Aparte de la producción literaria, más bien inclinada a la poesía que a la prosa, de las nuevas instituciones culturales y de las veladas en casas de la grandeza, lo que define aquellos románticos años de revolución es la aparición de nuevos periódicos, desde los que tantas veces se hacía o se saltaba a la política.

Periódicos puramente literarios como "Cartas Españolas", fundado por Carnecero, "El Semanario Pintoresco Español", que Mesonero crea en 1836, "El Criticón", "El Artista", "La Revista de España"; pero sobre todo, periódicos políticos, como "La Abeja", "El Correo Nacional", "El Piloto", en el que escriben personajes como Pacheco, Bravo Murillo, Alcalá Galiano, Rios Rosas, Donoso o Sartorius.

Si los clubes y ateneos son el lugar de encuentro de la clase media como literata, las redacciones de los periódicos lo serán de esa misma clase como política. En realidad, la poesía, el cuadro de costumbres y el periódico llegarán a formar un continuo con la política, los partidos, el gobierno.

Se trata de una clase media que, al no encontrar en Madrid grandes empresas industriales ni más carreras profesionales que las de abogado o médico. Se dedicará, tras el necesario paso por la literatura y el periódico que le abre las puertas de la sociedad, a la política, vía privilegiada de movilidad social, pero también terreno en el que llevar a la práctica las ideas de nación, patria y progreso.

Eran, como queda dicho, años de revolución y esta circunstancia unida a la fiebre romántica impedía deslindar nítidamente los campos: se era poeta, periodista y político sin contradicción interior alguna.

Se formó así en la capital, con apertura del juego de partidos de notables propio del liberalismo, una incipiente clase política que, escala desde la literatura y el periódico, las jefaturas de los nuevos partidos moderado y progresista.

Y como base humana en la que construir su elevada posición, toda una masa de burócratas "pendientes del albur ministerial", que hoy obtienen un empleo y mañana lo pierden para dedicarse a merodear, desde las primeras horas de la mañana, en las proximidades de los ministerios, con objeto de dejarse ver.

Forman lo que Valera denominó el "proletariado de levita", un sector de la clase media cuyo único futuro consistía en obtener, no perder o recuperar un empleo del Estado.

El carácter de esta clase y de sus valedores que alcanzaban altos rangos en los partidos y el resultado final de su presencia en la política tendrá algo que ver con su origen y con el tipo de relación que esos partidos establecieron más adelante con el gobierno, con el pueblo y con el ejército.

En la estela de la revolución política y de la consiguiente conversión de Madrid en capital de otro Estado, había acontecido también lo que un fino analista de la época y excelente conocedor de la sociedad madrileña, Juan Valera, no dudó en calificar de revolución social.

Pero contrariamente a lo que por tal concepto podría entenderse si se tiene en mente la francesa, todo el contenido de esa revolución consistió en nacionalizar y poner a la venta los bienes del clero y de las órdenes religiosas.

El pueblo, escribe Valera, no odiaba a la aristocracia, pero sí a los curas, a quienes tenía por causa de su anterior desgracia: nadie, ni siquiera la aristocracia, acudió en su defensa cuando Mendizábal decidió poner a la venta sus tierras para aliviar la Hacienda e incrementar la riqueza de la nación.

El caso fue que, además de la presencia de una clase media de literatos, abogados y periodistas provocada por la revolución política, asomará la oreja, ya en vida de Larra, y sentirá inmediatamente un incesante impulso hacia arriba, esa otra "nueva grandeza" que, procedente de la segunda mitad del siglo XVIII, se introduce por su dinero en la sociedad encopetada durante los años cuarenta, para dominar la vida social y económica de Madrid hasta fin de siglo.

Es la grandeza formada por el gran "cebo opíparo" de las tierras desamortizadas ofrecido en la arena del Parlamento a la gula de las clases nuevas, a todos esos que, como observará la penetrante mirada de Pérez Galdós, "vendieron paja y después compraron dehesas a los frailes; los que daban de comer a las tropas y luego establecerán los adelantos,...".

No puede definirse con mayor economía y exactitud el carácter y la fuente de riqueza de esa nueva grandeza. Casi todos, habían llegado a la capital desde la periferia, siguiendo una pauta establecida desde el Antiguo Régimen por las familias de comerciantes, algunas de ellas hidalgas, arraigadas en pequeñas y medianas localidades de Santander, del País Vasco, de La Rioja, etc.

También de la meseta interior, que enviaban a Madrid a alguno de sus vástagos con objeto de que sirviera el abastecimiento de la propia ciudad o se situara en las redes comerciales que unían la capital a los puertos de mar.

Así, se formó en Madrid, al lado de la clase media de literatos, abogados y políticos, una burguesía de negocios que dominó el comercio en su más amplia acepción, incluido el del dinero, desde la segunda mitad del siglo XVIII y que estaba dispuesta a multiplicar rápidamente sus ganancias, sirviendo a todo lo que el nuevo Estado liberal le requiriese.

Cuando llegaron a Madrid, esas familias burguesas se establecieron como comerciantes de paños, de vinos, de paja. Y luego, cuando formaron algunos ahorros, tuvieron la enorme fortuna de estar a mano mientras la aristocracia declinaba y el Estado se hundía y solicitaban ambos sus préstamos o provisiones.

Acudieron en su socorro ayudando a sanear los patrimonios nobiliarios, transfiriendo al suyo parte de sus posesiones inmobiliarias cuando los nobles renegociaban sus deudas, comprando las fincas que el Estado, acuciado por sus necesidades hacendísticas más que guiado por algún propósito revolucionario, arrebataba a frailes y curas, o actuando como aprovisionadores de armas ó de ropa, a las tropas que el gobierno enviaba para combatir la deslealtad carlista.

Luego, ya no hubo remedio. Esa nueva grandeza, ligada con el Estado, convirtió a Madrid en capital de las finanzas y se convirtió, ella misma, en proveedora de dinero.

Abrió casas de banca y se hizo con todos los títulos de la deuda, los del célebre "tres por ciento", y al acercarse tanto a la corona y tocar con sus manos el poder político, pasó a frecuentar los paseos aristocráticos y se atrevió después a entrar en los salones nobiliarios, abiertos ahora también a ella, porque ella era ya sociedad.

No le costó nada, una vez admitida en sociedad, convertirse en nobleza, acopiando títulos que una corona pródiga, más que generosa en la captación nobiliaria, no escatimaba a los triunfadores de la especulación.

Serán el núcleo permanente de la nueva oligarquía, moderada o progresista, con irrefrenable tendencia a la moderación, los protagonistas de la vida social madrileña que, los duques, condes y marqueses del viejo tronco deberán aceptar a su lado, como prestamistas primero, como parientes después.

Los que hacen el nuevo Madrid a su medida, comerciantes, capitalistas y banqueros fueron los Caballero, Urquijo, Murga, Rivas, Chávarri, Norzagaray, Pérez Seoane, Fagoaga, Remisa, Carriquiri, Manzanedo, Bringas, Gaviria y Sevillano, entre otros.


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