


Varias leyendas posteriores,
con los cristianos como actores, pudieran explicarse por este hecho.
Es posible, por tanto, que
en la "almudena" o
"medina" madrileña hubiese agua
para unos baños, pero ningún resto, ni aún toponímico
ha llegado a nuestros días. En las ciudades árabes había
también, y los sigue habiendo en ciertos municipios marroquíes y
mauritanos, baños a extramuros, fuera de la medina estricta.
Estos baños solían
utilizar agua de manantiales, atractivos por su pureza o por poderes termales.
En el medievo madrileño se documenta la existencia de unos baños,
situados junto al arroyo de San Pedro.

Aunque hablar de
localizaciones seguras donde se desarrollasen las actividades comerciales en el
Madrid musulmán sería fantasear, porque en el caso madrileño
no se ha conservado ninguna voz toponímica relacionada con estás
prácticas, al contrario que en muchas ciudades castellanas y andaluzas,
la comparación con estos casos y con ciudades árabes actuales del
norte de África, pueden consentir aventurar algo.
En el Madrid musulmán
pudo haber algo de mercado delante del castillo, ante la mezquita o en las
inmediaciones de las puertas, sobre todo de la de Santa María o Almudena,
tanto a intramuros como fuera, ya que el paraje era llano, al contrario que en
la Puerta de la Vega.
Dada la importancia y la
población de este primer Madrid, nada extraordinarios, hay que pensar que
el comercio madrileño debió atender prioritariamente necesidades
locales, y a lo sumo, de algunos villorrios cercanos.
Madrid, no desarrolló
a lo largo de la Edad Media fama de cabecera comercial de la comarca, al
contrario que Alcalá de Henares con sus célebres ferias. Por
tanto, la actividad comercial sería la propia de una localidad de tipo
medio y la inherente a una destacada guarnición militar.
Para atender las demandas de
las tropas acuarteladas, debieron existir talleres de oficios vinculados al ejército
musulmán, que debían situarse no lejos del acuartelamiento
estricto, o sea el Alcázar.

Representación
imaginaria, en 1956, de la muralla árabe,
en la que se aprecia
claramente la Puerta de la Vega.
Autor P. Schild.
Se cree que el mantenimiento
de un barrio, en la época de los Austrias, donde predominaban oficios
militares, tenía sus raíces en el Madrid árabe, al tener la
zona indicada, junto a la Puerta de la Vega, carácter de barrio militar,
con sus herreros, carpinteros, caballerizas, armeros, guarnicionerías,
fraguas, etc.
Pero tanto la población
militar como la civil, no se abastecían sólo de estos productos o
faenas ligados a lo bélico. Por muy pequeño que fuese Madrid en
estos siglos de presencia musulmana, debían darse forzosamente otros
oficios, normales en toda población medieval.

Estos oficios, podían
atender las necesidades del castillo, pero sobretodo las de la población
civil de la medina. En Madrid, vivirían y trabajarían zapateros,
alpargateros, sastres, teleros, barberos, panaderos y quizás algún
orfebre o algún especiero entre otros.
Una de las actividades de Madrid, que alcanzó
fama y prestigio, posteriormente perdida, fue la alfarería, ya que desde
antiguo, fueron alabados los hornos madrileños, donde se cocía un
excelente barro. El elogio más antiguo que se conoce es del geógrafo
Al-Himllari, que dice:
"Hay en
Mayrit una tierra de la que se hacen pucheros, los cuales se pueden utilizar,
poniéndolos al fuego durante veinte años, sin que se rompan. El
alimento que en ellos se deposita no se altera jamás con el calor de la
atmósfera..."
Esta alfarería
madrileña debió perderse pronto, pues en la época de los
Austrias ya no quedan rastros, pero un eco firme de la misma, podíamos
hallarlo en los barros y cerámicas utilitarias de la cercana localidad de
Alcorcón, población de etimología también árabe,
que fabricó excelentes cacharros hasta mediados de este siglo.
Junto con los quehaceres
generados por la presencia militar, y los demás oficios propios de toda
población, la ocupación mayoritaria entre los madrileños,
fue la agrícola y hortelana.
La dedicación de los
madrileños al cultivo de los campos se iniciaría con los
musulmanes, ya que la población visigoda, de haber existido, se habría
dedicado a la caza y al pastoreo.

