La comparación de una ciudad que llegó en deplorable condición a los comienzos del siglo XX con la pujante capital del Estado Nacional salida de la Guerra Civil, ha arrojado sobre Madrid la sospecha de que toda su gran transformación no haya sido sino producto de un artificio, de la voluntad del régimen instaurado por el general Franco de dotarse de una gran capital, de una capital imperial.

Todo su reciente crecimiento, al igual que su elección como capital de la monarquía hispánica de Felipe II, no sería más que el resultado de una decisión política, de la forzada transformación de Madrid en capital de un destartalado Imperio, y varios siglos después, en espejo de la vacía grandilocuencia del régimen franquista.

Madrid, la cochambrosa capital del antiguo régimen se había convertido en la floreciente capital del nuevo estado, alcanzando así el rango de gran ciudad y la cima de la jerarquía urbana española, en competencia siempre con Barcelona, por la sola voluntad de los vencedores de la guerra civil.

Madrid producto del artificio, Madrid culpable. Sobre esa capital artificial ha caído luego el peso de la culpa por todos los fracasos históricos de la nación a la que debía haber servido de dinámico centro urbano.

Sobre Madrid ha gravitado de antiguo el veredicto de no haber sabido ni podido cumplir esa función, atada como vivía desde su origen a lo artificioso de la elección, objeto permanente de ese reproche.

Los viajeros que siglos después llegaban a sus puertas la juzgaban ciudad ociosa, dedicada exclusivamente al desempeño de funciones cortesanas, con un poblachón tendido perezosamente en el centro de una árida meseta, predador de su entorno, germen donde hay que buscar el origen de la actual decadencia española.

Lugar de residencia de la nobleza de Corte y terrateniente, de burócratas y funcionarios, carente de industria, sin una burguesía emprendedora, perdido el Imperio, Madrid habría sido el gran freno para que España se constituyera en nación moderna.

Madrid artificio, Madrid culpable. Deviene así Madrid capital históricamente frustrada en el doble sentido de no haber podido cumplir su función de capitalidad y de crecer, ella misma, frustrada como ciudad.

No es de hoy, como bien se ve, el reproche, pero seguramente la más elaborada teoría de un Madrid culpable de la frustración histórica de España procede de la primera generación intelectual que, aun si mira a Madrid con ojos críticos, pretende hacer de ella una gran capital.

De los profesionales e intelectuales de 1914 procede, en efecto, la visión de un Madrid que, por ser Corte y no capital, ha carecido de una idea que guiara su crecimiento y que se encuentra, tras la pérdida del Imperio, desorientada, sin saber que camino tomar, encerrada en su cerca, sin medios para elevarse al rango de capital europea.

Madrid parecía a los más conspicuos miembros de esa generación, entre los que quizá Manuel Azaña sea quien pronuncie un veredicto más contundente, una ciudad sin hacer, crecida en libertad, como zarza al borde del camino, una capital tan "frustrada como la idea política a la que debía su rango".

Esa dificultad de Madrid para convertirse de Corte de una monarquía imperial arruinada, en capital de una moderna y próspera nación era evidente, ante todo, en su incapacidad para erigirse en capital económica de España.

Única entre las ciudades europeas de su rango comunicada exclusivamente por pesadas carretas o por diligencias, Madrid quedó alejada y aislada de los centros fabriles y mercantiles más dinámicos de la península hasta que, avanzado el siglo XIX, se mejoró el trazado de las carreteras y se completó la primera red radial de ferrocarriles.

Sin fuerza para constituirse en centro de un mercado nacional, Madrid siguió viviendo de su histórica función como consumidor de rentas agrarias generadas en su región y procedentes de toda España.

El predominio en su interior del consumo sobre la producción y los servicios desalentó el crecimiento económico de la región a la que servía de centro y no sirvió de impulso a las situadas en la periferia.

Aparte de no estimular una economía nacional, Madrid había arruinado la economía castellana, quedando hasta bien entrado el siglo XIX como un centro urbano aislado, en medio de un desierto de ruralidad.

De aquí que la capital ofreciera a los viajantes que llegaban a sus puertas, a mediados del siglo XIX, una sensación de incuria e indolencia.

Al no haber hallado para las rentas que el capital consumía un destino dinamizador de la industria y el comercio, Madrid producía la impresión de un hidalgo perezoso, rural como quien más, que vive de las tierras, suyas o ajenas, y de lo que daba un pequeño comercio que había puesto a nombre de un pariente pobre traído de provincias.

Pereza es, en efecto, la sensación que producían sus clases sociales, estructuradas en torno a un círculo de nobles, terratenientes, comerciantes y burócratas y una masa inestable de inmigrantes.

Si Madrid provocaba tal sensación no era porque en la ciudad se consumiera mucho y se produjera poco, sino, porque quien consumía era, sobre todo, la nobleza, gentes ejemplarmente perezosas, que literalmente no tenían nada que hacer desde que se levantaban tarde por la mañana hasta que se acostaban bien entrada la noche.

Los rentistas y burócratas no les aventajaban demasiado en diligencia ni horarios apretados, por no hablar ya de los pequeños comerciantes que contemplaban el paso de las horas tras el mostrador de su tienda o negocio.

La incapacidad de Madrid para convertirse en capital económica de España encontró su primer correlato en su frustración como capital política.

Ya en la Edad Moderna, en lugar de presidir la integración de un Imperio, Madrid se limitó a "registrar hundimientos de escuadras y pérdidas de reinos".

Elegida como capital del Imperio de los Habsburgo españoles, por se centro geométrico de la península, la corona nunca acabó de sentirla como su capital y hasta hizo todo lo posible por evitarla en sus desplazamientos, sin aventurarse por sus calles.

¡Si es verdad que sólo Madrid fue Corte, también lo es que Madrid fue sólo Corte!.

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