Antes de acometer la tarea de plasmar en las siguientes páginas la Historia de Madrid, sería oportuno plantearnos la cuestión de los orígenes de esta ciudad, ante lo que cabe adoptar las interrogantes que serían válidas, en el caso de cualquier otra ciudad:

¿Ha existido siempre?
¿Desde cuando es ciudad?
¿Cómo y porqué surgió?
Su existencia, ¿se pierde en la noche de los tiempos?

La respuesta, según las ciudades, no es siempre la misma.

Desde principios del siglo XX, los pacientes eruditos o los abnegados historiadores, con vocación de madrileñistas, fueron construyendo la sólida creencia de que Madrid había surgido en un punto exacto, por un personaje concreto, y con una misión clara:

El paisaje era el siglo IX, el personaje fue el Emir Cordobés Muhammad I, y la misión, defender Toledo de posibles ataques cristianos, ingredientes más que suficientes, para sustentar los pilares de la historia de una ciudad.

Sin embargo, una cosa es Madrid, como ciudad, como hecho urbano e histórico, con límites cronológicos, según qué época, contundentes, y otra cosa es el "sitio", la zona, el paraje de Madrid.

Viene a cuento toda esta disgresión, para demostrar que, un paraje intrínsecamente madrileño no ha sido urbanamente Madrid hasta tiempos muy recientes, o si lo queremos decir de otro modo, cómo el núcleo originario de Madrid no fue nunca Madrid, sino el curso y las márgenes del río Manzanares.

Y sin embargo, ¿alguien duda de su madrileñidad?

La ocupación urbana de los barrios que hoy flanquean ambas márgenes es recientísima, pero la arqueología nos ha demostrado cómo allí se inicia lo que siglos y siglos más tarde sería Madrid, y cómo, en esas orillas, duerme el corazón remoto y primigenio, la raíz de las memorias de siempre, de esa ciudad, de ese paisaje, que, antes de llamarse Madrid ya era Madrid.

Muchas ciudades tomaron su nombre de un río, un lago, una montaña, o de cualquier otro accidente físico o natural, y en Madrid esto se plasma de forma bien elocuente.

El nombre de Madrid, que quiere decir "abundante, rica en aguas", vino determinado por una realidad externa al hombre, al habitante del lugar, el que sería llamado "madrileño".

No trajeron los hombres, después de fundar Madrid, la rica y abundante agua, aunque éstos luego la utilizaran, canalizaran y manipularan. El agua de Madrid existía antes de ser la ciudad una realidad urbana.

En vez de tomar su nombre del cerro, del castillo, de los agrestes barrancos que rodeaban la fortaleza, Madrid lo tomó de lo que era consustancial a la entraña misma de la tierra, sobre la que los hombres levantarían muros, casas y torres: "el agua, el agua subterránea, rica bajo la ciudad".

Mucho antes de que los hombres decidiesen vivir agrupados en ciudades, y de que existiese, por tanto, el fenómeno urbano, lo que siglos y siglos más tarde sería la gran urbe de Madrid, el paisaje de Madrid ya estaba poblado, habitado. Eran madrileños, sin saberlo, ¡habitantes de un Madrid que existía sólo en la imaginación del futuro!.

Estos habitantes eran los cazadores prehistóricos del Paleolítico, hace más de doscientos mil años, que poblaban toda la zona del valle del Manzanares, y que merodeaban alrededor de los muy numerosos arroyos y riachuelos, que iban a morir en las aguas, entonces mucho más caudalosas del río Manzanares.

El primitivo valle del Manzanares era un paraje idóneo para que los nómadas de la Prehistoria diesen caza a enormes animales, como elefantes, mamuts, caballos y toros salvajes, grandes ciervos, e incluso hipopótamos y rinocerontes, que se acercaban a abrevar al lecho del río.

Desarrollaban estos hombres de aquel lejano Madrid toda una variada industria lítica, compuesta de hachas, raederas, puntas de fecha, útiles y otras herramientas y objetos de uso, que empleaban en su vida aún rudimentaria, y que el azar del tiempo preservó bajo las arenas de los torrentes, lechos y laderas de las márgenes del río, en las zonas que el crecimiento urbano del moderno Madrid ha convertido en barrios residenciales y en vías de circulación rápida.

La depredación del hombre y los profundos cambios climáticos, alteraron los factores de equilibrio ecológico que caracterizaban al valle del Manzanares, durante todo el largo período del Paleolítico.

El nomadismo Paleolítico dio paso a la ocupación sedentaria, más o menos estable. Durante el Neolítico, alrededor de cuatro mil años de antigüedad, el valle decayó en intensidad de población y ocupamiento, pero aún así, siguió ofreciendo albergue a diversos agrupamientos humanos.

Nada parecido a núcleos urbanos se ha de esperar de éstas épocas, pero restos de pequeños poblados y necrópolis se han encontrado en el Cerro de las Vistillas, Villaverde, carretera de Andalucía y orilla derecha del propio Manzanares, que atestiguan una presencia humana y cultural a lo largo de la Edad del Paleolítico, Neolítico, Bronce y Hierro.

Hasta ahora, en la dilatada noche prehistórica, el valle del Manzanares y todas las zonas laterales y contiguas de influencia geográfica, han ofrecido una continuidad poblacional, y es muy posible que, durante el último milenio antes de Cristo y en los siglos de ocupación política y cultural romana, esa continuidad se mantuviera.

Se sabe que hubo villas romanas en la Casa de Campo, Villaverde y Carabanchel, con ricos mosaicos: eran villas campestres, a modo de pequeñas explotaciones agrícolas, que se situaban cerca de las diversas calzadas romanas, que surcaban toda la zona central de la península, como las vías que unían Segovia y Titulcia, ésta y Alcalá, o ésta y Segovia.

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