La desolada visión de Madrid como capital frustrada no quiere decir que nada se hubiera movido en cien años o que todo el siglo XIX hubiera transcurrido sin cambio digno de mención; más bien, que el punto de partida había sido tan ruinoso que todos los progresos de un siglo que abundó en ellos, no fueron suficientes para sacar a Madrid de su postración.

El origen del mal es bien conocido. Los desastres de la guerra, la quiebra financiera de la monarquía y esos veinte años de despotismo que Valera definió como "periodo horrible de nuestra historia". Las cosas estaban tan mal en 1833, que apenas era posible empeorar.

Desastre, en primer lugar, demográfico, con enfermedades y hambrunas que asolaron la ciudad. Ya en 1804, la escasez de subsistencias provocadas por las malas cosechas y por las dificultades que la guerra entre Francia e Inglaterra ocasionó al comercio oceánico causaron la primera gran hambruna del siglo, que redujo la población de la ciudad de 180.300 habitantes censados en 1798 a los 176.374 que aparecen en el censo de 1804.

Pero si ya esta crisis fue grave, la de 1812 quedó impresa en el recuerdo de los testigos como un "espectáculo de desesperación y angustia".

Hombres, mujeres y niños de todas condiciones, recuerda Mesonero Romanos, "... abandonaban sus míseras viviendas, arrastrándose moribundos a la calle para implorar la caridad pública, para arrebatar siquiera no fuese más que un troncho de verdura, que en época normal se arroja al basurero".

Seres humanos expirando en medio de las calles y en pleno día; lamentos de mujeres y niños al lado de los cadáveres de sus padres y hermanos, tendidos en las aceras.

Al desastre de la guerra se añadió, casi de inmediato, el retorno de un poder absoluto dispuesto a exterminar el brote de liberalismo surgido en Cádiz unos años antes. El 13 de mayo de 1814 celebraba Fernando VII "su entrada pública en Madrid por en medio de arcos de triunfo". Pero la ciudad ya no recibe a su rey unánime en el deseo ni la fiesta.

La parte fanática del pueblo lo vitorea con frenesí, mientras vertían sollozos y lágrimas las familias de hombres ilustres que gemían en los calabozos.

Los destrozos físicos producidos por la guerra y los derribos de iglesias, conventos y casas particulares ordenados por el rey "intruso", con el propósito de esponjar y abrir el apelmazado caserío de la urbe, fue como una especie de representación simbólica de ese otro destrozo moral y político que significó para muchos madrileños el retorno al absolutismo y que hundió a la ciudad en el abandono y la parálisis.

Si el hambre y la muerte que impregnaban la vida madrileña de principios de siglo no fueron bastantes para desalentar los flujos migratorios, el nuevo clima político que se abatió sobre la ciudad provocará un claro estancamiento, del que apenas comenzará a salir cuando va transcurrido ya el primer tercio del siglo.

Que la crisis de 1812 causara la muerte de unas 30.000 personas de más de siete años, no impidió que, en el siguiente censo de 1825, la ciudad superase por vez primera los 200.000 habitantes. Pero esa inmigración, reanudada tras el fin de la guerra, estaba lejos de ser muestra de dinamismo demográfico, pues la ciudad permaneció estancada en torno a esa magnitud, hasta unos años antes de mediar el siglo.

El empadronamiento general de 1845, da una población total de 48.935 vecinos y 206.714 habitantes, cuatro o cinco mil más que en 1825. Solo a partir de mediados de siglo se iniciará el rápido crecimiento demográfico de la ciudad, que doblará desde ese momento y por dos veces su población, en un periodo de no más de ochenta años.

Por el momento, sin embargo, el relativo estancamiento demográfico es el inevitable resultado de los acontecimientos que acompañaron al derrumbe de Madrid como "sólo Corte" y las dificultades para edificar sobre sus escombros la capital digna de la monarquía, por la que suspiraban sus más ilustres habitantes.

En efecto, el fin del Antiguo Régimen y los comienzos del Estado Liberal no fueron en Madrid, ni en España, obra de una próspera burguesía mercantil e industrial, sino más bien resultado de una ruina económica, que arrastró en su estela una quiebra política.

A las causas antiguas de nuestra pobreza - escribía Manuel Alonso de Viado en la Revista de Madrid, en 1838 - debemos hoy agregar los estragos de la Guerra Civil que agravan la deuda del Estado y agudizan el desnivel entre ingresos y gastos, observado ya desde 1792. La consecuencia era inevitable.

No habiéndose reducido los presupuestos del Estado... "se debía abrir tarde o temprano una sima sin fondo, en la cual caería el edificio gótico y carcomido (de la monarquía absoluta) que a duras penas acababa de restablecerse con la ayuda de cien mil bayonetas mercenarias".

La quiebra del Estado absoluto fue el comienzo del declive de la nobleza titulada, residente en Madrid y que seguía, como el Estado, gastando más de lo que ingresaba. No se redujeron sus gastos, pero los ingresos procedentes de las tierras sufrían, ya desde años antes, graves mermas sin que alumbraran nuevas fuentes de rentas.

Sin duda, no se había producido en Madrid, con ocasión de la guerra contra el francés ni después, en 1820, durante la revolución y el trienio liberal, ni, en fin, con las revueltas e insurrecciones populares que se sucedieron desde 1834 y que obligaron a la reina regente a buscar la alianza del trono con el liberalismo.

No hubo ninguna revolución social que hubiera liquidado físicamente a la clase dominante del Antiguo Régimen, procediendo a un reparto de sus propiedades.

Y este fenómeno social - que la nobleza subsistiera aún atravesando dificultades económicas - es una de las claves, si no la clave, de la futura revolución de la ciudad: Madrid, después de la muerte de Fernando VII, de la guerra y de la revolución, todavía alardeaba de ser "la corte más alegre y divertida del mundo".

Corte era igual a sociedad y a la cabeza de la sociedad madrileña brillaban, cuando el país estaba en guerra, personajes como el duque de Osuna, - de arrogante figura, de amabilidad extremada y de talento poco común -, o el duque de San Carlos, que aunque carecía del prestigio que proporcionaban al de Osuna sus ocho millones de reales de renta anual, se permitía invitar a cierto licor turco traído para él expresamente desde Constantinopla.

Eran, aunque por estos detalles de la vida social no lo parezca, tiempos de revolución. Pero una revolución que permite ser contemplada desde los palacios de la grandeza es solo un conato de revolución y los nobles, tras un periodo de incertidumbre y de lamentos por los tiempos que corrían, volvían a abrir sus salones, a frecuentar como si de un privilegio natural se tratase sus paseos exclusivos y hacer lo que se llamaba vida de sociedad.


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