




Probablemente, la actuación más
importante de las piquetas se produjo en la Plaza de Oriente, donde
desaparecieron la Biblioteca Real, el famoso "Juego de Pelota" y un
crecido número de calles y plazuelas.
Las actuaciones llevadas a cabo pretendían
hacer de Madrid una ciudad más sana y habitable, pues el abigarramiento
de las casas, la estrechez de las calles, la falta de espacios abiertos y la
inexistencia de plazas la hacían insana e insalubre, en palabras del
propio rey José Bonaparte.
Los edificios demolidos y la conducta de los
franceses en los temas urbanos, fueron inicialmente interpretadas, por sectores
influyentes, como un ataque a la religión y como un entrometimiento
excesivo.
No obstante, pocos años más
tarde, se reconoció que la mayor parte de los derribos eran muy
necesarios, a pesar de que no fuesen comprendidos ni apreciados en su momento.
Las intervenciones en la Plaza de Oriente,
permitieron un ambicioso proyecto del arquitecto Silvestre Pérez, que
pretendía crear dos importantes ejes que, desde la citada plaza, fuesen
uno hacia la iglesia de San Francisco el Grande y el otro eje hacia la Puerta
del Sol, donde se instalaría un gran teatro, en el solar que todavía
ocupaba la iglesia del Buen Suceso.
El corto periodo de tiempo que duró
el reinado de Bonaparte impidió que este proyecto fuese llevado a cabo.
La Plaza de Oriente y sus alrededores quedaron como un inmenso barrizal, hasta
que en el reinado de Isabel II se terminó de urbanizar.
Cuando el monarca francés se quejaba
del aire madrileño y de su insalubridad, no lo hacía solamente por
el caserío tan apiñado que formaba la ciudad. También le
venían a la mente los cementerios, que estaban todos en el interior, o al
lado de las iglesias, a pesar de las ordenanzas dadas por Carlos III, que
obligaba o al menos aconsejaban su traslado a las afueras.

Madrid capitula ante las tropas francesas el 2 de
diciembre de 1808.
Napoleón Bonaparte, desde Chamartín, pasa
por la Puerta del Sol
camino del Palacio Real.
Madrid tenía en esas fechas 175.000
habitantes, con algunos períodos de intensa mortalidad debido a alguna de
las pestes o enfermedades contagiosas, que puntualmente llegaban a la ciudad.
Con el Real Decreto de 1809, comenzó
el traslado de los cementerios a las afueras de la ciudad. Ese mismo año,
el arquitecto Juan de Villanueva proyectó uno en el norte de la ciudad,
en las inmediaciones de la actual plaza del Conde del Valle Súchil,
pegado por tanto a la cerca urbana.
Otro cementerio se localizó junto a
la sacramental de San Lorenzo, al otro lado del río Manzanares, y el
tercero, abierto en 1811, es el actual de San Isidro, cerca de la ermita del
Santo.
Otras reformas de menor cuantía
fueron emprendidas por José Bonaparte y sus colaboradores. Mandaron
retirar muchas de las cruces distribuidas por calles y plazas, colocada cada una
por motivos distintos, pero que dejaban ver el poder de la iglesia en la ciudad.
Se cubrieron algunas de las alcantarillas
que estaban destapadas y que aumentaban los peligros para la salud y los malos
olores, amén de otras cosas.
A pesar de la guerra, continuaron los
festejos y las celebraciones. Entre ellos, adquirieron gran relevancia los
toros, a los que el monarca era muy aficionado, participando personalmente
incluso en capeas.
La realidad urbana madrileña, a la
salida de los franceses, era bastante desoladora. Las iglesias y los conventos
derruidos no habían podido convertirse en plazas ordenadas o en nuevas
construcciones. Además, las tapias de la cerca mostraban sus ruinas en
tramos importantes.
El Parque del Retiro aparecía lleno
de zanjas y de árboles talados, pues allí había estado
instalado el ejército francés durante toda la guerra, ocupando los
edificios existentes para atender las necesidades bélicas.

Civiles como éstos fueron los protagonistas
del desigual
enfrentamiento con las tropas francesas al mando de Murat.
Las
armas cortas, picas, navajas y escopetas de caza nada
pudieron hacer contra
la fusilería y cañones franceses.
El militar representado
es un oficial de Artillería como los
que se levantaron en Monteleón.
Así, el Observatorio Astronómico
situado en el cerrillo de San Blas, dentro del parque, había servido de
polvorín y lo que hoy es el Museo del Prado había sido cuartel de
caballería, por citar sólo los más importantes.
Si era poco el destrozo causado por la
propia guerra y por los franceses, quienes nos habían ayudado, los
ingleses, antes de marcharse se encargaron de destruir algunas fábricas,
como la de porcelanas de El Retiro.
La explicación oficial fue la de
evitar que cayera otra vez en manos de los franceses y la oficiosa el evitar la
competencia que estas fábricas pudiesen hacer a las inglesas.
Los años posteriores a la Guerra de
la Independencia fueron años difíciles para los madrileños.
Las pérdidas humanas, unidas al hambre y al estado lamentable de la
ciudad ensombrecieron el panorama de Madrid.
Durante la estancia de los franceses, el
pueblo de Madrid sufrió el azote del hambre. La fanega de trigo costaba
540 reales y doce el pan cocido de dos libras. Los madrileños menos
favorecidos se alimentaban de tronchos de berzas y hierbas.
Desde septiembre de 1811 a julio de 1812, más
de 20.000 personas murieron en Madrid, por culpa del hambre.
El 17 de mayo de 1813, José Bonaparte
abandona definitivamente Madrid. Las fuerzas españolas al mando del "Empecinado"
ocupan la Villa y el 5 de enero de 1814 llega a la capital la regencia del Reino
y el gobierno.
Es probable, que esta situación
hiciese más deseable la llegada del nuevo monarca Fernando VII. Son las
Cortes Constituyentes, reunidas en Madrid, las que el 25 de abril de 1814 piden
al rey Fernando VII, que se encuentra en Valencia, que regrese a Madrid, cosa
que hizo unos días más tarde, el 11 de mayo de 1814.



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