Madrid, tampoco era un importante centro comercial o mercantil. Ciertamente, el flujo de rentas procedentes del exterior permitía que su comercio mantuviera mayor relevancia que su industria. De ahí le vendrá a Madrid la fama de ser predadora de su entorno, de consumir más de lo que producía y de consumirlo sin por ello crear riqueza.

Aunque el comercio era actividad a la que se dedicaba un buen número de madrileños, no abunda el de gran estilo sino más bien el callejero, el de portal o el de pequeña tienda: hasta 610 tabernas y 552 tiendas de vinos generosos aparecen en la relación de Madoz.

En esta relación, destacan también, con más de cien contribuyentes, los chamarileros (281), los carboneros (246), los mercaderes que venden por menor telas o tejidos (165), los carniceros (140) y los buhoneros (132). Había también un buen número de contribuyentes por posadas secretas o casas de pupilo (449).

Vendedores ambulantes en número colosal durante todo el siglo, ofreciendo todas las mercancías posibles, desde alimentos hasta agua y azucarillos, periódicos o cerillas, convertían las calles de la ciudad en "constante feria y nauseabunda cochiquería", según escribía el periódico El Progreso en diciembre de 1897.

Algo mejor establecidas, las pequeñas e insignificantes tiendas de la Plaza Mayor en las que se vendían gorras, pañoletas de lana y objetos de ferretería y que tanto llamaron la atención de Hans Christian Andersen durante su viaje a España en 1862.

Pero si lo que se deseaba era lujo, entonces aumentaban las probabilidades de ir a parar a un comercio francés: en el terreno del vestido y del peinado, los franceses llegaron a ejercer un auténtico monopolio, aunque cuando se pretendía ir más allá y abrir un gran almacén, como los que ya existían en París, entonces se fracasa.

El Villa de Madrid, abierto en 1846, no pudo continuar su andadura y debió cerrar sus puertas, como también lo hará, casi cien años después, el Madrid-París.

Madrid podía ser juzgado como centro de tráfico y comercio, pero no había dentro de sus cercas una clase social con suficientes recursos como para mantener un gran bazar, como no la había tampoco para emprender grandes reformas urbanísticas. Madrid, era una ciudad pobre.

Pobre en el sentido más literal del término, con abundancia de pobres, pues, efectivamente, a lo que remite este débil equipamiento industrial y ese limitado mercado es a una estructura de clases, caracterizada durante toda la primera mitad del siglo, por el predominio de una elite de propietarios rentistas.

Una clase media, que percibe rentas de sus posesiones inmobiliarias, un artesanado que tiene lo justo para ir tirando, un número de jornaleros que no supera en mucho al de artesanos y una abigarrada masa de esos aguadores de Asturias, caleseros de Valencia, toreros de Andalucía, mayordomos y secretarios de Vizcaya y Guipúzcoa, reposteros de Galicia, criados montañeses y mendigos de la Mancha,...

Madrid, no era ciudad industrial por condicionamientos objetivos, materiales, pero tampoco era un dinámico centro mercantil y financiero, sobre todo por una estructura de clases que venía del antiguo régimen y que no sufrió modificaciones drásticas, profundas, como efecto de ninguna revolución, burguesa o no, en la primera mitad de siglo.

Ciudad de antiguo régimen, corte de la monarquía, Madrid había entrado en el siglo dominada, espacial y materialmente, por la nobleza y el clero, que poseían, junto con las instituciones benéficas y asistenciales situadas bajo su patronazgo, muy cerca de la mitad de todo su suelo.

El palacio nobiliario y el convento religioso imprimían su profunda huella en la morfología de la ciudad, desde luego, pero también en su estructura social, en su urdimbre humana.

El palacio, porque además de ocupar amplias extensiones irregulares de suelo, como el convento, sustentaba con las rentas de su titular a una impresionante masa de servidores domésticos y las familias enteras que se les adherían.

El convento, porque además de dar cobijo a una notable proporción del conjunto de la población, era el centro de un sistema de caridad, que sostenía a esa otra porción considerable de habitantes de Madrid, los pobres, que se mantienen ahí, fijos, como inmóviles, durante todo el siglo.

Basta contemplar el plano de Madrid para percibir hasta qué punto la morfología, el paisaje global de la ciudad, era el resultado de esta extraordinaria densidad palaciega y conventual, ante la que se diría impotente, si no cómplice, la Corona.

Madoz, lamentaba que pocos monumentos de Madrid procedieran de más allá del reinado de Carlos III y, en efecto, bien poco debe la morfología de Madrid a las dos dinastías que la eligieron como lugar de residencia y corte, pero que no actuaron sobre el espacio de la Villa hasta que la generación ilustrada del XVIII decidió adecentar los alrededores y las entradas, abriendo paseos y puertas y levantado algún que otro edificio.

Ya es sorprendente que el lugar de residencia de los monarcas oscilara, alternativamente, entre sus límites occidental y oriental, como si no se atrevieran a radicarse en el centro, como si el centro no dispusiera para los reyes de espacio alguno, medrosos además de influir en el entorno de sus palacios, cerrados, sin radiación al exterior.

Tuvo que ser un usurpador advenedizo, un recién llegado a Madrid y a la realeza, José Bonaparte, quien comprendiera rápidamente, que el Palacio Real no podía elevarse sobre su mísero y apelmazado entorno, y decidiera, aun si los tiempos eran poco propicios a estos lujos, abrir espacios y crear nuevas perspectivas.

Pero, por lo que respecta a las dos dinastías históricas, da la impresión de que se hubieran arrepentido de elegir Madrid y hubieran buscado para residencia los lugares que con menos obstáculos interpuestos les permitieran alejarse velozmente de ella, y aun evitarla y darle la espalda, para alcanzar con más rapidez los reales sitios de su verdadera predilección: El Escorial, La Granja, Aranjuez.

Así se explica que Madrid, elegida Corte por la monarquía, tomara gran extensión, pero que esta se la diera - en palabras de Ponz - tumultuariamente, sin plano ni proyecto establecido, sin que la Corona se haya detenido nunca a pensar su ciudad.

Y es de admirar, prosigue tan ilustrado viajero, que cuando los españoles fundaban en América ciudades con toda simetría, se formasen sin asomo de ellas las calles de la Corte.

De admirar y de algo más, desde luego, porque la mayoría de las calles de Madrid se dirigieron por donde quiso la fortuna o, más bien, por donde dejaba ir la maraña de palacios y conventos.

Las amplias posesiones de la Corona al este y oeste de la ciudad, determinaron que el posible crecimiento de Madrid, a partir de su centro, no se verificase en círculos concéntricos.


Copyright © 1999 - 2002 por JLL & JRP

Todos los derechos reservados.