No es ya el Madrid que se sueña capital abierta al exterior sino el Madrid que se siente sitiado por una amenaza, silenciosamente asentada en su entorno. De nuevo, el crecimiento posible se visualiza en imágenes circulares:
¡Un anillo verde protegerá a Madrid de un peligroso cinturón rojo!.

El instrumento de protección aparece en ocasiones como elemento de un discurso ruralizante, muy característico de los años de la inmediata posguerra. Es curiosa la añoranza rural en una ciudad que se levanta en el centro de una árida meseta, donde no es precisamente el verde sino el ocre el color que predomina.

Y efectivamente, en alguna de las versiones entonces elaboradas, el anillo verde se transformaba en una amplia zona incluida en un radio de unos 25 kilómetros, en la que se podrían asentar hasta 200.000 familias, a cada una de las cuales correspondería un huerto familiar de 10 áreas.

Con este programa, que convertía los planes de urbanización en proyectos de colonización, se acabaría simultáneamente con el hacinamiento de Madrid y con las absurdas aglomeraciones de los pueblos limítrofes y se llevaría a la práctica las declaraciones V y VII del Fuero del Trabajo, que preveían la proliferación de huertos familiares.

Era, sin necesidad de que lo explicitara, un alarde de imaginación "puesta al servicio apasionado de la armonía entre la ciudad y el campo". Pero nostalgias ruralizantes aparte, la imagen del anillo verde es una nueva versión de la tradicional y hasta entonces inoperante idea de limitar el crecimiento de la ciudad, elevando alguna barrera en su entorno.

Primero fue la cerca, luego el foso que cerraba el ensanche, más tarde las grandes avenidas que marcaban en un amplio círculo el límite de la deseada expansión y, por fin, la cinta aisladora del primer plan regional.

El anillo verde es sólo un añadido con el que estos urbanistas de después de la guerra evocaban los valores rurales, de pueblo sano, no contaminado, con los que pretendían purificar la ciudad de morbos pasados.

En todo caso, el meollo del proyecto, aligerado de la ganga rural, pasó a la letra del Plan General elaborado para Madrid en 1941, aprobado por la Ley de Bases de 25 noviembre de 1944 y regulado por una nueva ley de 1 de marzo de 1946.

En resumen, Madrid quedaría rodeado de un anillo, con poblados satélites situados en una circunferencia alejada cinco kilómetros del núcleo central y unidos entre sí por carreteras y vías férreas. Si la expansión desbordara esta primera serie de poblados satélites, se iniciaría otro anillo verde y luego más poblados.

Naturalmente, las actuaciones urbanísticas de la primera década de la dictadura poco tuvieron que ver con las ensoñaciones imperiales o fascistas ni con la planificación funcionalista. De la fachada imperial, quedaron durante años a la vista de los madrileños los huesos del esqueleto de la catedral, que paradójicamente habrá debido esperar a que pasen más de cincuenta años de aquel Madrid, y casi veinte del fin de la dictadura, para ver rematadas sus obras.

El Palacio siempre estará ahí, desde luego, pero de la casa del partido nunca más se supo, mientras en un solar muy cercano a la fachada, y para destrozar definitivamente su perfil, subía y subía impulsada por los Otamendi la masa enorme del Edificio España y de la Torre de Madrid, que cerrarán la unión de la Gran Vía con la calle Princesa, cuando ya van avanzados los años cuarenta.

Estos hechos se convierten, desde muy pronto, en la mejor prueba de que el Madrid futuro no lo va a construir una idea, ni siquiera una idea fascista, sino los promotores y las grandes empresas inmobiliarias, nuevos protagonistas que comienzan a afirmar su presencia con actuaciones de esta contundencia y que harán el nuevo Madrid de espaldas a este y a cualquier otro Plan General que los organismos oficiales diseñen sobre la mesa de trabajo.

Además de la preocupación por una más nítida segmentación social del espacio y por la protección de la ciudad cerrada a partir de anillos verdes, un segundo elemento, ausente en la generación del 14 y en los urbanistas de la República, conformará el proyecto de este nuevo Madrid.

