La segunda, estrechamente conectada con ésta, la expresó con elocuente metáfora militar uno de los responsables del urbanismo madrileño cuando aseguraba que, la distribución de las zonas industriales del Plan General obedecía a la necesidad de localizar a las masas obreras en zonas de la ciudad y mejor aún en pueblos satélites, que se convertían así en "baluartes defensivos contra la invasión de masas de población inactivas".

Como el anillo, la urgencia de industrializar aparece directamente relacionada con el temor a la miseria suburbial. El dilema de Madrid es industrialización o miseria, pero el pensamiento es idéntico. Madrid no puede seguir recibiendo población si simultáneamente no se industrializa.

No bastan los anillos ni las huertas familiares; la industria se concibe como "baluarte de Madrid contra la avalancha de miseria que la amenaza desde los suburbios". Es, de nuevo, la visión de una capital necesitada de murallas de protección.

En resumen, anillo verde que aísla e industrialización que protege son las dos propuestas para ordenar la dramática situación provocada por la guerra civil y prever un crecimiento racional hasta el año 2000. Era preciso desplazar a los trabajadores fuera de la vieja ciudad y había que disponer para ellos lugares de trabajo industrial.

La incorporación de los trabajadores a la ciudad, que no había conseguido la revolución de 1868, la Restauración ni la República, se lograría ahora confinándolos en barrios rodeados de verdor y metiéndolos en fábricas, un proyecto muy coherente con la ideología organicista y funcionalista de los vencedores, atravesada por el exasperado acento nacionalista que se dio entonces a la urgencia de la industrialización.

No sería comprensible un cambio tan llamativo en los arquitectos y urbanistas madrileños respecto a la necesidad de industrializar Madrid si no se tiene en cuenta el discurso predominante en los años cuarenta. Se impuso entonces la política o la necesidad, de sustituir importaciones y producir todo lo que se consumiera.

La capitalidad, que en los años treinta era afirmación de funciones intelectuales, culturales, representativas, políticas y mercantiles se completaba ahora con la nueva función industrial. Era preciso poner a disposición de la ciudad solares en condiciones para la instalación de una gran industria.

Si el Plan General pretendía un crecimiento ordenado de la ciudad, los recursos para abordar su puesta en práctica escasearon hasta volverlo inoperante. A pesar de la creación, en 1939, del Instituto Nacional de la Vivienda, apenas se produjeron actuaciones oficiales.

Por otra parte, la iniciativa privada se veía penalizada por disposiciones que congelaban drásticamente los alquileres, como la Ley de Arrendamientos Urbanos de 1946, lo que hacía poco atractivo para el tradicional propietario de Madrid emplear sus ahorros en la edificación de un solar con objeto de asegurar una renta vitalicia.

La decadencia del propietario individual y del casero que habían sido los verdaderos artífices del crecimiento madrileño, con muy contadas excepciones, hasta la Guerra Civil, se produjo cuando aún estaba por afirmarse la presencia del gran promotor inmobiliario que construirá el Madrid del desarrollo.

La demanda estaba por los suelos, no había aún capitales, ni el Estado disponía de recursos financieros para emprender las grandes obras de ordenación de la ciudad contempladas en el Plan, aunque se sigue construyendo en el barrio de Salamanca, en Argüelles o en el ensanche del Sur, en torno a Delicias.

Con las exenciones y ventajas de la Ley de Viviendas Bonificables de 1944, los primeros promotores - los Banús, Urbis, Vallehermoso - acometen la construcción de nuevas barriadas destinadas a las clases medias, como La Concepción, La Estrella o El Niño Jesús, tres de las novedades más significativas de los primeros diez años del régimen, pero nadie se atreve con los grandes espacios previstos para la expansión de la ciudad.

Las actuaciones urbanísticas se limitaron a algunas obras de reforma interior, al ya mencionado enlace de Gran Vía con Princesa y a disponer los ensanches de la zona norte con la apertura, en 1949, de la avenida del Generalísimo, que es como se denominará a la prolongación de la Castellana, y del noroeste con el ensanche en torno a General Mola, ambos con edificaciones destinadas a la clase media.

Pero por lo que se refería al problema de los suburbios, excepto alguna actuación acertadamente calificada de anecdótica, poco se hizo.