Los árabes
transformaron la villa en "ciudad agrícola" debido a la
extraordinaria actividad que en el cultivo de los campos desplegó la España
musulmana.
Se sabe bien que, los
habitantes de las ciudades de esa España amaban la naturaleza y no podían
vivir sin alejarse de vez en cuando del apretado núcleo urbano, para
disfrutar de la vida campestre en las casas de campo que, a base de jardines y
huertas con árboles frutales, formaban en los alrededores de las
ciudades.
También se sabe que,
toda población hispano-musulmana aparecía siempre dentro de un
gran anillo vegetal, como consecuencia de la afición de los musulmanes de
España a poseer cada uno su trozo de tierra donde plantar árboles
y flores.
Existe un interesante
documento del siglo XIV, donde se hace una descripción del entorno
natural de la villa, que admitiendo cambios y modificaciones, no debía
ser muy diferente del aspecto de varios siglos antes.
Este documento, habla de
cebadales, campos de pan llevar, garbanzales, azafranales, viñas,
parrales, nogaledas, melonares y huertos, donde se cultivan manzanas, higos,
cerezas, granadas, ciruelas, almendras, peras, albaricoques, cermeñas,
duraznos, membrillos y moras, además de rosales.
Un poco más tarde, en
1500, otro documento amplía el repertorio vegetal con guindas, olivares y
otros frutos, lo que junto a las bien documentadas dehesas y pastos, pinta un
paisaje frondoso y lujurioso para el entorno de aquel Madrid medieval.

Aunque la zona tradicional más
citada para situar las huertas y campos de labranza es la Vega del río
Manzanares, se puede afirmar que casi todo el entorno de la misma debía
ser aprovechado para faenas agrícolas, hortícolas y ganaderas.
Así, la Sagra
denominaba al campo extenso y dilatado al norte de la villa, más allá
de la moderna Plaza de Oriente. La voz de Atocha alude a campos de esparto o
atochares en el camino de Vallecas.
La abundancia de agua
posibilitó, así mismo, el cultivo de grandes huertas de regadío
en las inmediaciones del Monasterio de los Jerónimos, al este, en lo que
más tarde serían Paseo del Prado y Jardín Botánico.
A lo que habría que añadir
las numerosas toponimias que muchas calles de Madrid han tenido o aun mantienen,
como Olivar, Alameda, Vallehermoso, Guindalera, Valverde, Hortaleza, Almendro,
Parra, Granado, Huertas, etc.
Es cierto, que se está
describiendo un panorama del bajo-medievo, y aún posterior, pero como en
el caso del barrio militar, muchas toponimias, voces y lugares debieron retener
hasta muy posteriormente, su primitivo origen, y que aún, cuando éstos
se perdieran, se mantendrían en la tradición y en la cultura de
las gentes.
La impronta del Madrid
musulmán fue quizás mucho mayor de lo que hoy imaginamos en el
posterior desarrollo de la Villa y de la Corte.
IMAGENES:
Arquitectura
Musulmana y
tipos Hispano-Musulmanes

- Tipo Hispano-Musulmán.
Cubre su
cabeza con un bonetillo y viste chaleco y botas de piel de conejo.
- Interior de una ciudad Hispano-Musulmana,
hacia el siglo X.
Los jinetes de la izquierda, que portan largas lanzas,
montan sin estribos
y sus caballos están adornados con colgantes en
forma de media luna.
Los hombres del primer plano, llevan como abrigo sendos
mantos largos,
mientras a su lado, hay un vendedor ofreciendo su mercancía
a
una mujer acompañada de un niño.
Las casas, pobres, no tienen
más que un piso,
a excepción de la levantada junto al alminar
de la mezquita aljama.
- Restos de la vieja muralla Musulmana de
Madrid.
- Placa en honor a Muhammad I,
localizada
cerca de la primera muralla que mando construir
después de conquistar
la pequeña villa,
que por aquel entonces era Madrid.


Copyright © 2002 por
JLL & JRP.
Todos los derechos
reservados.