Madrid necesitaba, sobre todo, un espejo en que mirarse "para que se deje de ilusiones y conozca que ha perdido hasta ahora el tiempo en creerse perfecta".

Y, en verdad que no le faltarán espontáneos dispuestos a proporcionarle todos los espejos del mundo: París, Londres y Berlín se convierten, desde mediados de siglo, en libros abiertos por exiliados y viajeros, para que Madrid conozca lo que es y aprenda a transformarse, para alcanzar el rango de capital digna.

Digna de la monarquía en primer lugar; digna de una gran nación luego; digna de la República más adelante y digna, en fin, cuando desaparecieron monarquía, nación y república de España, para acabar proclamada en la Constitución de 1978 como "Capital del Estado".

Capital de la monarquía, capital de la nación, capital de la República, capital de España, capital del Estado.

Así podrían resumirse las cuatro grandes ideas y el añadido final que alientan y acompañan el crecimiento de Madrid desde 1834 y los diversos impulsos recibidos para escapar de su lamentable estado, de postración y de abandono.

El primero, surge inmediatamente después de la muerte de Fernando VII, que abre los ojos a un reducido grupo de madrileños, antes muy satisfechos de su Villa y Corte, pero que a la primera posibilidad de mirar con otra luz y expresarse con otra libertad, lamentan el abandono de la ciudad y proponen algunos remedios para hacer de Madrid la "Capital de la Monarquía".

El segundo, que se esboza con ocasión de la revolución de 1868 y pretende transformar a la ciudad en próspera capital burguesa, quedará como uno más de los Madrid soñados.

La nación, apenas tiene fuerza para sostenerse en pie y, mientras abandona en el olvido los planes para construir su capital futura, se echa de nuevo en manos de la Corona, la Iglesia y el Ejército.

El tercero, surge tímidamente al calor de los cambios que trae el nuevo siglo y estalla, en 1930, como propuesta de construir el "gran Madrid", - pensado por los profesionales e intelectuales de la generación de 1914 -, como digna capital de la República.

El cuarto, anegado en una retórica fascista, hereda en realidad del anterior las líneas maestras del crecimiento y las vuelve a formular, con el objeto de levantar la gran capital digna de la Nueva España.

El añadido final, no obedece a ninguna nueva idea de Madrid. Los padres de la Constitución dicen Estado y, la Villa de Madrid que es ya una metrópoli, se declara su capital.

Si se quisiera personalizar, Mesonero, Fernández de los Ríos y Azaña aparecerían como los constructores de las tres primeras ideas de Madrid - digna de la monarquía, digna de la nación, digna de la República -, sin que pueda atribuirse a un solo personaje la paternidad de la cuarta, aunque, de hacerlo, habría que imputarla a Pedro Bidagor, autor del Plan General de 1941, en su dimensión técnica y al propio Franco en la política.

Cada una de ellas, en todo caso, sería incomprensible sin atender a lo que la ciudad fue en cada momento y a las clases sociales y la forma de poder político, que guiaron en cada ocasión su crecimiento.

La primera, aparece en la época de la revolución liberal, como compendio de las aspiraciones de los compradores de edificios y solares desamortizados en la gran operación lanzada por Mendizábal.

La segunda, en los años de la revolución democrática, como sueño de una clase media que guía al pueblo revolucionario y se confunde con la nación.

La tercera, es la de los profesionales que, en alianza con la clase obrera organizada, reconstruyen efímeramente la ideal unidad del pueblo revolucionario, para traer la República.

La cuarta, hereda todo de la anterior bajo una retórica fascista e imperial, para sucumbir ante una urbanización abandonada al arbitrio de los grandes promotores inmobiliarios.

Y la quinta o, más exactamente, el añadido final, es sólo una consecuencia del consenso constitucional.

Sin recibir el calor tan prodigado en 1931, Madrid se convirtió en 1978, por declaración constitucional, de capital de España en capital del Estado.

A la estática y casi esencialista visión de Madrid como capital artificial, culpable, frustrada y arrancada arbitrariamente de su lugar secundario por la voluntad de un régimen, dictatorial y centralista, se opondrá la de una ciudad que supera en siglo y medio los límites derivados de su origen como Corte de una monarquía vanamente imperial y de la quiebra y ruina de tal monarquía, en el alba de nuestro tiempo.

Al compás de esa trabajosa marcha, Madrid asume, paulatinamente, su función de capital del estado y de la emergente nación. Tal es la visión que se va a proponer en las páginas que siguen.

Con un punto de partida realmente catastrófico, Madrid comenzó a transformar su morfología como ciudad, su estructura de clases y su función como capital desde que se inició - a mediados de ese siglo - el tendido de la red ferroviaria, se resolvió el gran problema del abastecimiento del agua y se decidió luego el derribo de su cerca.

Consolidó después una posición relevante en el conjunto de la economía española con la domiciliación, en su centro histórico, de las más importantes sociedades anónimas y con la instalación de los grandes bancos.

Durante los treinta primeros años de nuestro siglo, a su creciente importancia como centro de comunicaciones, comercial y financiero, añadió un nuevo papel como capital intelectual, cultural y política, debido a una masiva inmigración de clases medias y jornaleras y a la irrupción de un pueblo urbano en el que se sostuvo, hacia 1930, el lenguaje de la revolución popular y la movilización por una República que habría de declarar, por vez primera, a Madrid como capital constitucional del Estado.

Fue en Madrid, por el peso de sus clases trabajadoras y medias, donde la Monarquía española se derrumbó, en el clamor de una fiesta, que había adoptado el lenguaje y las maneras de las antiguas revoluciones populares contra el rey.

Madrid se había convertido así, en Abril de 1931, y por derecho propio, en capital de España por ser capital de la República.

El resto, hasta ayer mismo, comenzó por una larga y penosa disgresión hasta que de nuevo pudieron recuperarse, y más adelante ampliarse, las bases que habían servido para el crecimiento del primer tercio de siglo.

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