La multitud de organismos podría engañar respecto a la magnitud de lo realizado: Junta de Reconstrucción de Madrid, Obra Sindical del Hogar, Comisaría para la Ordenación Urbana de Madrid, Ayuntamiento y patronatos de diversos ministerios acometen la construcción o reconstrucción de algunos barrios, particularmente dañados por la guerra.

Desde 1954, se puso en marcha la construcción de los llamados "poblados k", destinados a los chabolistas. En un caso y otro, la ubicación lejos de la vieja ciudad y en zonas donde ya comenzaba a abundar el chabolismo - Fuencarral, Entrevías, Caño Roto, Orcasitas - parecía responder al propósito tantas veces proclamado por los urbanistas de los primeros años del franquismo de evitar, por todos los medios, las marchas de las masas populares hacia la ciudad.

Sin conexión con ella, sin accesos, sin equipamientos mínimos, las viviendas protegidas y los poblados de absorción, por muy interesante que la experiencia fuese para los profesionales de la arquitectura, reflejan perfectamente lo más original de la propuesta de la dictadura para el futuro Madrid: alejar a los inmigrantes, aislarlos sin posibilidad de comunicación con la ciudad.

En tales circunstancias, fue inevitable que se produjera el destrozo de la utopía de la segunda versión - con retórica fascista e imperial y con sustancia funcionalista y organicista - del gran Madrid y el definitivo colapso del proyecto racionalista de un crecimiento ordenado y bajo control, elaborado en 1929 y continuado en sus puntos esenciales por el Plan General de 1941/46.

La política económica del gobierno salido de la crisis de 1951 se definió como voluntad de liberalizar el comercio exterior, favorecer la importación de bienes y de capital y acelerar el crecimiento económico sostenido en la producción industrial, lo que habría de provocar un ingente éxodo rural, de proporciones jamás conocidas en España.

La posición central de Madrid, reafirmada administrativa y políticamente en los años cuarenta, habría de convertirlo, simultáneamente, en núcleo de expansión industrial y en foco de atracción de emigrantes que, procedentes de Andalucía, las dos Castillas y Extremadura, ocuparon de forma espontánea un suelo destinado sobre el papel a otros usos.

Sencillamente, los trabajadores que venían a Madrid no disponían de sitio donde vivir. En el interior era impensable encontrar casa, en el ensanche era demasiado cara y en el extrarradio no se edificaba al ritmo de las crecientes necesidades. De nada habían servido los planes, elaborados pero nunca aprobados, de Ordenación de Suburbios de 1948 y de Poblados Satélites de 1953.

Las pensiones de mala muerte en las cercanías de las estaciones ferroviarias y de las paradas de autobuses, los realquileres y las chabolas fueron los principales cuchitriles desde los que los emigrantes, que formaron el grueso del éxodo rural, comenzaron a convertirse en la nueva clase obrera, que cambiará la faz de Madrid en los años cincuenta y sesenta.

Precisamente, fue en los primeros años cincuenta cuando el número de chabolas en asentamientos marginales aumentó extraordinariamente, hasta rodear la ciudad. En 1956, eran algo más de 28.000 y la tendencia señalaba un crecimiento incontrolado. Pocos años después se habrán superado las 50.000 y todavía en 1973, cuando se cierre el ciclo de expansión económica, se contabilizarán cerca de 35.000 chabolas circundando Madrid.

Se trata de asentamientos espontáneos, muchos de ellos levantados de la noche al día, tras una rápida venta o alquiler, a precios exorbitantes por los propietarios del suelo, que esperan a los llegados y les urgen a la construcción de la chabola antes de que, al amanecer, pase la pareja de la guardia civil o de la policía municipal.

Esta auténtica creación de la ciudad allí donde nadie, ni el capital ni el Estado son capaces de hacerlo presenta, respecto a los asentamientos que tuvieron lugar en los años veinte y treinta, la novedad de que las chabolas no se levantaban únicamente en las laderas de las antiguas carreteras, sino que se continúan en una especie de círculo en torno a Madrid, ocupando los espacios que en el Plan General y en las ordenanzas municipales se destinaban a zonas verdes, agrarias o industriales.

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