Que al lado de los literatos y políticos encumbrados y de esta nueva grandeza de las finanzas y de los suministros al Estado no creciera pujante una clase alta y media industrial quiere decir que, entre la vieja nobleza titulada y la nueva aristocracia del comercio no quedó espacio económico para que germinara una burguesía, segura de sí misma y de sus posibilidades, como fabricante de productos destinados a un amplio mercado nacional o internacional.

Y esa estructura social, ese abrumador predominio de grandes titulados o advenedizos y de menudo pueblo, remite de inmediato a la más honda debilidad de Madrid para convertirse en capital de un estado moderno, que se pretendía liberal.

La villa del comercio de tiendas, de pequeños propietarios y rentistas, de menestrales y jornaleros, no se transforma con la revolución liberal en un centro de producción material o manufacturera como lo eran París, Londres, Viena, Bruselas y otras cortes europeas.

Lo escribía, en 1850, Felipe Monlau haciéndose algo más que eco de lo que sólo dos años antes había escrito Madoz: "... Madrid no puede ser considerado como centro industrial y mercantil de la nación española (...), la capital de España no tiene, proporcionalmente hablando, la importancia que por ambos conceptos cuentan París, Londres, Viena y Bruselas".

Nación española, capital de España: ¿Y cómo puede haber nación sin un centro industrial y mercantil?, ¿Y cómo podría ser Madrid capital de España si no era a la vez ese centro mercantil e industrial?. Por lo pronto, se impone una constatación a los estudiosos de la ciudad, cuando va ya mediado el siglo.

Madrid, que es todavía nobiliaria, que presencia la formación de una nueva grandeza del comercio, que es por tanto todavía mucha Corte, no es ni lleva trazas de ser una capital industrial. Continúa siendo villa y de angostas estrecheces, de comercio de tienda y abundancia de menestrales y jornaleros. Si se mide por sí misma, no es capital, ni lo es, sobre todo, si se la compara con otras capitales europeas.

Los motivos parecen claros a sus analistas y reformadores. Erigido en el centro de una árida meseta, Madrid carece de vías de comunicación rápidas, seguras y económicas, que la permitan aspirar a convertirse en dinámico centro mercantil, consumidor y productor de bienes a buen precio.

Todo su tráfico debía realizarse empleando energía animal. Las diligencias que experimentaron progresos notables con el programa de construcción de carreteras que llevó a cabo el Estado liberal y con las mejoras técnicas introducidas en los carruajes, eran un medio de transporte caro y limitado.

La ubicación de Madrid, sin mar, sin río digno de ese nombre, o con un río que no llevaba agua, es una anomalía como capital del antiguo régimen. Y ahora, en tiempos de auge de la riqueza, pagaba cara su anomalía, retrasándose definitivamente respecto a todas esas capitales europeas, que causaban admiración a exiliados y viajeros.

La falta de río remite al otro problema que dificultaba o convertía en aventura, a los ojos de los observadores contemporáneos, la instalación de industrias. La ciudad carecía de agua.

Madrid se abastece, hasta pasada la mitad del siglo, de seis grandes "viajes" y de muchas galerías colectivas que llevan el agua hasta sus numerosas fuentes y hasta palacios y conventos, y que los aguadores se encargan de distribuir en grandes cántaros por las calles y plazas de la ciudad o suben trabajosamente a las casas.

Nosotros - recuerda Pío Baroja, que llegó a Madrid en los años ochenta - teníamos nuestro aguador, que como todos los que se empleaban en este trabajo era asturiano. Llevaba traje de pana y montera típica de los campesinos de sus tierras.

Muchos pisos altos de casas burguesas debían aprovisionarse de agua por este método cuando el siglo se acercaba ya a su fin, cuando ya recibía la ciudad el abundante caudal del canal de Isabel II. Pero, hasta que esas aguas no llegaron, los madrileños no podían consumir más que 10 litros diarios por persona. Y sin agua, no hay desde luego higiene ni salud, pero tampoco hay industria.

No disponía tampoco la ciudad de combustible que pudiera extraerse fácilmente de su entorno y carecía, por tanto, de energía abundante y barata, último de los motivos aducidos por Madoz y que Monlau reitera. Y esta última carencia sitúa a ambos observadores en la pista del posible remedio. Madrid será industrial cuando "dos líneas ferriles aproximen esta villa a los dos mares".

Que Madrid no sea un punto considerable bajo el aspecto fabril puede ser el resultado de una mala elección como capital, pero no constituía ya, a las alturas de 1850, un destino inevitable.

El agua podía traerse en cantidades suficientes para abastecer a su población y alimentar a su industria, y por lo que respecta al ferrocarril, Londres y París estaban, a estas alturas del siglo, bien comunicadas con su territorio. Era sólo cuestión de proponérselo y de contar con los recursos suficientes para unir a la ciudad con los dos mares.

Mientras tanto, escasez de grandes fábricas, abundancia de pequeños talleres. De las primeras, algunas venían del siglo anterior y habían ampliado su producción hasta alcanzar un mercado internacional: eran reales fábricas que habían sufrido grandes quebrantos con las guerras y que se reconstruyeron en la década de 1840.

La fábrica de tabacos, la de mayor dimensión, daba trabajo a tres o cuatro mil cigarreras; la de tapices, de porcelana del Retiro, de loza fina de la Moncloa, de pólvora; la Casa de la Moneda, La Imprenta Nacional.

Fábricas todas ellas instaladas en Madrid en función de la corte o de la capitalidad política y administrativa, dedicadas en su mayoría a la producción de artículos de lujo, destinados al consumo de la vieja y nueva grandeza y que conforman una economía de la capital para distinguirla de la más tradicional economía de la ciudad.

No faltaban, en este mismo capítulo, algunos importantes establecimientos privados, con plantillas de entre 200 y 300 obreros.

Si se exceptúan las manufacturas oficiales o exclusivas que procedían del antiguo régimen y esas fábricas que empleaban ya a más de cien trabajadores, lo que abundaba realmente hasta mediado el siglo, en el terreno industrial, era la pequeña producción de bienes de consumo directo, destinada a un mercado puramente local.

En alimentación, por ejemplo, se contaban hasta 110 tahonas, lo que para nada significaba que Madrid fuera un centro de brillante producción de pan, sino más bien, que muchas de ellas utilizaban aún como combustible paja podrida mezclada con excremento de las caballerías, y se trabajaba la masa con los pies.

Y en las otras ramas industriales la situación era similar. Talleres o fábricas de materiales para la construcción, metalúrgicas, curtidores, maestros de obras, imprentas, sastres y modistas, ebanistas, zapateros, con establecimientos en los que trabajaban, por lo general, no más de tres o cuatro oficiales y aprendices.

En total, si se cuentan como industriales los que contribuían con más de mil reales anuales por el subsidio correspondiente, no habría en Madrid, pasada ya la mitad del siglo, más que 121, mientras que los artesanos que pagaban entre diez y mil reales ascenderían a unos 3.800. Era una industria de horizonte limitado, sin capital que permitiera acceder a nuevos y más amplios mercados, lejanos por lo demás debido a la carestía del transporte.

Una industria para la ciudad, pero incapaz de generar capitales suficientes para transformar la ciudad. Madrid, en definitiva, no era la capital industrial de España.


Copyright © 1999 - 2002 por JLL & JRP

Todos los derechos reservados.