Las cosas no eran, sin embargo, como antaño: si la revolución liberal había respetado las propiedades de la nobleza en todos sus grados, desde las del grande hasta las del hidalgo, las causas antiguas de pobreza actuaban ahora sin cortapisas y las rentas menguaban por días aunque fuera preciso mantener aquellas masas innumerables de servidores, que tanto admiraron a Townsend en su visita a la mansión del duque de Alba, en las postrimerías del siglo XVIII.

A esa prodigiosa cantidad de criados, de la que hablaba como si las hubiera visto con sus propios ojos Madame D'Aulnoy, permanecerá impertérrita en su magnitud a lo largo del siglo: nada menos que 45.000 sirvientes aparecen en el censo de 1860, el 25 por ciento de toda la población activa de Madrid en ese año.

La Grandeza tiene cada día menos dinero, pero no por eso renunciaba a su viejo modo de vida, mezcla de generosa opulencia, cuantiosas dádivas, mantenimiento de un ejército de criados y consumo conspicuo de las rentas y del tiempo: un rentista madrileño del Antiguo Régimen es alguien que destina sus ingresos a mantener criados y pobres, pero también a no hacer nada.

Por lo que respecta a las clases que gozaban de fortuna, Madrid todavía era en los años treinta, años de revolución y de pueblo en la calle, una delicia; para los reformadores, una desesperación. Pero esa vieja clase dominante, que abre otra vez sus salones como si nada hubiera ocurrido, es incapaz de mirar a la ciudad y dirigir su necesaria transformación en capital de un nuevo estado.

Aunque algunos de sus individuos descollaron por su inteligencia y por el cultivo de las letras, como los duques de Rivas y de Frías, el marqués de Miraflores o los duques de Abrantes, de Gor y de Veragua, como tal clase, y si se exceptúan ciertas vanas distinciones, carecía de resorte común que la moviese. No tiene recursos para construir una nueva capital del estado ni sabría hacerlo, aunque dispusiera de capital.

La aristocracia titulada, dueña todavía de un inmenso patrimonio territorial, íntegramente respetado por la revolución, podía tal vez comprar todavía algún solar o dejar que sus viejos palacios, desvinculados, cayeran bajo la acción de la piqueta.

Sus cuantiosas posesiones de suelo en Madrid, administradas como un capital al servicio de una idea de transformación de la ciudad, habrían sido suficientes para iniciar una profunda reforma de la vieja trama de la urbe.

No fue así, ni podía serlo, porque a la salida de la Guerra de la Independencia y con los comienzos de la Guerra Civil crecieron las dificultades para percibir las rentas procedentes de sus posesiones, aunque se mantuvieran los gastos.

La aristocracia se adentró así en un camino de inevitable ruina, que condujo en tres o cuatro décadas a grandes casas como la ducal de Osuna a la quiebra completa y a otras de no menos alcurnia, como la del marquesado de Alcañices, a desprenderse en cincuenta años de la mitad de su patrimonio.

De una clase social en declive, incapaz de amoldar su comportamiento a la nueva situación, no podía esperarse ningún dinamismo como promotora de una nueva ciudad.

La falta de una clase dirigente dinámica se agravaba porque, entre la clase que Larra llamó "de ociosos y habladores" y la masa de pobres apenas tenía el Madrid salido del absolutismo "una clase media, numerosa y resignada con su verdadera posición". Larra sabe de lo que habla.

Si hay en España clase media, industrial, fabril y comercial, no se busque en Madrid, sino en Barcelona o en Cádiz. Aquí, en Madrid, asegura, no hay más que clase alta y clase baja. Percibe, desde luego, una clase media, pero formada en su mayoría por empleados o proletarios decentes, que "sacada de su quicio y lanzada en medio de la aristocracia, se cree en la clase alta".

Una clase media sin seguridad alguna en sí misma, en sus posibilidades, en su poder. De ahí deducirá Larra, entre otras cosas, que en Madrid sobra público para la ópera y los toros, pero no para los jardines, que por entonces se abren a toda clase de gente: "... que no haya público para los jardines públicos equivale a decir que no hay clase media dispuesta a afirmar en la calle su presencia".

El apunte de Larra no es toda la verdad del cuadro, pues cuando él escribe había acontecido ya la doble revolución que impulsa una radical transformación del juego político y una incipiente diferenciación de clases sociales.

Ante todo, la revolución política que liquida el absolutismo significa la vuelta a Madrid de una considerable masa de exiliados, que habían tenido que salir del país, en diversas oleadas, por afrancesados o por liberales. Componían lo que Carlos Marichal ha llamado "una inteligencia en el exilio": Canga, Argüelles, Alcalá Galiano, Martínez de la Rosa, Istúriz, Toreno, etc.

Su retorno a la capital se dejará sentir en esa otra revolución, más que literaria, cultural, llamada "Romanticismo", que convierte de pronto a Madrid en dinámico centro de la vida literaria, a donde acuden de provincias cuantos se creían inspirados y sentían la tentación de gloria.

Desde la muerte de Fernando VII, además de la quiebra de un régimen, Madrid contempla, entre la fiebre de la excitación romántica y revolucionaria, incesantes estrenos teatrales. A falta de potencia económica y política, Madrid se reafirma, al menos, como centro de producción literaria.

La recobrada posibilidad de escribir, publicar y representar significaba que, de pronto, se habían abierto nuevos espacios físicos de libertad. Junto a la producción literaria, surgen iniciativas de cafés, ateneos y casinos, mientras se abren los salones nobiliarios.

Ya antes de morir Fernando VII, desde 1830, un grupo de amigos y discípulos de Lista abandonan el café de Venecia por el del Príncipe, que Larra tenía por "reducido, puerco y opaco" y que dará cobijo a la tertulia más célebre de aquella década, el Parnasillo, donde de reúnen Mesonero, Roca de Togores, Gil de Zárate, el duque de Rivas y al que acudirá, reencontrando a sus amigos, desde 1833, Espronceda.

En diciembre de 1835 se abre, por una iniciativa presentada ante la Sociedad Económica Matritense y con un discurso inaugural del duque de Rivas, el Ateneo Científico, Literario y Artístico, en el que impartirán cursos y conferencias de derecho político, economía, filosofía de la historia, historia, lengua, literatura y todas las posibles ramas del saber.

El Liceo se funda en 1837 y traslada muy pronto sus reuniones al palacio de Villahermosa. De ese mismo año es también el Casino del Príncipe, donde se reúnen personas conocidas, en elegante y escogida asociación y que, además de facilitar a sus asociados salones con magníficas alfombras y lujosas butacas para mantener sus tertulias, establece rígidos criterios de admisión.

Quien brillaba - escribe Azaña al analizar un momento algo posterior - quería hacerse presentar en sociedad, y nadie brillaba bastante hasta que no era presentado. En los salones de Frías, de Rivas, de Monjita, los más brillantes genios de esta clase media ilustrada iniciarán, en los años cuarenta, su ascensión a los rangos de la sociedad y de la política.

Madrid, se convierte así en foco de atracción de una clase intelectual, que el romanticismo y la revolución, los clubes, cafés y salones, introducirán necesariamente en la sociedad y en la política.


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