


DESCUBIERTOS LOS SUPUESTOS
RESTOS DEL ACCESO A LA CIUDADELA
El
PAÍS - 21 Septiembre 99 - Texto de Rafael Fraguas

Las dudas han desaparecido: la muralla que
cercaba la ciudadela árabe que dio origen a la urbe de Madrid muestra ya,
abiertamente, su trazado en el subsuelo de la excavada plaza de la Armería.
Está donde debía estar, donde siempre estuvo.
Sus muros de piedra caliza y silex, de hasta
3,70 metros de anchura, dibujan además el contorno de lo que, casi con
certeza, fue la Puerta de la Sagra, acceso principal a la ciudadela, según
las hipótesis que baraja Esther Andréu, arqueóloga que
dirige la excavación más importante de cuantas abren hoy las entrañas
madrileñas.
Ya no hay duda. La muralla árabe que
cercaba la almedra central sobre la que nació Madrid hace diez siglos, se
encuentra exactamente donde se creía que permanecía, oculta a la
vista exterior, desde finales del siglo XV; bajo la explanada que une la plaza
de la Armería del Palacio Real y la catedral de La Almudena.
Sobre este espacio, el Patrimonio Nacional
proyecta construir el futuro Museo de las Colecciones Reales que albergará
objetos de arte suntuario, además de carrozas, carruajes y automóviles
pertenecientes al legado regio, siempre y cuando lo permitan el valor y el
volumen arqueológico de lo hallado en este fragmento del subsuelo más
singular y mágico del Madrid antiguo.
La contemplación de todo lo
encontrado, hasta ayer mismo, es un espectáculo. Por cierto, un espectáculo
segmentado y estratificado por capas, cada una de las cuales va mostrando
vestigios arquitectónicos de épocas más añosas a
medida que las catas, abiertas por un equipo de arqueólogos y de
excavadores que dirige Esther Andréu, se van haciendo más
profundas.

PIE DE FOTO: Excavaciones arqueológicas,
frente a la plaza de la Armería, en junio de este año.
En un primer nivel, justo bajo el suelo de
la explanada, surgen los restos de las reformas acometidas en el siglo pasado
sobre la planta de las Caballerizas Reales, reformadas en el siglo XVIII por el
alarife Olmo, y también en la centuria previa, bajo el reinado de Carlos
II, por Luis y Gaspar de Vega.
Las cuadras y los establos de la jinetería
regia fueron edificadas en tiempos de Felipe II, en pleno siglo XVI. Todo un paño
de piedra de aquella época exhibe indemnes sus muros lisos, con la
vetustez herreriana, plana y sobria, que los caracterizaba. Un laberinto de
callejones abovedados con arcadas de ladrillo, amurados en paños de
mampostería, va señalando la dirección de los surcos, que
guían hacia el subsuelo más hondo del palacio.
Restos de las denominadas Casas de Pajes,
criados y palafreneros del viejo Alcázar de los Austrias incendiado por
completo en el año de 1734, se muestran adosados a lo que fuera la
muralla árabe.
Sus paredones de hasta tres metros y medio,
- 3,70 precisa Isaac, el dibujante del equipo
- exhiben su contorno macizo, de piedra caliza y silex,
sabiamente trabado en declive por fortificadores árabes sobre el talud
que flanqueaba, hacia el hoy Campo del Moro, el contorno amurallado.
Precisamente sobre este declive, la arqueóloga
Esther Andréu cree que puede hallarse la hasta ahora perdida Puerta de la
Sagra. La topografía del terreno indica un desnivel sobre el cual la
muralla, en su trazado, revela ya la existencia de un portillo, de aquellos que
acostumbraban flanquear las tres puertas de acceso a la ciudadela árabe,
de Santa María, de la Vega y de la Sagra.
"Habrá
que confirmarlo del todo", subraya Andréu, "pero yo barajo esta hipótesis como muy
verosímil".

PIE DE FOTO: La excavación bajo la explanada
de la plaza de la Armería
y la catedral de la Almudena muestra cada
día nuevos hallazgos
en el perímetro elegido para instalar el
futuro Museo de Colecciones Reales.
Nuevos paños de la muralla árabe,
así como vestigios de la Puerta de la Sagra
(en la fotografía),
acaban de aflorar en lo que fuera la ciudadela
del primer asentamiento
madrileño.
El cálculo de la edad de los
materiales de construcción hallados se realiza, cuando se cree que poseen
suficiente importancia, mediante un proceso de termoluminiscencia, capaz de
descodificar las radiaciones ultravioletas depositadas en aquéllos a lo
largo del tiempo.
"No
se puede precisar la edad del material", señala
la arqueóloga, "pero sí
cabe datar con bastante aproximación la fecha en la cual el material de
ahí fue colocado".
Mientras Andréu narra el relato de lo
que su equipo va encontrando en el perímetro perforado, una
retroexcavadora horada el subsuelo sobre el que, hasta hace apenas unos meses,
se erguía la estatua de Felipe II con su espada de bronce orientada hacia
el enrejado que cerca la explanada sobre el murallón del Campo del Moro.
Ella no parece preocupada por la presencia
de las grandes taladradoras sobre tan delicado subsuelo. "Solo se trata de remover los cimientos de esa
estatua reciente, para despejarlos", indica
Cerca, sobre los barracones instalados para
los operarios, una colección de bolsas de plástico exhibe miles de
fragmentos de cerámica encontrados tras la excavación. Predominan
el azul talaverano y la fría pátina de porcelanas francesas.