Se trata de la necesidad sentida ahora de forma acuciante, y expresada por vez primera con acentos de urgencia, de industrializar la capital. Con la República, Madrid había dejado de ser y definirse como corte de la monarquía; era ya centro de comunicaciones, capital financiera y mercantil, capital política y cultural: sólo quedaba para completar su capitalidad transformarlo también en núcleo industrial.

Estaba, por las ventajas derivadas de su situación y perfectamente percibidas por el capital extranjero, condenada a serlo aunque los planificadores de la República se hubieran limitado a prever un único recinto para uso industrial. En realidad, la generación del 14 tenía la misma fe que sus antecesores en el futuro industrial de Madrid, o sea, ninguna.

Ni siquiera lo deseaban y hasta puede decirse que les producía cierto pavor ya que, intelectuales desvinculados de la empresa capitalista como eran, no unieron nunca su proyecto modernizador con una exigencia de industrialización. Pero en los planteamientos de sus urbanistas iba implícita la posibilidad de dar ese nuevo paso en la edificación final de la capital.

De hecho, durante los años diez y veinte se habían establecido en su suelo algunas grandes industrias y todos eran conscientes de la necesidad de prever una extensión de zonificación del núcleo urbano, con espacios claramente delimitados para usos industriales. Pero el proceso de industrialización de Madrid habría de esperar, como el del resto de España, esos veinte años de recesión y marcha atrás que fueron las décadas de 1930 y 1940.

El largo asedio, la guerra civil y el terror sistemático que se abatió sobre los intelectuales y las clases populares protagonistas en el Madrid de los años treinta, paralizaron las transformaciones que la ciudad había experimentado desde la década de 1910. La parálisis, sin embargo, no podía durar indefinidamente.

A medida que transcurría la primera década del nuevo régimen, y mientras el Instituto Nacional de Industria elegía a Madrid como sede de varias de sus empresas nacionales, se reanudaba también la corriente migratoria interrumpida por la crisis de los años treinta.

Más que iniciarse una nueva etapa de dinamismo demográfico e industrial, que habría determinado la política fuertemente centrista del régimen, lo que sucede a medida que transcurren los años cuarenta es, que Madrid vuelve a recuperar la dirección de la marcha que la Guerra Civil había quebrado.

Tradicional núcleo de inmigración, desde 1900 los saldos migratorios de la provincia de Madrid ascendieron, en las tres primeras décadas del siglo y en números redondos, a 72.000, 158.000 y 220.000 nuevos habitantes, con una tendencia hacia arriba que se interrumpió, en los años treinta, cuando el saldo migratorio bajó a 162.000 habitantes.

No hubo que esperar, como a veces se cree, a las primeras y tímidas medidas de liberalización económica de 1951 para que la corriente se reanudase, precisamente en el mismo nivel en que la línea ascendente se había quebrado. Durante la década de 1940 llegaron a Madrid 225.000 emigrantes más de los que salieron, cifra muy similar a la de los años veinte.

Luego, las cifras se disparan: 412.000 en los años cincuenta y 686.500 en los sesenta, una magnitud que superaba al de toda la población de Madrid y de los municipios limítrofes a principios de siglo, y que se mantendrá durante el primer lustro de la siguiente década, para caer ya con carácter, al parecer definitivo, en el segundo, cerrando así el ciclo de la gran migración hacia Madrid, que habrá durado exactamente un siglo entre dos restauraciones monárquicas.

Los planificadores del futuro Madrid respondieron a esa riada con los dos tipos de propuestas complementarias derivadas de sus proyectos de crecimiento para la ciudad: segmentando con mayor decisión el espacio urbano para detener en las afueras a los inmigrantes e impulsando el proceso de industrialización concebido como una barrera de defensa de la ciudad.

La primera línea de acción fue brutalmente expresada por el propio Franco cuando, al promulgar la Ley de Ordenación Urbana de Madrid, proclamó enfáticamente que había que "dividir Madrid, cortarlo en trozos por las grandes reformas, para darle una fisonomía distinta a la pasada".

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