Cuando Madrid entra en el siglo XIX es rey Carlos IV y alcalde de la Villa Juan de Morales Guzmán y Tovar.

La capital de España se enfrenta a un siglo nuevo con la necesidad de ordenar la expansión urbanística que exige la Villa, tanto por su crecimiento demográfico como por el poder de atracción que ha empezado a ejercer.

Continúan las reformas ornamentales. En el Salón del Prado se instala la fuente de Apolo y, muy cerca, se inician las obras del palacio de Linares. Se descubre una intriga contra el rey Carlos IV y éste ordena el arresto del Príncipe de Asturias, que es trasladado hasta El Escorial.

El desarrollo de la Villa tiene que esperar. El año 1808 es un año dramático. Abdica el rey. El pueblo de Aranjuez se amotina contra Godoy, valido del rey, amante de la reina y sospechoso de querer ostentar la regencia. Las tropas francesas iban a entrar por Chamartín con José Bonaparte a la cabeza.

El 18 de marzo de 1808, la alcaldía madrileña dicta un bando en el que se pide a los madrileños que traten a los franceses "con toda franqueza, amistad y buena fe". El 24 de ese mismo mes llega a Madrid Joaquín Murat, lugarteniente de Napoleón en España.

Al día siguiente, Fernando VII hace su entrada oficial en la Villa como rey. El 10 de abril, el nuevo rey viaja a Bayona para entrevistarse con Napoleón.

El día 1 de mayo, Madrid prepara la gran resistencia. Murat es silbado en las calles y al día siguiente se generaliza la protesta contra los franceses. La resistencia, la lucha armada, va a resultar difícil. En Madrid, solo hay 4.000 soldados de las tropas reales y 4.500 de guarnición.

A las nueve de la mañana del día 2, frente a Palacio, se concentran más de dos mil madrileños dispuestos a levantarse en armas contra los invasores. Abren fuego los franceses, disparando con dos piezas de artillería contra la multitud. Empieza la primera batalla.

El pueblo de Madrid lucha como puede, sin apenas armas, en las calles de Bailén, Mayor, Santo Domingo y en la Puerta del Sol. Un grupo de madrileños llega hasta el Palacio de Monteleón, que es parque de artillería, donde acude el capitán Daoiz.

Otro capitán, Velarde, convence al coronel de voluntarios, Esteban Giráldez, para que deje salir a una compañía, al frente de la cual va el teniente Ruiz. Consiguen que el parque de artillería se subleve y ponga las armas a disposición del pueblo.

En Monteleón, se produce una heroica resistencia de sesenta militares y de ciento cincuenta civiles. Dos mil soldados franceses vencen la resistencia en poco más de una hora. Pasado el mediodía, las tropas gabachas rompen la resistencia de los valerosos madrileños.

En las calles donde se han producido los enfrentamientos más cruentos quedan esparcidos más de mil cadáveres. La jornada de lucha ha sido tan heroica como inútil.

Los franceses no perdonan el atrevimiento de los madrileños que se han levantado en armas durante la histórica jornada del 2 de mayo y, a la madrugada del día siguiente, comienzan las ejecuciones de los apresados.

El Paseo del Prado, los patios del Buen Suceso, las puertas del Retiro y la de Segovia, la Casa de Campo y la Moncloa son escenarios de los fusilamientos que el pintor Francisco de Goya plasma en un desgarrador lienzo. Hasta el día 5 de mayo se reproducen, al amanecer, los fusilamientos de los madrileños que iniciaron la sublevación.

"Fusilamiento del 3 de Mayo de 1808"
Francisco de Goya - Museo del Prado

El 20 de julio entra en Madrid José Bonaparte, hermano de Napoleón, para hacerse cargo del trono de España. Sólo diez días después abandona Madrid, temporalmente, al tener noticia de la derrota de las tropas francesas en la batalla de Bailén.

El 2 de diciembre el rey francés acampaba en el cercano pueblo de Chamartín de la Rosa. Dos días después, Madrid capitula ante las amenazas del rey francés.

Cuando José Bonaparte, autoproclamado rey, se instala en el palacio de la calle de Bailén, Madrid ha sufrido una importante pérdida de proyección y avance desde la muerte de Carlos III. Es una ciudad donde la huella de la modernidad sólo se palpa en el Salón del Prado y en el Retiro.

Sus calles son angostas, mal empedradas y pobremente alumbradas. Escasean los teatros, no hay plazas decorosas y las aceras, así como las calles con buen pavimento, son escasas. El ruido y la suciedad son la tónica dominante.

Las cinco puertas de sus murallas se cierran a las diez de la noche en el invierno y una hora después en verano. La Puerta del Sol es el centro donde se concentran los cesantes, los aguadores y los arrieros. Las lluvias convierten las calles en arroyos, generalmente pestilentes.

Se organizan mercados ambulantes, en donde la pulcritud y los buenos géneros brillan por su ausencia. Eso sí, menudean las tascas, los prostíbulos y las ventas.

El abastecimiento de agua se hace a través de aguadores, a pesar de existir varias canalizaciones, y los madrileños sólo disponen de cinco litros por cabeza y día. Aumenta el número de casas de baños públicos porque las viviendas carecen de aseos.

Lo que no se ha detenido es el frenesí de la piqueta y, pese a la invasión francesa y a las destrucciones que ha causado en el patrimonio arquitectónico de Madrid la artillería invasora, el propio Concejo permite el derribo de iglesias y conventos.

Destacan la de Santiago, en la plaza que lleva su nombre; la iglesia de San Martín, hoy plaza y calle del mismo nombre; la de San Miguel, en la actualidad plaza y mercado y la de San Juan, ubicada en la plaza de Ramales.

En esta última, estaba enterrado el gran pintor Velázquez. Con su desaparición se perdieron los restos del pintor. Actualmente, se están llevando a cabo unas excavaciones a fin de encontrar los cimientos de la iglesia y con ello la cripta subterránea donde, según se cree, reposan los restos de Velázquez.

La piqueta destructora llegó, así mismo, a algunos conventos, como los de monjas carmelitas de Santa Ana, y de monjes premostratenses de San Norberto. Ambos dieron lugar a plazas tan conocidas como las de Santa Ana y la de los Mostenses.

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