





No es sorprendente que, Corte de un Imperio
muy pronto en ruinas, se convirtiera a lo largo del siglo XIX en capital de un
Estado, en el que los intereses localistas, administrados por nobles y caciques,
predominaron sobre la fuerza integradora que se supone atributo de una capital.
No había sido capaz, no había
tenido la fuerza de integrar los territorios del Imperio y careció de ímpetu
para integrar a los diferentes pueblos de una emergente nación.
Sin constituirse en capital económica
y presidiendo el irresistible auge de los intereses locales, Madrid tampoco podía
convertirse en capital intelectual.
Se daba en ella la más densa
concentración de intelectuales y no faltaban centros de ciencia y
cultura, pero Madrid no cumplía, finalizado el siglo XIX, esa función
de capital que consiste en elaborar una cultura radiante.
Si acaso, podría encontrase en ella
una cultura adquirida, una cisterna de cultura que otros habrían ido
llenando, pero pensar que haya podido nunca irradiar su espíritu, es
bobería.
Madrid no sólo no irradiaba nada sino
que se había dejado penetrar por su entorno rural. Eran los "chulos"
que adoptaban un lenguaje de labriegos o esa masa enorme de mendigos, que
encontraron en Madrid su edén, los que daban el tono de la ciudad.
Circular por Madrid es
"hender masas de miserables". Salir de
Madrid es "encontrar a sólo seis kilómetros,
sin transición ni zona pelúdica, el labriego absoluto".
Sin cumplir las funciones de una capitalidad
económica, política y cultural, Madrid se presenta como ciudad
embarullada, carreteril y polvorienta, ciudad frustrada en su propia morfología
y en su crecimiento.
Desde que en 1561 es sede de la Corte,
Madrid crece sin orden ni concierto. Una monarquía en cuyos dominios
nunca se ponía el sol planeaba ciudades cuadriculadas, con irreprochable
urbanismo, en el nuevo mundo, mientras trataba su propia capital como a un patio
trasero.
La regalía de aposento y la misma
fortaleza que servía de palacio a los Austria impidió a la
aristocracia levantar en la capital grandes palacios o disponer de magnificas
perspectivas.
Sus construcciones no pasaron de apelmazados
caserones mientras las calles, en trazado irregular, seguían la línea
que les marcaba el capricho o las numerosas iglesias y conventos.
No faltaron, desde luego, intentos de
racionalizar el crecimiento, de arreglar el trazado, ni propuestas de edificios
magnificentes, pero el mismo hecho de que una tras otra acabaran todas
archivadas y olvidadas, reforzaba el sentimiento de frustración con el de
la impotencia.
Eran tantos los volúmenes que podrían
escribirse con los planes para un Madrid finalmente no construido, un Madrid soñado,
que la realidad presente debía provocar sentimientos de desconsuelo y desánimo.
Se comprende que Madrid no pudiera resistir
una comparación con otras grandes capitales europeas a las que, desde los
años del exilio político o de los viajes de placer, dirigían
sus miradas los liberales, progresistas, reformadores e intelectuales madrileños:
París, sobre todo, o Berlín o Londres.
Se comprende, además, que una ciudad
así haya engendrado tanto lamento como pesimismo despertaba el Estado al
que servía de Capital.
Freno para el crecimiento económico y
causa de estancamiento político, Madrid era la representación
paradigmática de un Estado débil, ineficiente, construido por
grupos oligárquicos de amigos políticos sobre una sociedad rural,
atrasada, retraída, ensimismada, ausente del mercado y de la política
mundial.
Que a finales del siglo XIX Madrid sea la
capital de un Estado que en muy pocos años pierde sus últimas
colonias y levanta fuertes barreras proteccionistas parecía condenar a la
ciudad al destino de capital inmóvil, encerrada en sí misma, feliz
en su pobretería, complaciente en su casticismo, impasible ante los
grandes acontecimientos que trastornaban la historia universal.
La capital de la monarquía ofrecía,
según Mesonero Romanos, un espectáculo indecoroso y repugnante en
medio de la esplendorosa corte de Carlos IV.
Su aspecto general, miserable, sin limpieza,
salubridad ni policía urbana; su mercado, abierto sólo a clases
privilegiadas; sus comunicaciones, inexistentes, convirtiéndola en
capital poco menos que inaccesible; sus calles y paseos, yermos; sus
establecimientos de instrucción y beneficencia, en el estado más
deplorable.
Pocas capitales modernas habrán
merecido tantos y tan generalizados lamentos. Y el cuadro es idéntico al
que se ofrece a finales de siglo: pauperismo africano e inmundas piltrafas
sociales, sus calles son - escribe el diario El
Progreso - el estercolero nacional.
Todos los testimonios concuerdan. Madrid es
durante todo el siglo XIX una ciudad sucia y oscura, con calles angostas e
insalubres, con un caserío mezquino, sin servicios, sin policía;
una villa que nada significa en el mundo, como escribía en 1851 Nicolás
Malo.
Ha dejado de ser ya sólo Corte, y la
vieja nobleza ha entrado en un irrefrenable declive económico, sin haber
alcanzado todavía el rango de capital y sin que afirme su presencia una
burguesía que confunda sus intereses con los de la nación.
La nación, que se proclama por vez
primera como sujeto de soberanía en una ciudad distante, en Cádiz,
no encuentra en Madrid un elemento humano en el que sustentarse.
La capital de la monarquía es incapaz
de sostener, sobre sus hombros, a la nación española y a pesar de
las alteraciones que su pueblo urbano protagoniza de forma intermitente, no
ofrece la sólida estructura económica y social capaz de
convertirla en capital de un Estado que encarne la soberanía de su
pueblo.
Con una nobleza marchita a pesar del brillo
que aún emanaba de los salones; con una burguesía que abrigaba
como máxima aspiración ahorrar lo suficiente para convertirse en
nobleza; con unos artesanos de tienda y taller y con una incontable masa de
pobres y mendigos, Madrid parece confirmar, en el siglo XIX, el artificio y la
culpa de su elección como capital de España.


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