



Se podría arriesgar a suponer que los
árabes, en ésa segunda mitad del siglo IX, al decidir levantar una
fortaleza, no albergaban intención de provocar el desarrollo de una
ciudad, ni se sentirían, de modo especial en el papel de
"fundadores", ya que las circunstancias
específicas de la construcción del castillo, hacen pensar que éste
solo perseguía finalidades defensivas, estratégicas y militares.
Pero hay diferencias sensibles entre aceptar
la hipótesis de una fortaleza alejada de todo núcleo urbano
preexistente o la de un castillo situado en las proximidades de una población,
por pequeña que ésta fuese.
Las dos posibilidades son sugerentes, y además,
perfectamente posibles: que los árabes construyeran una magnífica
fortaleza, en medio de un espeso bosque de monte bajo, o que se encontraran con
una aldea visigoda, tranquila, al amparo de su anonimato político y de su
fértil y próspera agricultura.
Los escritores árabes medievales que
hablan de Madrid y de la construcción musulmana del castillo, no dejan
lugar a dudas sobre la absoluta paternidad islámica del mismo, pero no
incluyen la más mínima alusión, por levísima que ésta
fuese, sobre la existencia de algún núcleo urbano cerca del
castillo.
De haber existido alguno, es difícil
que estos cronistas no lo registraran, sobre todo porque la distancia entre
castillo y poblado visigodo era también mínima, por más que
el concepto de distancia fuese muy distinto en el siglo IX.
Por mucho que se signifique el tema de la
distancia entre ambos elementos, castillo musulmán y aldea visigoda, ésta
estaba prácticamente a un tiro de piedra de aquél, pues el lugar
donde la tradición quiere que se localizara el Madrid visigodo, no es
otro que el cercano, por no decir inmediato, Vallejo de San Pedro, por donde hoy
transcurre la calle de Segovia.
Pero, ¿cómo era este Vallejo de
San Pedro, hipotético escenario de aquel Madrid visigodo, anterior a la
invasión musulmana?.
Desde luego, un paraje ideal para vivir, un
lugar geográfico que reunía inmejorables requisitos para hacer
posible una vida serena y organizada. Las edificaciones, se levantarían a
lo largo del curso del arroyo, y las callejuelas y casas debían ir
encaramándose a las laderas de los dos cerros que apretaban, al norte y
al sur, el citado vallecillo.
La abundancia de aguas, tanto del arroyo,
que nacía en el seno mismo de la aldea, como de otras fuentes y
manantiales, que brotaban en las laderas de los cerros, suministraban un
abastecimiento de agua para la población, más que suficiente.
Y en esta situación, llegamos al
momento histórico de la invasión musulmana de la Península
Ibérica, en el año 711.
Durante el primer siglo y pico de su
dominación, en esa época casi total en el territorio peninsular,
el Vallejo de San Pedro no sería más que un puntito insignificante
en una inmensa geografía, máxime si la pequeña población
visigoda no era una realidad.
La soldadesca musulmana, encontraría
una extensa área natural, de monte bajo, rica en dehesas, vaguadas y
collados, paisaje por tanto variado y cambiante, con sorprendente abundancia de
ríos, arroyos y riachuelos, que favorecían una vegetación
espesa y variada, lo que a su vez, era medio idóneo para una fauna
plural y fecunda.
Eso era, a buen seguro, el paisaje que debió
ofrecerse a la vista de los ocupantes sarracenos, y del que aún podemos
hacernos cierta idea, con todos los cambios y mutaciones imaginables, en el
Monte del Pardo y en la Casa de Campo.
Al norte de esta frondosa extensión,
como muralla natural que cerraba el panorama, la sucesión de cumbres del
Sistema Central, tal como muchos siglos más tarde, desde las ventanas del
Alcázar Real, convertido en palacio de los Austrias, las contemplara el
ojo fino y objetivo de Velázquez, pintor real.
A la izquierda del río Manzanares,
según el curso natural de éste, se elevaba un potente promontorio,
con la cumbre posiblemente achatada, rodeado de agrestes y boscosos barrancos,
desde cuya cima se tenía un soberbio panorama y control visual de toda la
región, con el fondo de las montañas de la sierra.
Al sur, más abajo, después de
que las aguas del Manzanares, y de los demás ríos serranos, se
hubiesen unido al río Tajo, se encontraba la ciudad histórica de
Toledo, capital de la monarquía goda que los árabes habían
destruido.
Aunque el emirato, primero, y el califato
cordobés, después, no mostraran nunca mucho mimo hacia Toledo, ésta
seguía teniendo cierto carisma, acrecentado con el hecho de emplazarse en
el centro de la península.
Fue por tanto, en este altozano, donde los
musulmanes deciden, en la segunda mitad del siglo IX, levantar una fortaleza,
para vigilar el camino que quedaba entre la sierra y la comarca toledana.
Es, en ese momento, cuando oficialmente,
comienza la historia de Madrid, una ciudad, antes sólo enclave, llamado a
ambiciosos destinos.


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