase su crecimiento, en torno a palacios, conventos de escasa prestancia y mezquina fábrica, aunque de enorme extensión y amplios jardines, dando lugar así a una bigarrada y densa trama.

Sin avenidas que jerarquizasen el terreno, sin plazas, excepto la Mayor, ni paseos, excepto el Prado, que sirvieran de desahogo y de marco de convivencia. Madrid solo tenía calles, y una calle era su corazón, el punto central que resumía su trama y condensaba a su pueblo, ese sujeto mezclado, que cuando afirmaba su presencia, se dirigía invariablemente a la Puerta del Sol.

De modo que cuando tienen que describir Madrid, los primeros que piensan la ciudad comienzan siempre por el rey y por las instituciones del Estado, para pasar enseguida a iglesias y palacios.

Los manuales y guías de Madrid publicados en la primera mitad del siglo traen siempre en los primeros lugares la lista interminable de parroquias, colegios, instituciones benéficas, oratorios e iglesias particulares, conventos y casas del clero regular.

Mesonero, Madoz, Monlau, cada uno de ellos testigo, por lo demás de lo que fue y de lo que desaparecía bajo su mirada, pues la lista de edificios religiosos amengua por días y de muchos de ellos ya no quedaba, mediado el siglo, más que el recuerdo, el muñón abierto como solar vacío en el centro de la ciudad.

Lista sólo parangonable a la de palacios de grandes de España y otros títulos de la nobleza, que tienen en Madrid su domicilio: palacios de los duques de Liria y de Alba, los de Osuna, Medinaceli, Infantado, Híjar, Villahermosa, duquesa de Abrantes, condesa de Benavente, etc.

Toda la retahíla de una nobleza consumidora de rentas agrarias, abrumadora de servidores e incapaz de dejar en la ciudad un palacio digno de ese nombre.

Nadie lamentó nunca que el de Medinaceli, en la parte oriental, o el de Osuna, en la occidental, o tantos otros acabaran derruidos, aunque no fuese en el fervor de una revolución liberal, que se dio por satisfecha con desvincular las posesiones nobiliarias a la par que derribaba y desamortizaba los bienes de la iglesia.

Y en el espacio que dejaban los palacios, conventos e instituciones benéficas, la otra mitad del caserío madrileño brillaba, sobre todo, por su cutrez y mezquindad, expuesta ahora, con tantos espacios abiertos por la piqueta, a todas las miradas.

"Han aprendido la arquitectura de los topos", explicaba un viajero del siglo XVII, y Doré y Duvillier, viajeros por Madrid, pasada ya la segunda mitad del siglo XIX, no encontraron mejor testimonio que ese, para describir lo que ellos mismos veían.

Casas construidas de tierra, de un solo piso, grandes, enormes, pero sin patios interiores y con escasas puertas cocheras, de modo que las carrozas debían parar en medio de las calles, que por lo demás, no ofrecían mejor aspecto.

Clerical y nobiliaria, hasta el límite de lo soportable, Madrid comenzó el siglo ahogada, sin aire, lirteralmente cubierta de basura y mugre, sobre las que se amontonarían los cascotes provocados por la destrucción de la guerra, motivo inmediato de la ruina.

La ciudad, dominada por la nobleza y el clero, carecía de los más elementales servicios de policía urbana y de recursos suficientes para erigir nuevos edificios en los caserones e iglesias destruidos.

Las basuras de las viviendas se amontonaban durante toda la semana en los portales, hasta que llegaban los carros a recogerla; las calles, sin pavimentar, producían grandes charcos en invierno y levantaban nubes de polvo en verano; la iluminación, aunque comenzada a instalar de forma sistemática en la segunda mitad del siglo anterior, muy deficiente. Por supuesto, no había agua bastante para la higiene pública ni la privada.

No debe sorprender, por tanto, que la quiebra de la monarquía absoluta se acompañara en Madrid y en toda España de una mortífera epidemia de peste y que los exasperados madrileños, aunque ahorraran a la posteridad jornadas revolucionarias con el clásico rodar de cabezas nobiliarias - de las que, sin embargo, tenían un buen surtido a mano - hayan escogido a curas y frailes como blanco de sus iras.

En julio de 1834, mientras que la peste se llevaba a la tumba a cuatro mil infectados, comenzó a correr el rumor de que las fuentes públicas habían sido envenenadas por frailes y monjas, como correrá un siglo y dos años después, y con el calor de julio, el rumor de los caramelos envenenados por las damas catequistas.

Toda la pasión exacerbada por el cansancio de arrastrar durante diez años la cadena del sufrimiento, por el apoyo que el clero había mostrado al absolutismo, por la guerra civil que curas y obispos facciosos alentaban, se revela en esta matanza de religiosos que, como escribe Javier de Burgos, conmueve a la policía y consterna a "las clases acomodadas y naturalmente pacíficas del vecindario de la ciudad".

A mediados de los años treinta, Madrid daba en sus calles la impresión de ciudad desesperada, impotente para encontrar un camino, a la deriva, sin plan y sin recursos, sucia, mortífera, mal alimentada, con masas de pobres, sin capacidad para construirse a sí misma como capital ni soportar sobre sus hombros al nuevo Estado que alumbraba, sitiado e indeciso, a la muerte de Fernando VII.


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