Desde Tetuán a Carabanchel, ocupando intermitentemente la gran vaguada del Abroñigal que corre de norte a sur por toda la pared este de Madrid, y que se configuraba ya como proyecto de vía rápida, densificándose en Vallecas, para volverse de nuevo masivas en Villaverde y Carabanchel, todo Madrid aparece en los últimos años cincuenta y durante toda la década siguiente rodeado de ese cinturón de chabolas.

Reaparecieron, al mismo tiempo, las muestras de malestar obrero. La inflación que siguió inmediatamente a los primeros signos de reactivación económica y las condiciones generales de la vivienda provocaron protestas obreras en Barcelona, Bilbao y Madrid.

La crisis política de 1957 tuvo mucho que ver con ese deterioro y, a la vez, marcará el punto de inflexión de las dos actuaciones que determinarán la transformación de la ciudad. La política de construcción de viviendas, bajo la casi exclusiva intervención del Estado y luego por una iniciativa privada que comenzaba a gozar de apetitosas subvenciones oficiales y, en segundo lugar, la decidida política de desarrollo industrial.

Diseñada cada una de ellas por fuerzas políticas relativamente hostiles en el seno del régimen, se caracterizarán por la urgencia de los planes y por un ansia de actuación rápida, que no tendrá en cuenta, para nada, la planificación anterior e incluso acabará por demoler sus más esenciales supuestos.

El primer indicio del alud que se avecinaba fue el Plan de Urgencia Social para Madrid, aprobado en 1957, y que en cierto modo, sirvió como respuesta del nuevo ministro falangista de la Vivienda, José Luis de Arrese, a su evidente derrota política ante la ofensiva de los tecnócratas vinculados al Opus Dei.

El Plan pretendía, de una parte, detener con la construcción de poblados dirigidos, la llegada de nuevos inmigrantes en la periferia de Madrid e incluso se proponía devolver, a su localidad de origen, a todos aquellos que no pudieran demostrar que disponían de un puesto de trabajo en la capital.

Nada menos que 60.000 nuevas viviendas para Madrid en solo dos años era el proyecto que acabaría, si lograba detenerse la llegada de nuevos emigrantes, con el cinturón de chabolas, crecido ya hasta alcanzar esa cifra en el año 1960.

El plan fracasó en el segundo de sus objetivos - detener la inmigración - como era obligado, supuesta la política de liberalización e industrialización que fomentaba el éxodo rural y la movilidad de la fuerza de trabajo, pero satisfizo a sus promotores en los primero. Entre 1955 y 1960, el número de viviendas de Madrid pasó de 353.000 a 522.000, que serían 902.000 diez años después.

El comienzo de la masiva construcción de viviendas por el Estado - que ocurría por vez primera en la historia de la ciudad - fue seguida, inmediatamente, por el despertar de los intereses privados, que supieron aprovechar hasta el límite de lo imaginable la nueva figura de la "vivienda subvencionada" aconsejada por la urgencia social para animar al capital privado e intervenir en la construcción de la ciudad.

Si el propietario individual que edificaba para alquilar una finca, y que había sido el artífice del Madrid conocido hasta 1930, había entrado en franca decadencia después de la guerra, ahora será completamente barrido por el promotor inmobiliario y las grandes sociedades anónimas que actúan sobre terrenos expropiados y edifican en inmensos polígonos.

No les importa nada la densidad de la población, la calidad de la vivienda, los equipamientos sociales y ni siquiera, lo que es ciertamente notable, las vías de comunicación y los accesos.

Lo que importaba era sacar a la gente de las chabolas y los realquileres y meterlas en un piso de propiedad, con la ilusión de que habría de ser para toda la vida, sin preocuparse por saber cómo podrían salir del piso y llegar a la ciudad. ¡Ya se las arreglarían como pudieran!

La política de construir como fuera y a bajo coste, para facilitar de 50 a 80 metros cuadrados de vivienda a cada familia, acabará destrozando por completo la calificación de las zonas del primer plan general, los anillos verdes y la jerarquía funcional de los racionalistas.

Al término de un proceso cuyo objetivo consistía en convertir a todo el mundo en propietario de una vivienda a bajo precio y con amplias facilidades de pago, se habrá ocupado con este tipo de construcción, del que el Gran San Blas puede servir como ejemplo eminente.

Surgieron así grandes concentraciones urbanas que se unieron, sin solución de continuidad, a los más poblados de los antiguos municipios limítrofes anexionados por el municipio de Madrid entre 1948 y 1954, para formar el Gran Madrid.

En 1970, algo más del 62 por ciento de todas las viviendas - que eran entonces 901.698 - y cerca del 64 por ciento de una población que ascendía a 3.1 millones se concentraba en su nueva periferia, que había crecido vertiginosamente, en solo quince años.

La ciudad de Madrid, densa y concentrada hasta 1860, con una trama que comenzaba a segmentarse pero que conservaba una morfología relativamente homogénea con la Restauración y con el proyecto de crecimiento racional de la República, habrá destrozado, en sólo veinte años, toda esa historia a favor de un crecimiento regido por la política de vivienda y los intereses a ella vinculados.

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